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En una entrevista de trabajo: "¿No tienes nada más que ofrecer que ser guapa y saber usar esa boca tan bonita?”

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Llevo dos meses en el paro, mandando currículum allá donde se me ocurre e intentando ganarme la vida como puedo. Por eso, cuando me llamaron de una empresa con una importante potencia en España –de la que prefiero no dar el nombre- para cubrir un puesto que había quedado vacante, me dio un vuelco el estómago.  

Después de innumerables intentos y entrevistas de trabajo, todavía me sigo poniendo nerviosa ante la persona que me pregunta por mis capacidades, logros y expectativas. Llegué a la sede de la empresa con tiempo suficiente y, aunque la entrevista era a las 13.00, no tardaron en atenderme. 

La persona que me entrevistaría era un chico sorprendentemente joven, de no más de 35 años. Me saludó cordialmente, me estrechó la mano y se interesó si había llegado bien. Ante su inicial simpatía y su juventud, pensé que me entendería y se pondría en mi lugar, que quizá le caería bien. Y puestos a soñar, que podía tener esperanza de que el puesto fuera para mí. 

La entrevista duró cinco minutos de reloj. Nos metimos a una sala y comenzó preguntándome por mis estudios y dónde había trabajado previamente. Tras esto, sacó mi currículum de una carpeta, le echó una ojeada, lo dejó boca abajo encima de la mesa y me dedicó las siguientes palabras: “Bueno, ¿y qué? No te lo voy a hacer yo todo, cielo. Venga, véndete un poquito. ¿O es que no tienes nada más que ofrecer a la empresa que ser guapa y saber usar esa boca tan bonita?”. 

Eso era lo último que me esperaba de una entrevista de trabajo y la mezcla de los nervios y la impresión me dejaron de piedra durante unos segundos. Pero pudo más en mí el descaro y mientras recogía mi bolso y mi abrigo y me levantaba, le contesté que no sabía si mi boca era bonita o fea, pero que ojalá la próxima mujer que entrase en esa sala con él le descolocase la suya a patadas. Y que era un sinvergüenza por ese comentario y por haberme hecho perder el tiempo. 

Después de unas horas pasándolo mal, mirándome al espejo y acordándome de esas palabras, me decidí a contarlo. Mucha gente me animó a denunciarlo y, aunque al principio fui reticente por las pocas garantías, hoy puedo decir que me he puesto en contacto con la empresa para hacerles saber el trato que recibí de uno de sus empleados. Ignoro en qué quedará la cosa. La pregunta que se me viene a la cabeza es qué más hay que hacer – denuncias aparte- para que algunos se enteren de que eso de ir de machito ya no es gracioso, sino insultante. 

Irene

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Cuando eres mujer y cofrade: "Esto es una procesión y no puedes salir con esa falda"

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Cofradía California de Cartagena, integrada solo por mujeres. Foto: Cachi Oms

En enero de 2018, dos hermandades de Semana Santa de El Puerto de Santa María decidieron excluir a las mujeres de sus cuadrillas de costaleros. Una de sus miembros, Maika Anelo, lo lamentó muy expresivamente: "Es como si nos hubieran arrancado un trocito de nosotras mismas". La medida sorprendió porque cada vez es más habitual que estas asociaciones se abran a ser mixtas, de manera espontánea u obligada por los tiempos: en León, dos cofradías pusieron fin en 2017 a una discriminación que se remontaba al siglo XVII. Tuvieron entonces que ceder tras múltiples excusas.

La queja más frecuente entre las mujeres una vez que sí acceden a una cofradía es el bloqueo a ciertos puestos, especialmente a los más altos dentro de la jerarquía interna. Todo el proceso forma parte de una tradición que muchas llevan a cabo desde pequeñas, ya sea por ilusión o motivos familiares. Algunas argumentan que no hay mujeres que aspiren a romper lo que se podría llamar “techo de cristal” debido tanto a la arraigada costumbre masculinizada como al elevado peso material que se tiene que soportar en algunos cargos, como el de costaleras. 

La experiencia de Diana, que ha pertenecido a dos agrupaciones en Melilla, le ha llevado a achacarlo a otras razones más directas: "En mi última cofradía, hasta hace dos años, una mujer no podía ser costalera de trono, porque el cura y el hermano mayor no lo permitían. El motivo era que no querían que se mezclasen con hombres. Según afirmaban, no teníamos la misma fuerza y ellos se despistarían de lo que tenían que hacer".

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Cambiar los cuentos o cómo las historias infantiles reproducen el machismo

Este vídeo es una producción de  DMA producciones S.L. para  Little Revolutions con la colaboración de  Festuc Teatre.

