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Bin Laden, el croché y el mal

Bin Laden en una imagen de archivo.

Hace aproximadamente dos años el Gobierno de los Estados Unidos hacía público una serie de documentos hallados en la casa en la que se alojaba Osama Bin Laden cuando fue capturado y abatido en su escondite en Pakistán en aquel anunciado momento. Aquellos documentos mostraban, cuatro años más tarde de la muerte del terrorista, todo tipo de pruebas que de alguna manera justificaban su captura: libros sobre teorías conspiratorias, materiales de think tanks o grupos terroristas y manuales de software. Ya en aquel momento resultaba curioso (aunque no del todo sorprendente) encontrar dos trabajos del lingüista y teórico Noam Chomsky.

A pesar de que nunca sabremos qué podrían pensar el uno del otro en la intimidad, lo cierto es que esta conexión es hasta previsible. Tal y como dice Iñigo Sáenz de Ugarte en un  texto de hace un par de años titulado Osama Bin Laden y sus lecturas: “Algunos dirán con mala intención que sería su autor favorito, pero en realidad tendría que estar intrigado por el debate interno en EEUU sobre sus intervenciones militares en el exterior y las contradicciones internas que pudieran surgir”. Ahora, con la filtración por parte de la CIA de los 470.000 archivos desclasificados se abre la veda: ¿Quién era Osama Bin Laden?

Parece evidente que nadie puede juzgar la vida de otra persona por un puñado de archivos. Pero diera la sensación de que con los personajes públicos es diferente. Osama Bin Laden no es una excepción. Es como si ya supiéramos quién es: terrorista yihadista de origen saudí, conocido por ser el fundador de Al Qaeda. Aunque fue entrenado y financiado por la CIA en la guerra de Afganistán contra la URSS y los comunistas afganos, posteriormente lideraría múltiples ataques contra los Estados Unidos y otros países, siendo el 11S su atentado más mediático. El mal.

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España como bucle

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España Gurtel

1.

Hace años que trabajo como profesor en la universidad pública de Nueva York. Mis estudiantes, por lo general, son buena gente. Chavales de familias con no muchos recursos, sobre todo afroamericanos y latinos hijos de emigrados, pero también blancos con un pie en lo que aquí se llama “basura blanca”, nombrando despectivamente una pobreza integral que atraviesa como un cuchillo la existencia. En una institución perversa que sirve, entre otras cosas, para convertir a los estudiantes en individuos endeudados, juntos damos vida a una ficción en la que ellos hacen que aprenden y yo finjo que enseño. Castrados por un espantoso sistema educativo público desde que entran en la escuela con cinco años, el vacío cultural con el que llegan a la universidad es tan profundo que la mayoría de ellos encuentra dificultades insalvables para entender el modo en que funcionan los conceptos, cómo problematizar la realidad o de qué forma opera una lógica relacional. Tal es el déficit con el que muchos de ellos aterrizan en mis clases que tengo la impresión de que el ataque neoliberal iniciado en Estados Unidos hace cuarenta años ha provocado ya un daño de carácter cognitivo. Tan neurasténicos y desposeídos de narrativa como el trap que descargan sus auriculares, casi todos mis estudiantes soportan la vida carentes por entero de la capacidad de pensarla.

Entre las materias que simulamos juntos dos veces por semana se cuenta algo llamado “Introducción a la cultura hispana”. Pleno de colonialidad, el nombre de la asignatura impone un marco de sentido del que propongo que nos fuguemos desde el primer día de clase. En nuestro viaje inverosímil hacia el origen de la formación de la ideología y la identidad hispanas, me topo cada semestre con el mismo problema: la mayoría de mis estudiantes no pueden pensar ni representar el tiempo histórico porque a duras penas son capaces de lidiar con una lógica diacrónica. La razón neoliberal fija la vida en el ahora, un lapso mínimo de tiempo cada vez más diminuto. Superado por completo por las circunstancias, despliego torpemente el peso de Occidente para dibujar en la pizarra una línea recta y cronológica desde el año 218 antes de Cristo hasta nuestros días. La mayoría de los chicos me observan con la distancia y la estupefacción repetida de casi todos los días, pero Ayleanna no. Ella, como otras pocas muchachas, toma notas y se come esa distancia con su deseo de conocer. Su rostro no se inmuta cuando tacho inesperadamente el esquema recién dibujado y les digo que no vale en el caso de España. “¿Por qué?”, les pregunto. Entonces Ayleanna se cuelga de una sonrisa cargada de calle y me dice: “Porque es un bucle, vuelve para atrás una y otra vez”. “¿Cómo es eso?”, le inquiero. Ella lo explica: “Por lo que he entendido estas semanas, el hispanismo fue inventado como ideología que liga lo español con la Hispania de los romanos, borrando los siglos de cultura árabe e islámica y convirtiéndolos en algo ajeno. Tu país vuelve una y otra vez a los Reyes Católicos. Es una jodida condena”. Ayleanna tiene unos veinte años. Es una mujer pobre y negra del Bronx. Entiende mejor España que la mayoría de los españoles.

