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Enterrado en los ojos que un día besó (34)

“Por qué mi padre se empeñó en que mi hermano y yo aprendiésemos boxeo, de la mano de Don Álvaro Rocha, Missipí, en la playa vieja de Los Cancajos”.

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(El último libro de poemas de Eladi Creuhet, Tren de tarde a las islas , lo presentará Antonio Abdo el viernes 29 de diciembre en Las Cosas Buenas de Miguel).  

Eladi Crehuet soñaba y aún no le había podido arrebatar a Morfeo la respuesta a su incesante, como un rayo, pregunta. “Por qué mi padre se empeñó en que mi hermano y yo aprendiésemos boxeo, de la mano de Don Álvaro Rocha, Missipí, en la playa vieja de Los Cancajos”. Morfeo no le quería tampoco contestar durante esa noche a su críptica pregunta. Eladi, dormido, sintiendo que ya le habían de quedar muy pocas horas para que sonase el despertador y levantarse de la cama, se dijo a sí mismo. “¡Mejor dejar suelta la rienda de mis sueños! ¡Que Morfeo haga lo que quiera!”. La voluntad de Morfeo se hizo de inmediato. Eladi se vio soñando tan profundamente con una pelirroja, que casi no escucha, unas horas después,  su despertador que lo reclamaba a ponerse en pie, ducharse, vestirse, desayunar, llamar a un taxi cuando estuviera tomando el café, y coger el primer vuelo a Madrid, donde lo estaría esperando, -no lo había vuelto a ver desde la época en que aprendía a boxear con su hermano en Los Cancajos-, en la Terminal de Barajas, Literato, con aquel misterioso libro, escrito por el mismísimo  Eladi, titulado La Ciudad Soñada y publicado en el 2016,   que  Mónica encontró en su bolso cuando venía desde La Palma, en el vuelo Tenerife-Madrid, al sepelio de Hiperión.

Imagen de los libros de Eladi Creuhet.

Imagen de los libros de Eladi Creuhet.

Eladi se bajó del taxi en la terminal del Prat. Cuando puso los dos pies en tierra firme y tuvo la maleta en sus manos, después de pagar y darle una propina  al taxista, vio bajar, de otro taxi que venía detrás del suyo,  a la misma pelirroja con la que Morfeo había regado su sueño. Eladi dudó entre si estaba despierto o no, pues La Pelirroja, cuando se sintió mirada por él, le sonrió y guiñó un ojo. “¿Estoy soñando, sigo soñando, o esto ya es la realidad?”. Miró su reloj, el que hoy en día todavía lleva puesto, un Cauny de oro, automático, que le regaló su padre cuando aprobó Preu. “Uy, es tarde, creo que no estoy dormido, que no estoy soñando, debo darme prisa en facturar, porque esto no tiene pinta de ser un sueño y voy a perder el avión”. Lo mismo hizo La Pelirroja, miró su Omega de oro, de cuerda, y le preguntó al taxista si le podía acercar la maleta a la ventanilla de facturación. Eladi sentía como el sonido de los tacones de aguja de La Pelirroja le iban despertando todos los detalles de su sueño que hubiese empezado a olvidar, -como solemos olvidar nuestros sueños en el trascurso del día-, si no hubiese sido por aquella pelirroja  aparición.

Después de facturar, Eladi entró a la sala de embarque mirando otra vez su Cauny de oro macizo. Tuvo que tomarse otro café porque temió quedarse dormido y perder el avión. Un momento antes de embarcar, una azafata de Iberia se acerca a él y le comenta que se han vendido unos cuantos billetes de más de la clase económica. Le pregunta si no le importaría viajar en primera clase. Le responde a la azafata, sonriéndole. “No me importa, más bien todo lo contrario”. La azafata le dijo que viniera con ella y lo llevó a la primera clase del avión. “Aquí tiene su asiento, señor”. Eladi, sorprendido, se sentó al lado de La Pelirroja, que le volvió a sonreír y a guiñar otra vez un ojo.

La Pelirroja, que era alemana, hablaba un perfecto español y catalán. Su familia, de un pequeño pueblo de Alemania, desde edad muy temprana iba a veranear a la costa de Gerona. Más tarde, ella, huyendo del acoso sexual de su padre, empezó a viajar sola, por motivos de estudios, -estudiaba todo lo que se le ponía delante por no ver a su padre-, viajó con frecuencia a la Península y a Canarias, en concreto a La Palma. Eladi estaba como embobado con aquella mujer que se le quería parecer a alguien; miraba fijamente sus ojos azules, sus pecas, su pelo rojo. “¿Quizás sea alguna alemana de las películas en súper ocho y fotos de mi padre?”

La azafata se acercó con dos copas de Cava Integral Brut Nature de Llopart. Se las puso en la bandeja de los asientos. Chocaron las dos copas mirándose a los ojos y dijeron “prost”. Ella volvió a guiñarle un ojo. “Yo también estuve soñando anoche contigo dentro del mismo sueño que tú tenías conmigo. No me sorprendí nada al verte con tu maleta al pie del taxi. Sabía que íbamos a compartir asiento en el avión. Sé a lo que vas a Madrid. Vas a encontrarte con un amigo de tus padres, Literato le llaman, al que conocieron, junto a mí, en La Palma, en la vieja playa de Los Cancajos, cuando él hizo las milicias y luego volvieron a ver cuando fue de luna de miel. Su mujer quedó embarazada, en Los Cancajos, de su hijo Hiperión, y yo también, aquel mismo día, de un hijo que no pude criar, que él, Literato, no sabe aun que engendró.”

