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La distopía del sueño americano

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Un mediodía en Detroit es como una madrugada en cualquier otra gran ciudad: da la sensación de que los espacios se han quedado grandes, de que la soledad te mete prisa, de que todo ha sido construido para gente que no está. No es que Detroit duerma de día, es que lleva décadas de abandono. La gente, sencillamente, se fue. Avenidas sin coches, rascacielos sin ventanas, casas sin gente.

Detroit es la capital norteamericana de la distopía capitalista. Fue símbolo de poder, riqueza y potencia industrial: los coches más vendidos del mundo se fabricaban en Detroit. Hoy es una urbe destartalada que lucha por sacar adelante lo más básico después de décadas de decadencia culminadas en 2013. Ese año la ciudad se declaró en bancarrota bajo el mandato de un “gestor de emergencia”, un alcalde tecnócrata no elegido democráticamente sino a dedo por el Estado de Michigan.

Seguir leyendo la crónica desde Detroit durante la campaña electoral en EEUU

Unos lo llaman racismo institucionalizado, otros exceso de democracia, otros apatía. Lo cierto es que Estados Unidos, que pregona los valores del poder individual como fuente de democracia, tiene un problema con el nivel de participación en las elecciones.

EEUU es uno de los países de la OCDE donde la afluencia de votantes es más baja. En las primeras elecciones de Obama, las del "Yes, we can", las de la ilusión para comunidades y generaciones enteras, voto solo el 57% de los ciudadanos que podían hacerlo; en las de 2012, bajó hasta el 54,9%. Hay que remontarse a 1968 para encontrar algún dato por encima del 60%. Solo Polonia, Estonia o Japón presentan peores  registros entre los países desarrollados.

Sigue leyendo 'El Estados Unidos que no vota'

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