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Cien mil libros tomarán el mundo por la tarde


Mario Bellatin no para nunca; a fin de cuentas, tiene cien mil libros que hacer. Escribir, sólo tiene que escribir cien; pero hacer, firmar, signar con su huella dactilar, se ha propuesto cien mil. Eso sí es crear lectores; o, cuando menos, huérfanos. Hay una imprenta que sólo vive para Mario.

Los cien mil libros de Bellatin es un proyecto literario apoteósico y diminuto. Son libros, cada uno de esos cien mil, que no abultan mucho más que una baraja de cartas, un poemario editado por la diputación, un azulejo amarillo. "Este libro no es gratuito", dice en la primera pagina de La novia desnudada por sus solteros; "Este libro no se compra, se vende", propone en el mismo sitio El pasante de notario Murasaki Shikibu. Yo tengo cuatro títulos de los cien, y nunca fueron adquisiciones: siempre regalos, malentendidos.

Entremedias de esta ferocidad editorial, Bellatin sigue publicando libros que se compran, se venden, se reseñan. El último es Gallinas de madera, dos narraciones "en torno a dos de los grandes escritores del siglo XX: Bohumil Hrabal y Alain Robber-Grillet", como dice la contraportada de la edicion de Sexto Piso. La primera de ellas se titula En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta: es magistral.

Como en La novia desnudada..., Bellatin recurre en Montauk a una disposición particular del texto, y ya sólo eso, esa decisión ajena por completo a lo narrado, hace de su lectura una experiencia fascinante. El recurso consiste en abusar del punto y aparte, y del interlineado entre los párrafos, para convertir la natural fluencia del discurso en una sucesión de escalones, metas volantes, fogonazos. 

Como si yo escribo esta frase aquí ahora, debajo de la otra.

Y luego esta aquí, para que quede claro.

Porque quiero dejarlo claro.

Aunque sea desviándome de lo que iba a decir sobre En la playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta y haya de volver luego con lo que iba a decir.

¿Qué iba a decir?

Que me recuerda este texto a la tetratogía genial de David Markson. El hecho de que el autor fuerce al lector a estar siempre en el comienzo del libro, o en el comienzo de algo, y que ese comienzo no sea un comienzo, sino una continuación por sorpresa, un desglose, genera un ritmo -digamos- religioso, un mantra, santa adicción.

Vemos en este tipo de dispositivos literarios la doma del lenguaje, el ánimo de conocimiento y de concreción; y vemos a Wittgenstein, a Lichtenberg, a Brainard y a Perec, los espacios en blanco de la literatura.

Todo un gran discurso hecho añicos.

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