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La diversidad funcional como oportunidad para las nuevas masculinidades

Cartel del documental "Yes, we fuck"

Para mí la necesidad de reflexionar sobre la masculinidad es una cuestión personal. A los 13 años me rompí el cuello y con ello cualquier referencia válida sobre lo que podía significar “ser hombre”. Ni en el entorno cotidiano de mi barrio del extrarradio barcelonés, ni en el mundo de la cultura que puso a mi alcance la escuela pública ni en los (escasos) medios de comunicación había un solo hombre tetrapléjico. Bueno, miento, el amigo Ramón Sampedro asomaba su afable rostro en algún que otro telediario, pero el mensaje resultaba poco atractivo para un chaval en plena adolescencia. Por supuesto, tampoco se mostraba a ninguna mujer con tetraplejia, ni siquiera a alguna con ambiciones suicidas.

Dado que los médicos, y el resto del entorno cultural patriarcal, me habían convencido de que nada relacionado con la sexualidad iba a ser buena idea para mí, intenté enterrar estos temas lo más hondo que pude, incluida la cuestión de qué sentido tenía mi identidad como hombre. Por pura supervivencia, tuve que priorizar la construcción de mi identidad como “persona con diversidad funcional”. Seguí a rajatabla el guión del “buen minusválido”: estudié, conseguí trabajo, vivienda y...y aquí choqué con el techo de cemento, todo era mentira, intentar encajar no servía para tener una vida equiparable al resto de mortales. Cuando a los 32 años tu madre tiene que seguir limpiándote el culo porque los poderes públicos sólo estaban para agitar ante ti la zanahoria de la superación made in Disney, cualquier idea de libertad o de intimidad queda vacía de contenido (para ti y para tu madre).

Afortunadamente, pude politizar toda esa rabia militando en el Movimiento de Vida Independiente. Las luchas y reflexiones colectivas me enseñaron a ver que el problema no era mi cuerpo, sino un medio social hostil a mi manera de funcionar, de hacer las cosas. Es decir, la realidad no era que yo no pudiese subir al autobús porque mis piernas estuviesen mal, sino que se me prohibía subir a un autobús mal hecho, poco realista, que no tenía en cuenta mi manera de moverme. Desde este convencimiento, empezamos a auto-nombrarnos como “personas con diversidad funcional”, conseguimos cambiar leyes y poner en marcha experiencias piloto de asistencia personal que permitieron emanciparse a quienes participaron (yo entre ellas) sin tener que vivir ni en recluidas en instituciones ni al albur de la buena voluntad de (las mujeres de) la familia.

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El origen de la cultura del zasca

Peter Griffin, personaje de la serie animada "Padre de Familia", en una de sus escenas icónicas.

El zasca está instalado en el imaginario popular relacionado con Internet. Se ha infiltrado hasta tal punto, que existen cuentas que recopilan “los mejores Zasca”. Su integración es transversal y es usado por todo tipo de personas en relación a discusiones de todo tipo de temas: política, deporte, ciencia, etc.

