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Víctima por partida doble

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Captura del artículo publicado en Periodista Digital.

Captura del artículo publicado en Periodista Digital.

Si te engañaron para someterte a trabajos forzados y abusar sexualmente de ti, eres una pardilla. "Padeció todo tipo de vejaciones, abusos sexuales y agresiones físicas", subraya Periodista Digital –un diario online dirigido por Alfonso Rojo– que, sin embargo, no tiene problema en llamar "pardilla" a la víctima e ilustrar el artículo con una foto que obviamente nada tiene que ver con el caso y que busca generar el mayor tráfico posible.

Unas horas después, la web ha cambiado el titular y la foto, pero, eso sí, el artículo sigue publicado en la sección de "Ocio y Cultura. Gente".

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Como si la loca fuera yo

Paseo en bicicleta y un tipo trajeado me grita desde la acera: "¡Ole ese potorro ahí... restregándose contra el sillín!". ¿Se puede ser más burdo?

Y me voy llorando, calle abajo, intentando gestionar mi rabia porque de haber tenido fuerza suficiente para partirle la cara, me habría costado mucho contenerme. Pero no la tengo, y él lo sabe. Por eso se siente, seguramente, en disposición de faltarme al respeto. No sé cuál es su objetivo, ni qué satisfacción le puede producir, ni cómo defenderme. Más tarde me enfado conmigo misma por haber dejado que la actitud de un tarado me afecte hasta hacerme hervir la sangre y aflorar los sentimientos más primarios.

Pero, ¿qué sucede si de repente hay un tipo que va aún más allá y cruza la raya del insulto verbal?

Hace poco más de un año, un desgraciado que pasaba por allí me tocó la vulva delante de toda una fila de antidisturbios. Busqué refugio con la mirada en la "autoridad". Unos miraron indiferentes y otros esbozaron una sonrisa. Nadie se movió. Anduve hacia el agresor, le insulté, descargué mi rabia. Y los viandantes me miraron como si la loca fuera yo.

Lloré de nuevo. Exagerada de nuevo. Claro.

Se lo cuentas a los amigos íntimos, a los que sabes positivamente que te quieren, y "bueno mujer, no te hagas mala sangre por eso". Concluyo que no entienden nada porque, simplemente, no llevan siglos sufriéndolo, no saben de lo que hablamos. Y porque muy poca gente les dice que es importante que lo empiecen a entender.

Decido cambiar de estrategia. Voy camino de una reunión y dos hombres, sentados en un banco, me tiran besos como el que llama a una yegua y decido hacerles una peineta sin ni siquiera mirarles. Gritan: "'¡Será gilipollas, la tía! ¡Que te jodan!". Me paro, me doy media vuelta y les grito, en pleno centro de Madrid, a diez metros de distancia: "Encima gilipollas yo, ¿no? Me agredes tú a mí y la gilipollas soy yo, ¿no?". Se quedan boquiabiertos. Todo el mundo les mira. Ahora la vergüenza la están pasando ellos.

Y yo me marcho orgullosa de mi pequeña gran victoria.

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Apreciada Javier: aquí está tu pedido de Prénatal

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Pantallazo de la respuesta enviada por Prenatal.

Esta mañana he entrado en la web de Prénatal para comprarle una cosa a mi sobrino. Como era mi novio la persona que iba a recoger el producto en la tienda, he puesto sus datos de contacto. En ningún momento me han preguntado si era hombre o mujer. Cuál es mi sorpresa cuando recibo el email de confirmación en el que pone: "Apreciada Javier Lozano".

¿Qué pasa, la ropita de los bebés la tenemos que comprar las mujeres? Siempre me encuentro con "estimadO", "apreciadO", excepto cuando voy a comprar ropa de bebé. Es indignante.

Rocío

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Página web de Prenatal.

Página web de Prenatal.

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El miedo que inmoviliza

He vivido sola en varios países y viajado por unos cuantos más. He pasado por situaciones complicadas y he salido de ellas sin muchos traumas. Suelo decir lo que pienso, soy feminista creyente y practicante. Se podría decir de mí que soy una mujer emancipada o empoderada o como quieran llamarlo.

Y, sin embargo, el otro día en el metro eché por tierra esa descripción. De pie, apoyada contra la puerta, decidí aprovechar el trayecto para contestar correos desde el móvil. El vagón se fue llenando, así que empezaron a empujar desde atrás, pero yo seguía concentrada en los mensajes. Me moví un par de veces de manera automática sin que dejaran de rozarme, comencé a escuchar sonidos sospechosos. Levanté la vista para descubrir que el vagón no estaba en realidad nada lleno y volví a bajarla para encontrar un panorama clarificador a mi espalda.

