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Opinión

La movilidad social se ha roto y a nadie le importa

Nuestro sistema económico no pretendía suprimir la movilidad social de la clase trabajadora, pero lo ha hecho

Esta posibilidad es ahora tan lejana que hasta las promesas laboristas a la clase trabajadora de posguerra parecen prácticamente blocheviques

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1º de mayo.

Si quisiera salvar el capitalismo, daría prioridad a la movilidad social. No me refiero a movilidad al estilo de Jude el Oscuro, la novela de Thomas Hardy, que se produce a lo largo de generaciones, sino la conseguida en el período de posguerra. La movilidad que hizo posible que Bernard Schwartz, huérfano, pasara de una banda criminal a ser marine y de ahí a una escuela de arte dramático, convirtiéndose en la estrella de cine Tony Curtis. El tipo de movilidad que mejora las cosas en tu propia vida y, de hecho, en tu primera década como adulto.

Sé que este tipo de movilidad social es posible porque soy producto de ella. En Ancestry.co.uk, mis ancestros por parte de padre dicen así: sombrerero, sombrerero, sombrerero, minero, minero, editor de economía de Newsnight (informativo diario de BBC).

¿Qué marcó la diferencia? La versión de derechas de mi vida diría que la explicación es que me mandaron a una grammar school. Cinco chicos de una clase de más de 30 que después de pasar exámenes iban a aprender latín de la mano de curas en lugar de carpintería por laicos aburridos. Aunque muchos de mis compañeros acabaron de nuevo en la clase trabajadora: como sargentos de policía, esclavizados en oficinas o como personal militar.

No, para mí, la grammar school fue sólo la punta afilada de una flecha que apuntaba alto, creada por todo un sistema económico: el modelo keynesiano de posguerra. Si miro una foto de mi padre en la escuela en la década de los años 30 –con sordera parcial y entre los niños más pobres de su clase, destinado a la mina como su propio padre– y después pienso en él hablando sobre Solzhenitsyn conmigo en los años 70, puedo entender que la movilidad social fue un proceso largo, una cultura, un esfuerzo colectivo.

Mi padre superó aquello que aterrorizaba a Richard Hoggart en Los usos de la alfabetización, y más tarde a Eric Hobsbawm: el declive del analfabeto “modo de vida proletario”, brutal por naturaleza. Para entender las ansias de mejora, de ausencia de brutalidad y de ternura de la gente de la clase trabajadora en los años 50 puedes ver Sábado noche, domingo mañana o El ingenuo salvaje.

Esto tenía raíces materiales: alquileres baratos, educación gratuita, trabajo social activo para las familias disfuncionales, cadenas de televisión gestionadas por filántropos y no como ahora, que están dirigidas por gente decidida a fomentar la ignorancia. Si quisiera salvar el capitalismo, diría a Theresa May que aplicara todo esto de manera urgente, y mucho más.

Por supuesto que ella no está escuchando. La comisión gubernamental para la movilidad social, dirigida por Alan Milburn, dimitió por completo hace unas semanas, días después de redactar un informe sombrío advirtiendo de que “Reino Unido está al borde de una creciente espiral de división que se retroalimenta”.

No “mejora”, ni siquiera “limita los daños y estabiliza las cosas”, sino que fomenta un proceso mediante el cual los niños pobres quedan atrapados en la pobreza para siempre, seguros de que sus propios hijos serán igual de pobres que ellos y probablemente con menos posibilidades de salir de la pobreza.

Una de las cosas más tristes sobre el informe de Milburn del “estado de la nación” son los mapas. Poblaciones industriales como Wigan, donde yo crecí, están a un nivel medio-bajo en relación con el declive general. Los verdaderos puntos negros son fáciles de predecir solo basándonos en la geografía: las ciudades costeras poco turísticas, los lugares entre autopistas que nunca puedes recordar, las zonas rurales, las zonas alejadas –esas son las zonas en las que la movilidad social es espantosa–. Si no fuera por Londres, produciendo adolescentes leídos y educados que vienen de escuelas públicas, no habría apenas movilidad social de ninguna clase.

La ironía es que, cuando éramos niños, pasábamos cada noche de sábado escuchando una lista de estos lugares leída en voz alta, como una forma igualitaria y nacional de pasar lista, cuando se anunciaban los resultados de rugby y de fútbol. Mansfield, Motherwell, Colchester, Llanelli, lugares que nunca llegarías a visitar, pero que podrías estar seguro de que se estaban cuidando porque un hombre con voz melosa leía sus nombres en BBC, con la misma bocanada de aire que leía Manchester United y Chelsea.  El informe de Milburn es el recordatorio más claro de que esta movilidad social se ha hecho añicos.

¿Y por qué? El sistema económico neoliberal no empezó intentando suprimir la movilidad social del niño de clase trabajadora. Pero es lo que ha conseguido. Las políticas de Tony Blair verificaron el declive de manera momentánea, pero este ha vuelto para vengarse. Puedes echarle la culpa a la austeridad o a factores objetivos como el declive de trabajos manuales semicualificados, pero a nivel de políticas se trata simplemente de negligencia.

Se podría aceptar unos cuantos años más este sistema enfermo si dejásemos todas las demás obsesiones y nos concentrásemos en sacar a unos cuantos niños de la pobreza. Esa es la intención de todos los proyectos destinados a que niños pobres y de minorías salten las barreras para entrar en las universidades líderes del Russell Group. Pero no parece que a nadie en el gobierno le importe lo suficiente como para arreglar el problema. Se preocupan un poco, pero no tanto como, por ejemplo, recitar Mandalay de Kipling en un templo de Myanmar, irse de vacaciones a Israel o rescatar a colegas que han cometido ofensas dignas de despido.

Como dice Milburn en su carta de dimisión, el Gobierno no tiene la capacidad de maniobra suficiente para hacer lo mismo con lo que estaban obsesionados los gobiernos laborista y conservador de posguerra: asegurarse de que una minoría de los niños de clase trabajadora saliera de la pobreza.

La gente se pregunta (y con razón) qué tiene que hacer Jeremy Corbyn para ganarse a la clase trabajadora británica, con recelo hacia un Partido Laborista con los números suficientes en sondeos para mantenerse empatado con el Partido Conservador. Sé lo que fortaleció el camino hacia el capitalismo en la generación de mi padre: una cultura de movilidad social, la posibilidad cada vez mayor de mejora personal, una curva positiva, un optimismo pícaro.

Tus hijos irán a la universidad, entrarán con cuidado en el mercado inmobiliario, las cosas mejorarán para todos: estas eran las promesas con las que el Partido Laborista se ganó a la clase obrera de posguerra. Que ahora parezcan propuestas bolcheviques demuestra que hoy, en la era de May y de Rees-Mogg, será muy difícil revivirlas y que el capitalismo británico ya está muy cansado.

Traducido por Marina Leiva

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