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Fútbol literario: semana de selecciones nacionales en LM

¿Ocurrencias? A ver qué os parece ésta: armar equipos de fútbol con escritores, para enfrentarse a otros escritores, y para pasar el rato.

Uno nunca es tan original. Recordemos el skech de The Monty Python.

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Lo robo todo

Lo robo todo


No jodo, no follo, sólo robo todo. (x5)

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Sudamérica sin gordas

No sabrá uno ya qué hacer para llamar la atención, en efecto.

Pues acabo de terminar de leer, como quien dice, la última novela de Yuri Herrera, titulada La transmigración de los cuerpos. Es el libro suyo que más me ha gustado, aunque no suponga un cambio sustancial respecto a los dos anteriores. Diré rápidamente que el estilo de Yuri Herrera puede llegar a provocar éxtasis en un lector; que a buen seguro el novelista mexicano es uno de los pocos autores en español que ahora mismo da sentido a leer novedades; también que, con todo, el final de La transmigración de los cuerpos le deja a uno vagamente insatisfecho, como si lo mejor de leer a Yuri Herrera fuera estar leyéndolo y no haberlo leído -las tramas acaban por revelarse meros puntos de apoyo para su discurso vitalísimo-; que recomiendo con ardor la novelita...; porque este post va a ir de otra cosa.

La transmigración de los cuerpos tiene 136 páginas; Señales que precederan al fin del mundo, 120; y Trabajos del reino, 126. La obra completa de Yuri Herrera suma 372 páginas.

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Sentimientos elementales

A lo largo de los años 90, Alfonso Ussía practicó un número de mucho éxito: llamar hijos de puta a los etarras. Solía hacerlo desde las páginas de ABC y, cuando le invitaban, también en televisión, ante el alborozo de la grada; o la masa; de la gente en general.

La gente en general está para estas cosas: alborozarse, vitorear, depravarse.

La crisis, también en general, ha desplazado buena parte del columnisto de nuestros días hacia discursos de enorme simpleza, que no eluden cada tanto un insulto, un desplante, ese "hijos de puta" que Ussía dedicaba a los etarras, puesto ahora sobre las madres de los políticos, los policías o la familia Real. En esta misma web [miren como me arrimo al toro] sale a veces este tipo de artículo, directo, matemático (2+2=4), en ocasiones hasta zafio. Es una juerga.

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Mi candidato para Último Escritor de la Historia de la Literatura

Todo termina un poco antes de que efectivamente termine: hay un epicentro del final, un origen crítico, el principio de la cuesta abajo. A lo mejor la Literatura ya se ha acabado y en Barcelona no se han dado cuenta.

Este final no significaría que ya nadie escribiera libros: quizá se escribieran más libros que nunca, pero libros epigonales, de figurantes mas que de autores, como cuando los operarios que suben al final del concierto a recoger las guitarras tocan un par de acordes mientras el público abandona la sala.

Reflujo, réplicas, resonancias irrelevantes.

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Gonzalo Canedo, o de qué iba eso de ser editor

Por los escritores sabemos que los editores son unos hijos de puta. Les roban, les cambian una coma; les cambian dos comas; les dejan de publicar; no les entienden y no les hacen caso cuando proponen una foto para la portada; siempre invitan a comer a otro; siempre sacan sus libros en febrero. Todo terrible.


Los editores son empresarios y, como tales, da mucho gusto odiarlos y hablar mal de ellos, y cualquier persona –sobre todo si nada sabe del negocio editorial- encontrará muy sensatas todas las acusaciones que se les dirijan, pues detentan –oh- los medios de producción –normalmente un Mac y la llave de una puerta, tres o cuatro sillas – y eso, a qué negarlo, resulta imperdonable.

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A la intemperie

Serás un escritor español nacido en la década de los 70 y tendrás que elegir: modernidad o tradición; David Foster Wallace o Francisco Umbral; campo o ciudad; bigote o mechas; boina o tatuajes. La elección, en realidad, la hará por ti un tipo desde un periódico, pero te verás igualmente condenado: esto eres.

Afirma Manuel Vilas en la solapa de sus novelas que en ellas practica "una forma de narrar propia del siglo XXI". La frase cobra sentido si uno lee Intemperie, de Jesús Carrasco, pues de primeras resulta casi perogrullesco que alguien que escribe su novela en 2011 y la publica en 2013 sea un escritor del siglo XXI, énfasis al margen.

Nacido en 1972, Jesús Carrasco no sólo ignora a David Foster Wallace en su sonado debut, sino todo lo acaecido en el mundo desde ese mismo año de 1972, como poco. Un par de pistas locomotoras (se habla de una moto con sidecar y de un automóvil que es el único en todo la comarca) hacen pensar que Intemperie sitúa su acción en los años 40, y que Pascual Duarte o Alfanhuí van a saludarnos en cualquier momento desde lo alto de un algarrobo.

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Penas y disputas de Andrés García (con un itinerario en google maps de regalo)

Seguimos y acabamos con Andrés Trapiello, al hilo de esa emisión ininterrumpida de literatura que realiza desde sus diarios, perfectamente mitificables.

Trapiello se llama en realidad Andrés García, vamos, Andrés García Trapiello en la versión extendida del patronímico. Como tantos otros artistas, Trapiello adelantó su segundo apellido por parecerle más pintón, más de vender libros y de ser recordado por los lectores. Obviamente, hizo bien.

Sin embargo, en algún momento de sus diarios se arrepiente de esta coquetería y afirma que mejor hubiera hecho firmándose García. Dado que los escritores jóvenes y postmodernos de hoy se firman Gutiérrez, creo que Trapiello no sabe de verdad de la que se ha librado. Mejor Trapiello.

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Ser escritor sin leer Lolita

21 Comentarios

Andrés Trapiello abrió Lolita por primera vez en su vida en 1998, cuando contaba cuarenta y cinco años de edad. Por lo que se ve, tenía prisa, dado que abandonó la lectura de la obra maestra de Vladimir Nabokov en la página 150.

En El fanal hialino, Trapiello consigna también su indiferencia hacia la narrativa toda de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas, Nostromo, La línea de sombra... ¡Bah!

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Los premios se amañan para que gane el mejor

El periodismo le habla a la sociedad; la literatura, al ciudadano. Si nos fijamos en el eco tan distinto que producen las mismas palabras cuando aparecen en un artículo de opinión y cuando lo hacen en un libro, el aforismo se nos antoja cierto. El articulista diría uno que grita, mientras que el escritor susurra; una frase en un periódico es casi un eslogan, mientras que esa misma frase –exactamente la misma frase- en una novela o en unas memorias se toma como una confidencia, algo que el autor cuenta en privado al lector, por mucho que esa privacidad se establezca a partir de un libro que en verdad cualquiera puede leer.

Por ello, un lector que sea a la vez articulista –o que tenga sin más un blog- siente un poco de pudor a la hora de trasladar palabras de los libros a los periódicos, a la conversación pública; en el momento de señalar con el dedo y dirigir la atención sobre el segundo párrafo de la página 231 de un libro de setecientas.


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