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La despedida de mi abuelo al teléfono antes de dejarnos: "Sigue siendo la señora que eres"

Desde Palestina, al otro lado del Mar Mediterráneo, me despido de mi abuelo. Te quiero. Me faltó decirle lo orgullosa que estaba de él. Sobrevivió a la cárcel franquista, pero al amianto y la cuarentena, no

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Un trabajador sanitario en uno de los colegios de UNRWA habilitados como clínica en la franja de Gaza

Un trabajador sanitario en uno de los colegios de UNRWA habilitados como clínica en la franja de Gaza UNRWA / Campamento de refugiados Shati

Ayer por la noche murió mi abuelo después de poco más de un día dormidito por la morfina. ¡Qué marcha tan inesperada y qué lejos me encontraba yo! Todavía no he podido asimilar que me he perdido su marcha por estar tan lejos. De estas cosas nunca se hablan en los diarios de viajes. Cuando vives en el extranjero te pierdes muchas cosas importantes: comidas familiares, cumpleaños, nacimientos… y despedidas.

Vivo en Palestina desde hace seis años y por la cuarentena no he podido salir. Tampoco tenía la necesidad, estaba todo bien en mi casa de Barcelona: padres fuertes y sanos, por fin mi tía había conseguido trabajo (y encima en el CAP de mi pueblo), mis primos podían seguir estudiando a distancia, y mi abuelo sufría de sus achaques causados por el amianto que le consumía los pulmones lentamente desde hacía años. Pero era muy fuerte, como decía su doctora "es muy fuerte, tiene una muy buena mala salud".

No me planteé volver a Barcelona porque no sabía cuánto duraría esta situación, ni cuándo volvería a empezar a trabajar otra vez. Tampoco sentía que tenía que preocuparme. Pero la cuarentena se alargó más de lo esperado. A todo el mundo nos puede afectar estar encerrados en casa durante tanto tiempo ¿Pero qué efecto puede tener en las personas a las que tanto hemos protegido? ¿Qué efecto ha tenido en nuestros mayores? Queríamos protegerlos de lo externo y no pensamos en lo interno.

No quiero entrar a juzgar si las cosas se han hecho bien o mal, simplemente se han hecho y nadie ha sabido hacerlo mejor, porque nadie sabía cómo iban a suceder las cosas. Pero no tuvimos en cuenta en qué medida un aislamiento en soledad puede afectar a nuestros mayores. Mi abuelo empezó la cuarentena fuerte como un roble. Hablábamos casi cada día, y yo agradecía no estar estresada con el trabajo para poder tener esos momentos. Con la rutina es fácil perder la noción del tiempo. Pero la cuarentena me permitía dedicar tiempo a los míos.

La cuarentena siguió y mi abuelo empezó a debilitarse. Después de un mes en su casa era cada vez más frecuente que mi madre me dijera "esta noche ha venido la ambulancia porque tu abuelo se ahogaba, ya sabes, el amianto". Y yo le decía "bueno, quizás es ansiedad por estar encerrado en casa todo el día consigo mismo, tiene 86 años… si es difícil para todos, imagínate el miedo que tiene que tener él". Al principio de que empezara a pasar esto yo no tenía miedo de que pudiera dejarnos. Seguía las noticias de España para saber si podría viajar este verano allí y ver a mi familia y darle un abrazo muy grande a mi abuelo, un abrazo que ya nunca llegará.

El último abrazo que le di fue a inicios de febrero cuando me despedí de él antes de volver a Palestina. Le dije que le vería este verano, lo más tarde en junio. En una de esas noches en las que le faltaba el aire no pudieron ingresarlo en el hospital como de costumbre porque estaba saturado. No había camas ni recursos para una persona de su edad. Hubo una segunda noche en la que sí que aceptaron su ingreso, pero él peleó con mucha furia para que le dieran el alta. Era muy inteligente. Él supo antes que nadie lo que le esperaba y no quería quedarse en un hospital solo sin que nadie le pudiera acompañar. Los médicos no sabían lo que le pasaba, más allá de lo que ya sabíamos que tenía.

