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¿El bipartidismo? ¡Nunca había estado mejor!

Las últimas encuestas del CIS han provocado nuevas declaraciones sobre la buenísima salud de nuestro sistema político y el peligro del populismo

Afirmar a la vez que "no hay nada que temer" y que "esto es muy peligroso" no parece resultar contradictorio a tertulianos, periodistas y políticos

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Posibilidades de una urna

Posibilidades de una urna

1. Se publica el CIS y suenan dos tipos de alarmas. Una es de tipo tranquilizador y afirma muy fuerte que el bipartidismo goza de una salud excelente. Mi abuelo, un señor de derechas de toda la vida, me dijo una vez que a uno no le empiezan a hablar de lo bien que está de salud hasta que empieza a estar francamente jodido. Yo me quedé con esa copla y cada vez que sale alguien a hablarnos de la fortaleza de roble de nuestro aparato institucional intuyo que la cosa está muy malita.

La otra alarma es del tipo clásico (o sea alarmista) y se dedica a advertirnos del peligro inminente de los populismos. Los populismos son peligrosos, nos dicen, porque encarnan esa forma de discurso (el populista) que consiste en decirle a la gente lo que está pasando usando las palabras que usa la gente para explicarse lo que está pasando.

Esta es una cuestión importante porque hay una forma de explicar el populismo que es esa que dice que hay que tratar a la gente como si fuera tonta. Y no. Cuando uno nota que su familia y amigos llaman estafa a la crisis y alguien sale por la tele y llama estafa a la crisis no le está tratando a usted y su familia como si usted y su familia fueran tontos, simplemente está hablando el mismo lenguaje que usted y su familia.

Resulta que estas dos afirmaciones, "todo va bien" y "todo está en peligro" emanan de las mismas bocas, se imprimen con la misma tinta en la misma columna y se digitalizan en el mismo post del mismo blog.

2. Hablar el mismo lenguaje es importante en un momento en que, como vemos, hay quien dice lo mismo y lo contrario e intenta llamar a eso ejercicio de coherencia. Pedro Sánchez, por ejemplo, dice que hay que situar al PSOE a la izquierda y a la vez dice que si fuera necesario pactaría con el PP. Artur Mas dice que España ens roba, pero si quien "ens roba" es Jordi Pujol, el asunto se convierte en privado por arte de magia al 3%, que es el porcentaje al que Sherlock Holmes se metía la heroína para olvidarse de que era demasiado listo para llamar a las cosas por su nombre y no por el nombre contrario.

Hubo un tiempo en que decir lo mismo y lo contrario era algo aceptable. Si no, no se entiende que expresiones como "guerra humanitaria" se dijeran con tantísima alegría y paz de espíritu. Hoy, sin embargo, decir que elegir a través de voto directo en clave presidencialista a los alcaldes en las próximas elecciones municipales es un ejercicio de regeneración democrática se ve raro. Si alguien llama a ese apaño, apaño, o pucherazo o jeta de cemento, corre el riesgo de caer del lado del populismo.

Regeneración democrática es la forma educada de llamar a la guerra humanitaria que vivimos aquí, en casa, desde que las constituciones intocables empezaron a tocarse para satisfacer a los mercados financieros en vez de a la gente a las que sirven. Es otra inversión de términos muy populista esa que dice que los instrumentos de la democracia (constituciones, partidos, asociaciones, medios de comunicación) deben servir a las personas y no al revés.

Así que el discurso se tambalea. Los datos, por desgracia, no terminar de mentir tan bien como solían mentir hasta ahora.

3. Max Aub decía en su biografía novelada sobre Buñuel que en España las revoluciones nunca se habían hecho por el talento de los revolucionarios, sino por la miserable estupidez de las oligarquías (oligarquías decía Max Aub, que casi seguro era populista también, populista culto, pero populista). Decía que si hubieran hecho tan solo una de las reformas agrarias que el campo español venía pidiendo a dolor, sudor y sangre (por este orden) desde finales del siglo XIX no habría existido jamás movimiento obrero tan potente en España, ni anarquismo para el caso, ni ismos en general.

Quizás si alguien hubiera escuchado lo que las calles, plazas y redes ponían encima de la mesa desde (al menos) mayo de 2011 ahora no estaría el bipartidismo esplendoroso de buenísima salud. Pero apenas tres meses después de esa "revuelta cívica", que es como el PSOE llamaba sin reírse a lo que sucedió el 15M, lo que Zapatero hizo fue reformar la Constitución.

Quizás si Rajoy hubiera entendido que aprobar la ILP de la PAH no era una cesión intolerable sino la forma de evitarle males mayores a un sistema cuya capacidad para el habla presentaba problemas de pronunciación severos, ahora no estaría el CIS haciendo carambolas.

Pero el ejercicio de la escucha y el ejercicio del poder son dos ejercicios que, históricamente, no han ido de la mano. Ni a derecha ni a izquierda. Allí arriba hay demasiado ruido para escuchar algo de lo que sucede aquí abajo.

4. Las elecciones son el arte de la opinión pública en momentos de estabilidad institucional y son el ejercicio de la organización política en contextos de inestabilidad. El bipartidismo cree que afronta un problema de opinión pública, pero tiene un problema de organización política. Y ahora viene el sustaco: los "populismos" están infinitamente mejor organizados para esa pelea. Han entendido el cambio de paradigma que suponen las redes y lo han entendido en dos claves: una de representación y otra de organización.

Las más de 70.000 personas afiliadas (por hablar un momento en ese lenguaje que arriba se estila) a Podemos en apenas unos días o las 30.000 que apoyan en Guanyem en su candidatura municipal no son datos numéricos. No son la expresión de una opinión que se mide cuantitativamente, sino la expresión numérica de una fuerza social que se activa una a una, persona a persona.

Esa es la forma de la organización social en el siglo XXI y solo estáis empezando a ver los primeros retazos de sus formas de articulación política. No habéis sabido verlo porque teníais el control absoluto de los aparatos de producción de realidad y no os habéis dado cuenta de que la realidad ya no estaba allí.

Y ahora... Bueno. Solo os queda esa forma de lenguaje que dice que algo y su contrario son la misma cosa: la mentira. Así podéis decir sin temor a preocuparos que el bipartidismo nunca había estado mejor corriendo tan grave peligro.

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