A zasca ! limpio entre @JCRIVEROTV y @daudenibanez . Vía @wolfiplpic.twitter.com/TgfruhNc27

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A cien años de la revolución rusa, reimaginar el cambio social

"No somos los bolcheviques ya/aún"

Dice el filósofo Gilles Deleuze: “hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar”. Es decir, tenemos imágenes de lo que supone pensar (por ejemplo, un esfuerzo de la voluntad o un trabajo académico) que bloquean el pensamiento. ¿Podríamos decir igualmente que hay “imágenes de cambio” que nos impiden cambiar? Imágenes de lo que supone el cambio (en este caso, social o político) que bloquean en la práctica el cambio mismo.

Estas “imágenes” de que hablamos son modelos difusos, ideas preconcebidas. Organizan nuestra mirada: lo que vemos y lo que no, lo que valoramos y lo que no. Y tienen a la vez una función de orientación: nos ayudan a movernos en lo real, en lo que pasa (o nos desorientan, si no son adecuadas). Son al mismo tiempo lente y brújula.

Hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar. Hay imágenes de cambio que nos impiden cambiar. Entonces, para pensar o cambiar, necesitamos dotarnos en lo posible de otro imaginario: depósitos o semilleros de imágenes que organicen nuestra mirada de otro modo, que nos orienten en sentido diferente. Otras lentes, otras brújulas.

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Lo que tapan las banderas (una conjetura)

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Manifestación en Catalunya

Querido D.,

me preguntas en tu mail “cómo se ve, desde cerca, lo que pasa en Catalunya”. Bueno, estoy desde luego un poco más cerca que tú, pero no creas que me aclaro. Y te diré que los amigos que viven allí tampoco lo entienden del todo. Así que quizá no es cuestión de distancia, sino que la dificultad está en “la cosa” (de ese modo ha titulado el periodista Guillem Martínez una serie de crónicas que te aconsejo).

Te comparto entonces un puñado de intuiciones elaboradas desde Madrid, donde llegan fuertes ondas. Ni siquiera son hipótesis, sino simplemente conjeturas que no me atrevería a hacer públicas (porque no está “la cosa” para hacer preguntas, sino para “tomar posiciones”). Pero así en la intimidad podemos seguir pensando.

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Cooperar con el enemigo: lecciones de 'Juego de Tronos'

Jon Nieve (izquierda) y Mance Rayder (derecha).

"Todo lo bueno es libre y salvaje" (Thoreau)

A primera vista, 'Juego de Tronos' puede verse como una serie profundamente conservadora. En tres sentidos al menos:

En primer lugar, el pueblo nunca aparece. En la dialéctica entre fondo y figura, el pueblo sólo es el fondo sobre el que se recortan las figuras y sus luchas de poder: reyes, jefes, guerreros, magos, consejeros de los príncipes, etc. Es impactante, por contraste, esa escena de la séptima temporada en la que vemos a un grupo de soldados cantar, comer y conversar entre sí, en lugar de ser degollados o abrasados con fuego valyrio. La cámara se pone a la altura de la gente común y podemos escuchar cómo se vive y se piensa el mundo desde abajo: los soldados echan en falta a sus seres queridos, siempre demasiado lejos, se burlan de la hipocresía de sus líderes, y más o menos vienen a decir: “sus guerras, nuestros muertos”. El deseo del pueblo, decía Maquiavelo, “es simplemente no ser oprimido”.

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Tomar posición en una situación extraña

elpressentiment.net

Hay momentos en los que la realidad se simplifica. Ya ha pasado la hora de sopesar cuánta verdad y cuánta mentira existe en los argumentos que pretenden defender la unidad de España o proclamar la independencia de Catalunya. Tampoco es necesario remontarse al año 1714 ni seguir buceando en los agravios más recientes. Cuando se apela a "la Ley y el Orden", de pronto, todo se clarifica y cada posición queda perfectamente definida en el tablero de juego. Entonces, algunos de los que habíamos permanecido callados, y porque nos sale de las tripas, sabemos dónde ponernos: siempre estaremos enfrente de los que desean imponer la consigna que restablece la autoridad. Conocemos muy bien una frase acuñada en Francia antes de la revolución de 1848 que decía: "La legalidad mata".

Efectivamente estamos, pues, contra el Estado español y su legalidad, aunque para ello tengamos que apartar las banderas que ahogan porque quitan el aire, y los himnos que ensordecen e impiden escuchar a los que juntos, hablan. Sería magnífico afirmar que a esta legalidad del Estado español se le opone la legitimidad de un pueblo. Desgraciadamente no es así, y que no vuelvan a engañarse los partidos independentistas.