Empezó la desescalada y con ella su deterioro. Después de casi dos meses mi abuelo empezó a salir a dar paseos cortos con su andador y mi madre como compañía. Le faltaban las fuerzas y cada vez se ahogaba más. Yo hablaba con él y me decía que se sentía una cafetera vieja y yo le contestaba que no exagerara, que ahora que saldría más se sentiría mejor, pero eso a él no le convencía. Él no entendía porqué le faltaba tanto el aire y culpaba al amianto, "el bicho".

Este martes 19 de mayo, hace dos días, el domingo, mi madre me llamó que el yayo sufría mucho y que pedía morirse, ya no quería seguir viviendo en esas condiciones. Me informó de que el martes vendría una doctora para valorar el tratamiento paliativo. Yo no entendí muy bien qué era eso ni lo que significaba. Mi madre me preguntó si quería volver a Barcelona. Yo sabía que era imposible pero aún así confié en un milagro.

Busqué vuelos para el día 18 y 19. Nada. Vi un vuelo que iba de Tel Aviv a Barcelona haciendo escala por Etiopía y Frankfurt. ¡Escala en Etiopía! ¡Qué locura! ¡Y por 1500 euros! Mis esperanzas eran pocas pero aún así hablé con el consulado de España para ver mis opciones. Imposible. Era imposible volver a España: no había vuelos, no soy residente en España porque estoy registrada en Jerusalén y encima iba a ser imposible ver a mi abuelo porque tenía que hacer una cuarentena de 14 días nada más llegar a Barcelona. Recorrer medio mundo no era suficiente, era prácticamente imposible ir.

Me convencí a mí misma de que el martes la doctora vendría y diría que estaba todo bien, que había sido un susto. Pero esa misma tarde de domingo volvió a llamar mi madre. Acababan de poner la morfina al yayo, él ya no quería vivir así, su cuerpo le estaba fallando a una velocidad escalofriante. Le acababan de poner la morfina y tenía que despedirme en ese mimo momento de él. Me faltaban las palabras, me faltaron las fuerzas. No tengo muy claro lo que le dije, pero recuerdo sus bellas palabras: "sigue siendo la señora que eres". Le pedí perdón por no poder estar allí, le dije que lo había intentado.

Le prometí que le llamaría a la mañana siguiente y él me dijo que creía que sí que podríamos hablar. Pero no despertó. La mañana del lunes durmió tranquilamente su último sueño. Murió el lunes por la noche, tranquilo, en su cama, con toda su familia acompañándolo. ¡Qué suerte la suya! Tuvo la muerte que todo el mundo desea. ¡Qué valiente su decisión! Decidir morir antes de ya no poder decidirlo. Pude tener esa última conversación con él, pero no he podido volver a abrazarlo, y me duele haberme perdido su pérdida.

No sé qué hubiera pasado de no haber habido esta cuarentena. Igual poder haber ido a un hospital cuando empezó a encontrarse mal, igual poder haber salido cada día como lo hacía antes, igual poder ver a su familia cada día sin preocupaciones. Igual podría haber hecho que nos viéramos otra vez este junio. No hay culpables en una pandemia. Todos somos inexpertos. Quisimos protegerles tanto de lo de fuera, que nos olvidamos lo del dentro: el amor, la empatía, el cariño, el contacto.

Mi abuelo se fue sabiendo que le amaba, me faltó decirle lo muy orgullosa que estaba de él. Había sobrevivido una dictadura, la cárcel franquista, la paliza que le dejó sordo de un oído por ser comunista, una embolia, la muerte de mi abuela y una pandemia. Pero el amianto y la cuarentena, no.

Desde Palestina, al otro lado del Mar Mediterráneo, me despido de mi abuelo. Te quiero.

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