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Una abogada de un gran despacho denuncia la discriminación que sufrió tras ser madre: "Se me desacreditó día a día"

"Escuchar a otras mujeres me sirvió para llegar a casa y saber que estoy haciendo lo correcto". La abogada Silvia Andrés Arnaiz se animó a contar su historia el día después del 8 de marzo, porque quiere "que la sociedad vea que las situaciones de discriminación se dan también sitios donde se ganan premios y donde se firman convenios". Se presenta como trabajadora de uno de los grandes despachos de España, en el que ha estado casi 10 años tras pasar por otros de similar nivel. "He trabajado muchísimo, creciendo año a año, desarrollándome profesionalmente en un trabajo que me encanta, con responsabilidades", relata en un vídeo colgado en YouTube y que se ha movido en muchos grupos y redes del sector.

Todo dio un giro en en su vida hace unos meses, cuando dio a luz a una niña que le ha "llenado de una felicidad que nunca había soñado", pero con la que también llegaron "cambios" a su vida laboral con los que no contaba. Cosas que vio "desde el mismo día" que anunció su embarazo. Silvia volvió al trabajo, sin reducir jornada y asumiendo "todo el trabajo que podía" y haciendo "todos los esfuerzos". "Pero nada era suficiente y cada día las dificultades eran mayores", cuenta para pasar, sin entrar en detalles, a expresar que no está dispuesta a que, como se hizo se le desacredite profesionalmente "día a día, volviéndome insegura e ir perdiendo el amor por mi trabajo". "Quiero no conformarme, no ir a trabajar sufriendo o reducirme jornada como medida de seguridad y quedarme relegada a un segundo puesto".

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Reacciones a #TúTambién: Nosotros también somos machistas

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Captura del vídeo #TúTambién

Cientos de personas han reaccionado al vídeo de  #TúTambién. Muchos hombres han compartido sus autocríticas en comentarios, tuits o correos a micromachismos@eldiario.es.

#TuTambien, y yo, hemos dicho que apoyamos el feminismo pero alguna vez hemos pensado que son un poco pesadas, que parece que no hay otro tema.

Pues las están matando, así que no, no hay otro tema más importante.

Tengo que reconocer que soy muy dado al mansplaining #TuTambien https://t.co/A9BvUvnvZL

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VÍDEO | #TúTambién puedes hacer algo para acabar con el machismo

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El blog Micromachismos cumple cuatro años. Cientos de mujeres han compartido desde entonces sus historias de machismo cotidiano: en la calle, en bares, con sus parejas, en sus trabajos, en la consulta del ginecólogo, en sus grupos de amigos... El machismo está en todas partes. El año pasado quisimos mostrarlo con  el vídeo #Amítambién en el que mujeres relevantes de la política, la cultura, el deporte o la ciencia contaban sus propias experiencias. Este año queremos dar otro paso y hablar de la otra parte: los hombres.

El cómico Joaquín Reyes; el director de cine Nacho Vigalondo; el coordinador federal de Izquierda Unida, Alberto Garzón; el guitarrista de Vetusta Morla, Guille Galván; el portavoz del PP en el Parlamento Vasco, Borja Sémper; el jugador del Estudiantes Sitapha Savané; el portavoz del PSOE en la Asamblea de Madrid, Ángel Gabilondo; el secretario general de CCOO, Unai Sordo, y el juez Fernando Grande-Marlaska reflexionan y hacen autocrítica sobre su machismo y sus estrategias para intentar cambiarlo. 

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Mujeres desnudas y combas rosas en un juego de mesa infantil

Una de las cartas del juego No Panic

La categoría de "mujeres célebres" ilustrada con una mujer desnuda y distinción entre actividades destinadas "a chicas" y otras "a chicos". Son dos pruebas sexistas presentes en la edición de 2004 de 'No Panic'!, un juego que se define como "familiar" y se dirige a niñas y niños de más de ocho años.

El juego de mesa, de la empresa Goliath, consiste en decir un cierto número de palabras en un tiempo determinado dentro de las categorías que marcan las cartas. En ellas se puede ver que dentro de la categoría de juegos de niñas se encuentra la comba, dibujada sobre un fondo rosa, y como ejemplo de juegos de niños el fútbol americano. 

Además, han decidido ilustrar su categoría de "mujeres célebres" con una mujer desnuda -Eva mordiendo la manzana-, algo que no ocurre en el caso masculino, ni en el caso de los detectives célebres (ilustrados con un gorro y una pipa), ni en el de los deportistas célebres, en cuya carta aparece un atleta olímpico.