La legitimidad que ellos defienden ha sido construida obviando por lo menos a la mitad de los catalanes, se ha hecho en base a recursos jurídicos muy discutibles y, finalmente, aprovechando la gestión de la violencia terrorista que han llevado a cabo los Mossos después de los recientes atentados. Cuando un tertuliano afirmó que durante unas horas Catalunya tuvo un auténtico Estado, tenía toda la razón. Es Hobbes en toda su pureza. Yo abandono el derecho a gobernarme a mí mismo y firmo un pacto de sumisión, a cambio de la seguridad que se me ofrece.

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Es la inmanencia, estúpidas

Cartel del festival Capital del Columnismo de León.

Chicas, parece mentira que todavía os escandalicéis. Que abráis hilos en las redes. Que boicoteéis festivales. Parecéis nuevas. Como si no hubierais leído El segundo sexo. Segundo, ya lo dice bien claro el título. Os resumo por si acaso, compañeras: "Trascendencia contra Inmanencia". Y es que es verdad, es indignante que os sigan viendo como el diamante emisor del eterno femenino. Las guardianas de las esencias. Lo otro.

Pero, ¿aún no os ha entrado en la cabeza? Así está construido el patriarcado. Si el espacio público, autoridad, el reconocimiento fueran equitativos, ocupados de manera justa y dando a entender que somos sujetos políticos idénticos, el sistema sobre el que se sostienen todos los aspectos de nuestra sociedad, subrayo, todos, se desmoronarían.

¿No veis que pedís un imposible? ¿Una irresponsable quimera? Por favor, recapacitad. Estamos en un momento muy crítico, de incertidumbre máxima, España se rompe, Europa es amenazada, la 3ª Guerra Mundial es una posibilidad. Es la hora de escribir grandes editoriales, de protagonizar candentes debates, de erigir firmes columnas. No es momento de andarse denunciando que un festival de cuarta os arrincona en su cartel de grandes figurones. ¿Es para tanto? ¿Es el momento de atender las reivindicaciones feministas? Por supuesto que son importantes. Eso está fuera de toda duda. Solo os pedimos un poco de paciencia. La cosa está que arde. Tenemos que seguir opinando, ocupando las tribunas de los medios, las mesas de las tertulias, las conversaciones de bar, los reconocimientos de la historia. Insisto, en este momento hay grandes temas que dirimir y conflictos que precisan de expertos.

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A tres años de la masacre de Ayotzinapa, ¿cómo entender la violencia en México?

John Gibler

Desde hace unos años viajo regularmente a México. La primera vez, encontré un viejo libro de José Moreno Villa, escritor asociado a la Generación del 27, que se llama Cornucopia de México. Es un libro muy lindo y delicado que recoge las primeras impresiones de Moreno Villa en su exilio mexicano a partir de 1937. Moreno Villa usa para hablar de México la imagen de la cornucopia, el símbolo barroco del exceso, el pliegue, el claroscuro. La metáfora se ajusta a mi propia experiencia: México me parece una realidad excesiva que desborda vida y muerte, retorcida y difícilmente inteligible.

Hoy día cuesta entender especialmente la violencia. El número de muertes y desapariciones desde 2006 es elevadísimo: se habla de 170.000 muertos y 30.000 desapariciones. Y no sólo es un exceso cuantitativo: hay también una violencia y una brutalidad especial contra los cuerpos. Pero como lo que ocurre no tiene nombre (no es una guerra o una dictadura convencional), o bien tiene un nombre engañoso (como “guerra contra el narco”), la percepción fuera del país se debilita y se difumina la sensación de gravedad ante lo que allí está pasando.

Y a la vez, México no es una realidad exótica o anómala. Es un extremo de la cadena donde estamos todos. Una prefiguración, un spoiler. Allí se condensan tendencias de época: precarización de la vida, producción de población superflua, estado de excepción permanente, lógica de beneficio por encima de todo. Por ello mismo, podemos aprender mucho de las resistencias (múltiples, intensas, cotidianas) que se dan ante esta maquinaria de violencia, terror y beneficio.

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