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¿Qué piden a cambio los donantes?

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Son tantos los casos de corrupción que afectan a todos los partidos políticos, o, para ser un poco más benevolentes, que afectan a militantes y representantes destacados de todos los partidos políticos, que ya está siendo más difícil explicar la necesidad (a pesar de todo) de las existencia de los partidos como eje fundamental del sistema democrático que la mismísima existencia de dios. Ya sé que exagero, pero es que me gusta exponer los ejemplos retorciéndoles el cuello al mismo borde del precipicio de la sinrazón. Así chillan más, los muy jodidos, y se les oye mejor su confesión.

En el fondo de la corrupción institucionalizada aletea la necesidad imperiosa de financiar las cada vez más complejas organizaciones y el coste desorbitado de las campañas electorales, muy por encima de las posibilidades económicas de todos los militantes de base juntos. Unos militantes lo toman como una obligación a regañadientes, y otros, como una inversión. Como los seguidores del jesusitodemivida: unos pagan por obligación, porque de lo contrario se les impedirá la entrada en el Paraíso, por tacaños, y otros como inversión, para que san Pedro pueda decir a sus ángeles porteros en el día señalado, imitando quizá la voz del Padrino: “Es un hijoputa, pero es de los nuestros; dejádmelo pasar, que para eso pagó una pasta por la entrada”.

Divino, pero muy humano, al fin y al cabo. Es vox pópuli que los concejales de urbanismo de buen número de ayuntamientos eran hasta ahora los encargados de salvar de la miseria a las arcas municipales, a su vez agentes recaudadores del partido político que les había colocado en su puesto. Con la crisis del ladrillo y el descenso subsiguiente de candidatos a corruptores (¡esta sí que es crisis, ya nadie quiere corromperme!), se agudiza la tentación de que los escasos corruptores entren por la puerta de atrás en el paraíso, empresas poderosas que todavía cuentan con un buen fondo de reptiles, en especial las grandes constructoras. Son donaciones en la sombra, al parecer legales, pero imperceptibles para los ciudadanos incautos que ignoran que cuando votan a un partido determinado están ayudando indirectamente a la mejora de los beneficios de grandes empresas multinacionales... o del chiringuito de un primo del concejal de urbanismo, mismamente, oye.

Y ahora viene la pregunta retórica: ¿a cambio de qué una empresa como Mercadona, OHL o Sacyr Vallehermoso, por traer a colación a tres de las compañías que se citan en los supuestos papeles B de Bárcenas (Bárcena: lugar llano próximo a un río, el cual lo inunda, en todo o en parte, con cierta frecuencia; o, en versión actualizada: tipo llano, próximo al poder, el cual lo inunda de dinero, en todo o en parte, con cierta frecuencia, hasta Suiza y más allá), entrega cientos de miles de euros a un partido político? ¿Por la cara bonita de Mariano? ¿Qué pide a cambio el señorito donante? Y si no exige ninguna contrapartida, ¿no debería dar previamente explicaciones a sus accionistas para que estos sepan de antemano que su inversión en Bolsa es utilizada para sustentar y financiar determinada ideología?

En estos días se han discutido varias recetas para que la financiación de los partidos no siga pareciendo formar parte de una maquinaria desenfrenada de captación de corrupto dinero negro. Una de ellas, la más extravagante, quizá, sería la obligatoriedad de hacer públicas las listas de donantes y las cantidades que aporta cada uno. Digo que es extravagante, pero podría decir estúpida, porque en el disimulo y la ocultación del apoyo a un partido, en la opacidad misma de la donación, se basan precisamente las futuras expectativas de inversión del donante. De lo contrario, con su apoyo declarado, toda la actividad económica de esas empresas quedaría públicamente bajo sospecha de recibir a cambio de su generosidad favores inconfesables al precio de ciento por uno.