“Literato se está levantando de la cama ahora mismo en su casa de Madrid, pese a que su sueño pelirrojo,-también soñó la noche pasada conmigo y yo con él-, casi le impide escuchar el despertador. Su mujer lo ha tenido que acariciar  y hablarle para que se despertase. Tiene tu libro, escrito a posteriori, sobre la mesa de noche, para no olvidarse de cogerlo al salir para Barajas a recibirte. Desde su cama mira la urna en donde están las cenizas de su hijo Hiperión. Mientras se está duchando, su mujer le está preparando el desayuno. Canta en el baño la canción preferida de su hijo Hiperión, Sombras, de Javier Solís. Mónica, Amparo, Paloma, Ninnette, Lissette, y El Chivato Tántrico están en la morgue  del hospital desde donde aún no se han llevado el cuerpo yacente de Fernando al mortuorio. Ernesto y sus padres, después de rotas sus vacaciones navideñas en la nieve, por la muerte accidental de Fernando, siguen dirigiéndose en  coche a Madrid, al mortuorio. Hiperión y Fernando, ambos en el otro mundo, dialogan; Hiperión le da unos mantras secretos y personalizados, transmitidos por El Chivato Tártrico, a Fernando, para impedir cualquier injerencia de Sor Ácrata en el camino hacia la luz de este. Sor Ácrata flagela a Manolo, El Escultor, porque va demasiado lento esculpiendo la estatua que ella quiere colocar la noche de Epifanía en la Plaza de Chueca, y cambiarla de nombre, -Plaza de Sor Ácrata la quiere llamar-, enseñándole de forma amenazante el traje negro que se puso cuando lo inició a él, para recordarle que la muerte siempre esta próxima, como le ocurrió al Quemado, Hiperión y Fernando, que fueron iniciados también por ella en el tantra negro; por si esta fuera poca amenaza, le espeta que si no acaba la escultura puntual, lo encierra dentro de una guagua como mínimo tres meses, la peor amenaza que se le puede hacer a este pobre chico, peor incluso que la de morir. Manolo, El Escultor, entra al trapo con Sor Ácrata,  y le dice que va a volver a fumar, para que a ella le de rabia”.

La azafata, sirve otras dos copas de Cava Integral Brut Nature de Llopart junto con algunas cosas de comer, las propias de la primera de los aviones de entonces. “Tú, ahora mismo no me reconoces, te diré que soy, bueno, era, buena amiga de tus padres, y que te conocí en Los Cancajos, en donde veía como Don Álvaro Rocha, Misisipí, os enseñaba a ti y a tu hermano Pompeyo el arte inglés del boxeo. Tú te andas preguntando, hasta en sueños, por qué tu padre quería que aprendieses a boxear junto a tu hermano Pompeyo. Te voy a responder a esa interrogante tuya, te lo acabo de mencionar, porque el boxeo, en sus orígenes, en Inglaterra, fue un arte, como el Aikido y las artes marciales en Japón". Eladi le respondió a La Pelirroja mirándole con ternura a sus ojos azules y  pecas, y con una sonrisa de gratitud.

La azafata trajo más exquisiteces y Cava Integral Brut Nature de Llopart. “Literato, cuando entréis en su coche, en Barajas, te entregará, en verdad traído de otra realidad, un libro que te dará mucho trabajo y alegría el escribirlo, del que él ya te ha hablado, La Ciudad Soñada. Escribirás también libros de poemas, en esa misma segunda década del siglo veinte y uno, de entre otros, Cuadernos de Los Cancajos, Viaje en línea regular y Tren de tarde a las islas.”

La Pelirroja tiró mano de su bolso y le mostró a Eladi Crehuet estos tres libros de poemas. “Este último libro, Tren de tarde a las islas, lo presentará Antonio Abdo el viernes día veintinueve de diciembre de dos mil diecisiete a partir de las siete y media de la tarde en Las Cosas Buenas de Miguel, en Santa Cruz de La Palma. Dadas las características del local, llegada esa fecha, quien quiera asistir es imprescindible que confirme su asistencia a Miguel ”.

Eladi tomó entre sus manos los tres libros que le acercó La Pelirroja. Los miró de punta a rabo. Brindaron con Cava Integral Brut Nature de Llopart por tercera vez, volvieron a decir “prost”, y, con los libros en las manos,  le preguntó a La Pelirroja. “¿Quién eres tú, qué son Las Cosas Buenas de Miguel, quién es Antonio Abdo, quienes son todas estas personas de las que también me has hablado?” La Pelirroja sonrió. “Ahora, solo puedo decirte que yo soy Sigrid, El Ángel Pelirrojo, quién te acompañará durante toda tu vida . Las demás personas y cosas  por las que preguntas te lo responderé esta noche, en La Taberna de Chueca, durante la fiesta felliliana de fin de año en la que tú y todos ellos van a participar”.

Eladi Crehuet, sentado en su sillón de primera clase,  notó una mano que le tocaba el hombro izquierdo  y escuchó la voz de la azafata que con dulzura le decía: “Por favor. Despiértese señor. Ya hemos aterrizado en Barajas. Nada más sentarse se ha quedado dormido durante todo el trayecto”. Eladi se despertó. En el asiento de al lado no había nadie. Algo que tenía en las manos se le cayó al suelo. Se desabrochó el cinturón para poderse inclinar a recogerlo. Al incorporarse, entre sus manos llevaba tres libros que con asombro los examinó. Cuadernos de Los Cancajos, Viaje en línea regular y Tren de tarde a las islas.          

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