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El día nacional de la envidia

El día nacional de la envidia

Mi primera búsqueda fue sobre mí mismo. Supongo que todo el mundo hizo lo mismo, era la forma de comprobar si de verdad funcionaba, o todo era una gran broma. Pero no era ninguna broma: tecleé mi nombre y apellidos en la herramienta de búsqueda, y aparecieron veintitrés resultados, nunca pensé que tuviese tantos tocayos. Como el buscador no contaba con ningún filtro para discriminar resultados por domicilio, tuve que abrir uno a uno cada archivo hasta encontrar el mío. Y ahí estaba todo, en efecto eran datos auténticos: mis ingresos del año pasado, mis poco más de diecisiete mil euros brutos. La calderilla de los intereses generados por mis dos cuentas bancarias. El alquiler que pagamos por el piso. Y nada más, que mi economía doméstica tampoco tiene mucho que contar.

La siguiente búsqueda fue sobre mi vecino. No es que me importe cuánto gana, ni si tiene otro patrimonio que su piso; pero fue la primera persona que se me ocurrió. En ese momento escuchaba su televisor al otro lado de la pared, y teclear su nombre era como hacer un agujerito, asomarme sin hacer ruido y observar sus treinta y tantos mil euros de sueldo, su depósito bancario, su puñado de acciones y la plaza de garaje por cuyo alquiler declara poco más de mil euros en un año. Nada emocionante, la verdad. Uno siempre espera que los vecinos oculten perversiones inconfesables, cadáveres en el congelador o, en este caso, fortunas clandestinas.

Después pensé en buscar compañeros de trabajo. Pero nada más encontrar el primero, me di cuenta de que era una pérdida de tiempo: todos ganamos más o menos lo mismo, y ninguno tiene precisamente pinta de ser un millonario con dinero en paraísos fiscales. Así que pasé a los conocidos del colegio de mi hijo, los padres de otros niños. Solo sabía primeros apellidos, y algunos eran los comunes Sánchez o Rodríguez que me ofrecerían decenas de miles de resultados. Me tuve que conformar con las declaraciones de la renta de solo tres, y de ellos únicamente me sorprendió uno. Sabía que tenía un buen puesto en una empresa de ingeniería, y recordaba su casa cuando el cumpleaños de su hijo, un viejo chalé arreglado con tanto gusto como dinero. Y aún así me impresionaron sus noventa y tres mil euros brutos al año, y el tamaño de su cartera financiera. Imaginé que a esa misma hora él estaría en su casa, en su estupendo chalé, ante el ordenador, y teclearía mi nombre llevado por el mismo impulso que yo. ¿Qué pensaría, desde sus espléndidos noventa y tres mil, cuando descubriese mis lamentables diecisiete mil?

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Malas calles

Malas Calles

Quizás no sea buena idea, ya no le parece tan buena idea cuando deja atrás las Ramblas y se adentra en el barrio (¿chino? ¿Todavía la gente lo llama "barrio chino"?) No parece tan buena idea, no porque pueda pasarle algo, sino porque si al final le pasa, no faltará quien le culpe a él, por meterse en el barrio a esas horas. "En ese caso tú dirás que tienes derecho a ir por cualquier calle a la hora que quieras, eres un ciudadano libre", eso le respondieron cuando expuso la duda. Y como no estaba muy convencido, insistió en buscar un motivo creíble para ir a esas horas por esas calles: la vuelta al hotel después de cenar. Y eso es justo lo que está haciendo: ha cenado con unos compañeros del partido, y ha decidido volver al hotel dando un paseo. No es de Barcelona, es fácil despistarse y meterse por donde no debe. La culpa de un atraco no puede ser nunca del atracado.