No grité al tipo que había decidido que mi cuerpo estaba ahí para servirle. Tampoco le di un bofetón, ni siquiera le puse en evidencia como había hecho otras veces. Había llegado mi parada y me bajé triste, asqueada y con una sensación de vulnerabilidad que ya había sentido antes, como casi todas las que estáis leyendo esto. Poco después llegó el cabreo y la vergüenza por no haber sabido reaccionar esta vez, por dejarme infantilizar. Ese tipo no se lo pensaría dos veces para volver a la carga y la próxima quizás le tocara a una mucho más joven, con menos tablas y reflejos.

Ese momento, tan común que parece trivial, me vuelve a la memoria al leer algo muchísimo más alarmante. "No podemos proteger a quien siente que no tiene por qué ser protegido". Lo dice nada menos que la nueva presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, Ángeles Carmona, en una entrevista. Habla después de la sociedad y el silencio cómplice. Pero el acento de sus palabras está en la responsabilidad de las mujeres maltratadas, transmitiendo el mensaje de que si no denuncian es porque no quieren. Las responsabiliza así de su indefensión.

Estoy casi segura de que Carmona ha sentido alguna vez, aunque sea poco, el miedo que inmoviliza, el asco que paraliza, las ganas de salir corriendo sin decir nada. En el metro o en la parada del autobús o a la salida de un bar de copas. Debería recordar y multiplicar esa sensación de vulnerabilidad por un millón para meterse en la piel de una mujer maltratada y entender lo que hay detrás de una no denuncia. Tendría que saber que si es difícil gritarle a un extraño en la calle, mucho más lo es reaccionar ante un marido, un novio, un padre y dar el paso de la denuncia. Su obligación es proteger siempre a las mujeres maltratadas, tanto a las que sienten que necesitan protección como a las creen que no lo sienten, y dejarlo claro y sin matices en sus declaraciones. No es un puro ejercicio de reflexión, es un deber inherente a su cargo. Hay vidas en juego.

Anxela


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VÍDEO: ¿Qué pasaría si cambiásemos a las mujeres por hombres en los anuncios sexistas?

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La boda de la jueza Alaya

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Una de las fotos del artículo publicado por Terra.

Mercedes Alaya es la jueza que instruye el caso de los ERE en Andalucía. Pero es noticia por los bolsos y trajes que lleva y porque renueva sus votos matrimoniales.

Artículo publicado en Terra el 17-4-2014

Artículo publicado en Terra el 17-4-2014

"El ya famoso diseño de organza y seda color blanco roto, llamaba la atención por sus detalles bordados en crema en las caderas y en el generoso escote del mismo", decía un artículo de Terra.es

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Él sabe de mecánica, ella de bodas

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Mi novio y yo vamos al banco, queremos abrir una cuenta conjunta. Extrañamente, cuando nos explican las condiciones, lo miran a él. Firmamos el contrato de alquiler, también se lo explican todo a él. Vienen a ponernos el rúter, y sólo hablan con él. Vamos al mecánico y, cómo no, sólo lo miran a él, y eso que ninguno de los dos tiene ni idea de mecánica.

La situación se hace más evidente cuando viajamos fuera. Siempre, siempre, siempre, se dirigen a él: en los restaurantes, en los hoteles, en los puntos de información... Pero, claro, la gente no sabe que, de los dos, yo soy la que habla inglés. Y vaya cara se les queda cuando él me señala y dice: "Díselo a ella, que es la que te va a entender".

Yo pensaba que esto pasaba por una costumbre de tratar siempre con los hombres (aunque tampoco me parece justificable). Pero recientemente he descubierto que es aún peor, que depende del tema del que se esté hablando.

¿Que cómo lo sé? Pues porque este año nos casamos. Y qué sorpresa descubrir que, al hablar de la boda, todo el mundo se dirige a mí. Es algo que me resulta extraño porque, al contrario de lo que pasa normalmente, él ha dejado de existir. Él es un punto más dentro de la organización de la boda, porque la importante aquí es la futura novia. Y no sólo en los establecimientos, sino que nos ha pasado incluso con la familia: cuando lo comunicamos, la gente sólo me felicitaba a mí. Fue tan evidente que mi padre dijo en voz alta: "¡Eh, él se casa el mismo día!".

Nosotros queremos algo sencillo y, sinceramente, ambos estamos perdidísimos en este mundo de bodas, ya que nunca hemos estado muy puestos en este tema. Pero la gente se extraña cuando dudo de qué elegir, o cuando digo que quiero algo sencillo o que no quiero lo tradicional. Porque la mayoría de personas dan por supuesto que yo, como mujer, no entiendo de dinero, ni de contratos, ni de cláusulas, ni de coches, ni de pagar la cuenta en un restaurante, ni de pagar una noche de hotel.

