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Marineros gallegos de altura: varados por el coronavirus en Irlanda, Perú y Costa de Marfil

Buque bonitero de Burela (Lugo)

Daniel Salgado

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Entre los daños colaterales del coronavirus se encuentran los marineros gallegos de altura. Varados en diferentes puertos del mundo, de Abidjan (Costa de Marfil) a Callao, en Lima (Perú), o Cork (Irlanda), o incluso doblando mareas a bordo de atuneros en el Índico para así no desembarcar en países en cuarentena, pequeñas agencias de viaje colaboran con las embajadas españolas para repatriarlos.

Es el caso de Viajes Fontao Travel, con oficinas en Boiro (A Coruña), Ribeira (A Coruña) y Vigo, y especializada en el tráfico de tripulaciones. Su responsable, Javier Fontao, relata que puede haber “entre 40 y 60 marineros con dificultades para volver” a los que se está prestando servicio. Cinco de ellos y su armador están en Lima. “La cuarentena los pilló con el barco en el dique seco. Pero los obreros no pueden trabajar y están viviendo allí, en el buque”, cuenta.

Ya han pasado 14 días, explica el armador a través de Fontao: “Por suerte, nadie se ha infectado. Estamos con buena salud”. El confinamiento y cierre de fronteras en Perú se extenderá, de momento, hasta el 12 de abril “si todo va bien”. La embarcación con base en el puerto de Ribeira, uno de los de mayor actividad de la península, se dedica al pez espada con técnica de palangre. Según los datos facilitados por la Consellería de Mar, son 65 los barcos gallegos de palangre que faenan en aguas internacionales. Emplean 473 personas. A bordo, de media, 7 personas.

Las mareas de pez espada duran tres meses y medio, a veces cuatro. “Hacen tres mareas al año”, indica Fontao. Muchos de los marineros atrapados por el COVID-19 en países distantes de Galicia llevan cinco meses lejos de casa. Hay quien incluso ha juntado dos mareas. “Algunos armadores han llegado a acuerdos con los trabajadores para que hagan otra marea, dado que no pueden desembarcar o, si lo hicieran, no podrían viajar a Galicia”, dice.

Gemma Míguez regenta otra agencia en Ribeira, Riveira Viajes. Esta gestionando pasajes para 12 marineros de tres buques, todos gallegos y con base en el puerto de esa localidad. También atascados en Perú. “Están pasando la cuarentena bien en hoteles, bien en los propios barcos”, dice. Míguez se refiere además a dos aviones de Iberia fletados por el Gobierno español que entre el 31 de marzo y el uno de abril aterrizarán en Lima para recoger ciudadanos españoles. “Los marineros están en la lista para esos vuelos. Se han apuntado en la embajada, aunque eso no quiere decir que consigan regresar”, señala.

Atuneros en el Índico

Lo mismo sucede con los marineros a los que tramita billetes Viajes Fontao. “No saben si tendrán hueco, porque dicen que vienen turistas de Cuzco y de otras zonas de Perú y puede que llenen los aviones”, indica Javier Fontao. Su propia empresa, de siete trabajadores en plantilla, funciona estos días “con un retén de tres y las manos muy atadas”. Aún así también han facilitado travesías a tripulaciones de los atuneros gallegos que navegan en el océano Índico. No sólo de vuelta, también de ida, para dar relevos.

Son 35 las embarcaciones gallegas de arrastre y cerco, entre ellas las que se dedican al atún, censadas por la Consellería de Mar en la encuesta de población ocupada en los sectores de pesca y agricultura marina Ocupesca antes citada. A bordo, 522 personas, 15 por buque. “Están viviendo esta crisis con una intensidad bastante alta. Los barcos están en alta mar y no pueden ni atracar para descargar”, explica Fontao.

En su agencia también ha recibido peticiones para buscar transporte de marineros a Cork, en el sur de Irlanda, o a Inverness, en Escocia. Van al Gran Sol. A Escocia, en concreto, pudieron llegar hasta no hace mucho, debido a las cambiantes políticas de Boris Johnson sobre el virus. “Pero ahora mismo es muy complicado, apenas hay vuelos. Y el riesgo de no poder volver es muy grande”. Javier Fontao trabaja con importantes flotas de atuneros gallegas o vascas. Y recuerda que los armadores “se movieron muy rápido”. “En la primera semana de marzo, cuando nosotros no intuíamos lo que iba a pasar, ya había armadores que cancelaban vuelos y viajes”, dice, “de un día para otro, marzo y abril se llenaron de devoluciones. Con mayo todavía no se sabe qué pasará”.

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