Este domingo, el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, entre varias medidas sensatas contra la corrupción proponía lo más evidente, y quizá lo más fácil de controlar: la prohibición de donaciones por parte de personas jurídicas a los partidos políticos. Que cada cual, con su nombre, apellido y particular fortuna sea quien sustente las arcas de los partidos políticos, a la luz del día y con la máxima transparencia. ¿Transparencia he dicho? ¿Dónde habré oído últimamente pronunciar tantas veces tu nombre en vano? ¡Transparencia, tienes nombre de mujer discreta y delicada, aunque en boca de algunos políticos parezcas más puta que las gallinas!

Claro que cuando la señora transparencia apaga la luz se oyen los gemidos de Tamayo y Sáez revolcándose con los empresarios inmobiliarios que soltaron la pasta para financiar el golpe de timón que le puso en bandeja a Esperanza Aguirre la presidencia de la Comunidad de Madrid. Cuando a transparencia no le da la luz aparece el monstruo de Eurovegas, donde los miles de millones de inversión de un dinero que apesta a mafia y a opacidad parecen tener más poder que la propia dignidad humana.

Cuando transparencia está despierta, el derecho laboral y el de la salud son sagrados, pero cuando ella se va de puterío, amparada en la oscuridad, se puede retorcer el estado de derecho para que la ley antitabaco no alcance a las salas de tragaperras de Sheldon Adelson, para que se elimine la prohibición de que los ludópatas puedan entrar en sus casinos, para que se recalifiquen miles de metros de terrenos cuyos actuales propietarios solo conoce doña transparencia, para que se rebajen sustancialmente los impuestos municipales, regionales y estatales, para ciscarse en el Estatuto de los Trabajadores eliminando la regulación de los convenios colectivos de los empleados.

Para que vengan los nuevos ricos con collares de cuentas de neón a engatusarnos e iluminar nuestra miseria. 

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Meditación para hoy:

Como recordaréis, el actual ministro de Justicia (ji,ji) Ruiz Gallardón, cuando todavía era alcalde de Madrid, acosado por deudas que superan el billón de pesetas y un déficit provocado por su pasión manirrota por levantar construcciones faraónicas, reclamó del Estado una compensación, que entonces estimó en noventa y cuatro millones de euros, por los tributos que la Iglesia Católica no satisfacía a la comunidad, como todo hijo de vecino. Como decimos en Galicia, amigos sí, pero la vaca por lo que vale. O sea, me creo que eres capaz de meter a dios en una hostia, de tener a dios como animal de compañía, pero a cambio dile a tu amigo Mariano que me pague el IBI que me debes.

Pues bueno, muchos ayuntamientos, a tenor de una situación de crisis en la que las administraciones locales apenas ingresan un duro por impuestos a las construcciones, instalaciones y obras, que antes eran su más sustanciosa fuente de ingresos, han decidido no pedírselo a Mariano, como hizo el meapilas de Gallardón, sino a la Iglesia misma, que se ampara en el Concordato de 1979 para justificar su insolidaridad con el resto de ciudadanos y no pagar así el IBI correspondiente a su inmensa fortuna en bienes inmuebles.

La Mancomunidad de Concellos de Santa Ágeda, de Ourense, a la que pertenece Amoeiro, el pueblo que intentó sin éxito cobrar el IBI al obispado ourensano, acaba de interponer ante el Tribunal Supremo un recurso de casación en interés de ley, para que algún día podamos contar con la jurisprudencia necesaria con la que hacer pagar a la Iglesia católica española el impuesto sobre esos edificios y terrenos, muchos de ellos improductivos, de la que es propietaria en toda España. Como apuntan los abogados de la demanda, “según los expertos, respecto del conjunto del Estado, la cifra ante la que nos encontramos se elevaría hasta los 2.000 ó 2.500 millones de euros, cantidad que no parece disparatada si tenemos en cuenta el que la Iglesia católica es, después del Estado, la entidad que mayor número de propiedades tiene, y que el historiador Stanley G. Paine cifra en torno a las cien mil unidades, de las cuales solo cinco mil son edificios religiosos”.

Queda claro, siguiendo la línea argumental anterior, que cuando la señora transparencia se esconde en la oscuridad, como por ejemplo bajo las negras sotanas, solo cobra, nunca paga.

Como las gallinas, ya te digo.


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