Pero ¡de bodas! De bodas soy una experta. ¡Imagínate! Deben de pensar que llevo toda mi vida soñando con casarme, que desde los doce años sé qué flores y qué vestido quería. Deben de imaginar que es mi meta en la vida y claro, sólo importa mi opinión porqué ese es mi día y no importa lo que piensen los demás, ni siquiera el novio. Ah, y porque de decoración, flores, vestidos y zapatos también se da por supuesto que sé mucho.

Sandra

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Unos vaqueros o una mujer: adivina qué está hecho en Bangladesh

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Anuncio de American Apparel.

Anuncio de American Apparel.


La marca americana de ropa American Apparel quería presumir de que sus prendas no se fabrican en factorías deslocalizadas y en condiciones laborales precarias. "Hecho en Bangladesh", dice el lema escrito sobre los pechos de la modelo. Es decir, que lo que está hecho en Bangladesh es precisamente la modelo, que se llama Maks, nació en Dhaka, la capital del país, y que se mudó cuando aún era pequeña a Estados Unidos.

No es el único anuncio en el que la marca ha considerado que el cuerpo de las mujeres acompañaba bien a sus eslóganes irónicos.

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Las tareas del hogar son mejor con Koenic

A las mujeres nos encantan los electrodomésticos. Nos pierde una lavadora, una batidora, una nevera bien puesta. Nos encanta planchar o pasar la aspiradora mientras nos movemos sensualmente y dos hombres nos miran. Unos electrodomésticos como Dios manda hacen que las tareas del hogar nos parezcan maravillosas.

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Agresión el sábado noche

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Soy una universitaria de veintiún años que desde hace tres trabaja los fines de semana poniendo copas, procurando aligerar la carga económica que alguien como yo -con la energía propia de la edad y mil proyectos en mente- supone para una familia deseosa de apoyarla. Un sábado que parecía ser cualquiera terminé de trabajar antes de lo previsto, así que llamé a unos amigos y recorrimos los bares de la zona, saltando de chupito en chupito y de copa en copa. La noche se alargó hasta un amanecer tímido, y rondando las ocho de la mañana después de haber dejado de ingerir alcohol un par de horas antes, dije a mis amigos que me iba a casa. Como siempre, se ofrecieron a acompañarme, pero esta vez rechacé su oferta. Ya amanecía y vivía a cinco minutos de allí, ¿qué podía a pasar?

Cuando salí del bar me quité los zapatos y me calcé las bailarinas. Siempre sigo el mismo plan: andar rápido, cruzar en rojo si no vienen coches, mirar alrededor de vez en cuando. Me ajusté la falda que llevaba y empecé a andar a considerable velocidad atravesando las calles y las plazas. Al llegar a la parada de taxis que hay muy cerca de mi casa, me relajé y saqué las llaves del bolso. Con las llaves en la mano derecha y los zapatos y el bolso en la izquierda, caminé los últimos treinta metros hasta mi portal. Introduje la llave en la cerradura, y noté que alguien me empujaba por la espalda con fuerza. Una mano pellizcó mi pecho por encima de la cazadora que me llegaba a la cintura, y la otra me agarró el culo hasta hacerme daño, apretando mi cuerpo contra la forja y el cristal.

La puerta no se abrió, no fui capaz de girar la llave. Por efecto de la adrenalina, me desasí con un impulso hacia atrás tan rápido que me sorprendió, y me di media vuelta para hacerle frente. Sólo pude verle correr, un hombre de metro sesenta mucho más bajo que yo, delgado, pelo corto, jersey rojo y pantalón oscuro. Grité algo que no recuerdo, con el corazón a mil por hora. Cuando estaba lo suficientemente lejos miré en derredor por si alguien había visto algo. La calle estaba completamente desierta. Giré la llave del portal, entré, subí en el ascensor y cerré la puerta con cuatro vueltas.

Ni la ducha al llegar me quitó esa sensación de suciedad, mientras todavía sentía las manos de ese desconocido encima. Ni siquiera después de seis horas de sueño, descontando lo que tardé en conciliarlo, me hicieron sentir mejor. No he vuelto a volver andando del trabajo, no puedo salir de trabajar y sentirme tranquila por la calle. Me cierra el estómago pensar que lo que marcó la diferencia fue, simplemente, que no atiné a abrir la cerradura. ¿Es ésa la delgada línea de lo que llaman buena y mala suerte? ¿Por qué mis padres tienen que tener la razón cuando me dicen que sea la hora que sea, vuelva en taxi? ¿Y qué hubiera pasado si...?

Carolina (nombre ficticio)

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