Todavía en esta primera calle hay bastante gente, aunque eso le incomoda más que tranquilizarle, evita sus miradas para no ser reconocido. Turistas, sobre todo, extranjeros borrachos que salen de los últimos bares, mean en portales, cantan. Se asoma a una calleja lateral, estrecha y sin ningún establecimiento abierto. Al fondo, tres, cuatro hombres quietos, demasiado alejados y mal iluminados para identificar sus intenciones. Decide no tentar la suerte, no todavía, y sigue por la principal.
Según se aleja de las Ramblas escasean más los turistas. Encuentra una pequeña plaza, con las paredes pintarrajeadas. En un lateral, repartidos en dos bancos, seis, siete hombres. ¿Qué hacen allí a estas horas? No sabe si le han visto, vuelve deprisa sobre sus pasos, gira en la primera esquina, se asegura de que no le siguen. Hay pocas ventanas encendidas, sale música de una de ellas. Ve venir de frente dos jóvenes magrebíes, gira en otra esquina, atraído por el luminoso de un bar al fondo, aunque luego se arrepiente: mejor haber esperado a esos dos, y si le atracaban, listo, se acabó la noche.

"Resístete un poco", le dijeron por la tarde. Él puso mala cara, y le insistieron: "solo un poco, nada, lo justo para que te den un empujón o te enseñen una navaja, robo con violencia". Ni en broma, les dijo, se dice ahora, no piensa resistirse, ya es de por sí violento que te roben, y podría ser uno de esos menores drogados que no controla sus impulsos agresivos, una puñalada mal dada, solo pensar en la hoja de un cuchillo le entran ganas de volver a las Ramblas y coger un taxi. Mira hacia atrás, vienen dos, desde aquí no ve si son los mismos dos inmigrantes, acelera el paso.

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#SoyMinero

#SoyMinero

Los vemos al amanecer, saliendo del poblado en fila de a dos, con el mono limpio, el casco y la lámpara en la mano, charlando alegres, a veces canturreando el Santa Bárbara Bendita:

"En el pozo María Luisa,

tranlaralará tranlará…

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Prepárate a conocer tu futuro

Prepárate a conocer tu futuro

Te llega por Whatsapp la primera vez. El mismo día te lo envían tres amigos, todos con idéntico mensaje automático creado por la propia aplicación: "¿Quieres conocer tu futuro? Yo ya conozco el mío, y es muy sorprendente", y un enlace donde pinchas y puedes leer la predicción de cada uno de tus amigos: unas pocas líneas con generalidades, alguna fecha, un par de datos de verdad sorprendentes. Una broma, te dices.

Al día siguiente, aparece en dos de tus grupos de Whatsapp junto a los habituales chistes y memes, y poco después varios miembros del grupo comparten sus vaticinios, que lees con curiosidad. La mayoría son breves e inconcretos, pero uno de ellos es más extenso, incluso más preciso, sorprendentemente preciso, divertidamente preciso: cuándo se divorciará, cuándo perderá su trabajo, qué negocio acabará montando por su cuenta, a qué edad morirá de un infarto –esa predicción no tiene tanto mérito, piensas, la podrías hacer tú mismo, pues tu amigo tuvo ya un infarto años atrás-.

En tus redes sociales se convierte en tema del día, se acumulan los futuros compartidos por usuarios, que vas leyendo por encima, descubriendo coincidencias, frases hechas que se repiten, vaticinios tan vagos que podrían valer para cualquiera, aunque también hay algunos que incluyen detalles que te impresionan por lo atrevido de decirle a alguien que le quedan solo siete años de vida, que sufrirá un accidente de tráfico, o cuánto dinero habrá ganado al final de sus días. Son esos los pronósticos más celebrados, y que los propios afectados comparten con entusiasmo, evidentemente nadie se lo toma en serio: "chicos, me quedan solo siete años de vida, voy a empezar ya a despedirme".

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Ningún emprendedor sin vacaciones

Ningún emprendedor sin vacaciones

Quiero empezar esta charla motivacional con un consejo para los emprendedores: marchaos de vacaciones. Sí, ya sé lo que estáis pensando: "no puedo cerrar mi negocio, perderé clientes", "si no trabajo, no ingreso", "los gastos fijos no se van de vacaciones", "tengo que pagar la cuota de autónomos"… Sí, yo pensaba lo mismo. Me pasé seis años sin vacaciones. O más bien, sin lo que llaman "vacaciones" quienes no se sienten emprendedores, porque para mí, emprender no es un trabajo sino una pasión. Ya lo dijo Confucio: "Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida".

Como muchos de vosotros, para triunfar, primero tuve que fracasar. La inspiración me vino después de caer. De hecho, me cogí mis primeras vacaciones en seis años para recuperarme de ese fracaso. Y ya sabéis lo que dijo Forbes: "El fracaso es éxito si aprendemos de él".

Me fui de vacaciones, sí. Cogí a mi familia y me los llevé a un camping, que era lo único que podíamos permitirnos. Y fue allí, estando de vacaciones, cuando encontré mi oportunidad. Lo dijo uno de los hombres que más admiro, Richard Branson: "Las oportunidades de negocio son como los autobuses: siempre viene otro en camino". Y así fue: mi autobús llegó cuando acababa de perder uno. Habrá quien lo llame suerte, pero para un emprendedor la suerte no existe, es el nombre que damos a la capacidad innata de reconocer una oportunidad y aprovecharla.

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El atasco del siglo

El atasco del siglo

El alcalde se lo pide al concejal delegado del Área de Medio Ambiente y Movilidad, que da la orden al coordinador general, este al director general, que por escrito lo pasa al secretario, toma forma de instrucción dirigida a un técnico, alcanza a un auxiliar, y termina anotada en el plan de trabajo de una cuadrilla de operarios.

A las 8.07h estacionan una furgoneta en el bulevar, sobre el carril bici que ocupa parte del asfalto. La furgoneta lleva el logo del ayuntamiento, y un luminoso en lo alto avisa con destellos anaranjados de "precaución: trabajos en la vía". Cuatro operarios, con mono amarillo y bandas reflectantes, bajan del vehículo y colocan una veintena de conos para demarcar un perímetro de seguridad. Dejan libre solo un carril en ese sentido para el paso del tráfico, que a esta hora ya es espeso y no tarda en resentirse por el corte.

Los primeros bocinazos acompañan el desmontaje de los bolardos y aletas que hasta hoy han separado la vía ciclista del resto de carriles. Alguna aleta, deformada por los pisotones de conductores despistados, se resiste a ser retirada, forcejean dos operarios sin conseguir sacarla.

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Arde la calle

RIKI BLANCO

No hemos dormido en toda la noche. El barrio entero, la ciudad toda sin dormir, como un insomnio por decreto. Dimos vueltas en las camas hasta desesperar y levantarnos, recorrimos pasillos y habitaciones, consolamos hijos que lloraban agotados, escuchamos la agitación de los vecinos tras las paredes, televisores encendidos a deshoras, cañerías inusualmente ruidosas. Salimos a terrazas y balcones, nos apoyamos en el alféizar de la ventana para fumar impacientes cigarrillos, y vimos a los demás, cada uno en su terraza, balcón, alféizar, la calle entera asomada como quien espera un desfile, pero nadie dijo nada, no hubo conversaciones ni bromas de un lado a otro de la calle, respetamos el silencio nocturno por si hubiese alguien que sí durmiera, pero quién ha podido dormir esta noche.

El amanecer nos acaba de sorprender todavía asomados, deslumbrados, algunos recién rendidos a un breve sueño en el sofá o en el mismo suelo de la terraza. Nos desperezamos, y ahora sí nos saludamos de un lado a otro de la calle, hermanados por el cansancio y el malestar.

Nos ponemos en marcha. Seguimos las rutinas de cualquier día, cargamos cafeteras, vestimos a los hijos, nos afeitamos y maquillamos, nos besamos al despedirnos camino del trabajo aunque sabemos que hoy no va a ser un día cualquiera.

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El efecto S

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El efecto S

"¿De verdad no sabes quién fue L.B.? Cuando yo tenía tu edad, L.B. era todo un personaje, representante de toda una época. Se habló mucho de él durante años, aunque es verdad que hoy ya nadie se acuerda de él. Ni de su época."

El eterno lamento del abuelo Lucas, su época y la actual, ayer y hoy, cuando él era joven versus los jóvenes de hoy, la poca memoria que tenemos. Ya sé lo que viene después, me adelanto y lo digo yo antes, imitando su voz grave:

-Un país que no conoce su historia está condenado a repetirla.

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La pareja del año

La pareja del año

(portada y páginas interiores de la revista H…)

¡Gran exclusiva, sus primeras fotos juntos!

Tras seis meses de relación no reconocida, incluso negada repetidamente por Albert Rivera, hemos descubierto por fin a la pareja más buscada del momento. Las imágenes más esperadas las encontrarás en nuestra revista, ya a la venta en tu kiosco habitual.

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