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Un doctor aprovechado tras un aborto: antes de irte "dame un beso"

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Un hospital.

Hace un mes en una visita rutinaria al ginecólogo me dieron dos noticias: que a pesar de mis 41 años y síndrome de ovario poliquístico estaba embarazada y que tenía un bulto en el pecho que ha resultado ser un cáncer incipiente.

Debido a ésta última noticia, donde un embarazo frena mis opciones de tratamiento, y a mis circunstancias personales mi pareja y yo decidimos interrumpir el embarazo. Planificación familiar nos derivó a una clínica privada en otra comunidad puesto que en la mía los médicos objetan problemas morales para realizar la intervención de modo público. No entraré en que esos mismos médicos dejan de lado esa objeción cuando te los encuentras haciendo abortos en las clínicas privadas.

Así pues nos dispusimos a ir a la clínica y tras varias anécdotas poco agraciadas me despierto en la camilla tras la sedación. En ese momento un médico que no me ha tratado antes me pide que le acompañe a su despacho para darme antibióticos y recomendaciones tras la interrupción.

Entro en su despacho y tras unos minutos contándome el tratamiento que debo llevar me dice que "a ver cómo arreglamos esto, lo mismo tendrías que sacarte novia en vez de novio". Me lo tomo a broma porque me parece irreal ese tipo de comentarios, pero después de hacer algunos más sobre la abstinencia necesaria, si "soy capaz de estar sin sexo quince días y no perseguir al novio", le comento que no habrá problema pues un efecto secundario de unos anticonceptivos me quitaron la libido y aún no he sido capaz de recuperarla. Entonces añade que "lo mismo tienes que plantearte engañar a tu novio". Alucinada por el asunto le respondo que no estoy por la labor.

Al finalizar la consulta surrealista me adelanta para abrir la puerta de su despacho, pero antes me dice que aún falta una cosa por hacer antes de irme. Un poco descolocada le digo que si abre la puerta y dice que no mientras se da toquecitos con el dedo en la mejilla, que le diera un beso. Reconozco que estaba tan alucinada con la situación que no sabía si darle dos besos o dos tortas pero apelando a mi deseo de salir cuanto antes de allí le besé en la mejilla. Antes de abrir la puerta me repite: "Piénsate lo de ponerle los cuernos a tu novio".

Como soy una mujer con mucho sentido del humor traté de tomar la experiencia como algo surrealista, pero tras contárselo a mi novio me hizo ver que además de un comportamiento poco profesional, no podíamos olvidar que, aunque nuestro caso interrumpir un embarazo no era traumático, qué pasaba con todas esas mujeres y chicas que abortan y la culpa, la pena o el trauma las deja indefensas frente a este tipo de especímenes.

Dudo mucho que a un hombre que vaya a la clínica, para cualquier intervención, al salir por la puerta le digan que dos besitos, o que le recomienden ser infieles a sus parejas o ese trato paternalista dado en todo momento.

Por supuesto pondré una queja al servicio que corresponda por todas esas mujeres que no tienen por qué soportar este trato por un médico en un momento tan delicado.

María

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Las bromas que me hicieron dudar de mi capacidad como abogada: "Dame dos besos que me quedas muy bien"

Una mujer en una oficina.

Cuando con 25 años conseguí mi primer puesto como pasante en un despacho de abogados, oía constantemente comentarios que me incomodaban: "Pues yo también quiero una pasante de 1.80", le comentaba un abogado a mi mentor. "Así da gusto venir a trabajar, ¿no? Ya me gustaría a mí", le decía un cliente, entre risas.

Uno hacía una broma por aquí, otro hacía otra broma por allá, y a mí se me acumularon las bromas y me hicieron dudar de mi validez como profesional, llegando a creer que sólo estaba ahí porque era atractiva. Entonces, mi mentor me dijo: "Tienes que hacerte respetar y dirigirte a mí como 'compañero'. Los dos somos abogados, somos iguales. Que no te intimiden".

Ya como abogada junior, en otro despacho, terminábamos una reunión con un perito economista. A pesar de mi juventud (yo tenía 27 años), fue todo bien: En mi despacho se me valora y mi opinión cuenta. Pero, al despedirnos, quise imitar a mi compañero dándole también la mano al perito. Él la agarró fuertemente, me acercó a él y me dijo "dame dos besos, que eres muy alta y me quedas muy bien". Ante la indiferencia de mi compañero, por no montar un escándalo, cumplí. Me pasé el resto de la tarde criticando aquel gesto, pero todos mis compañeros lo normalizaron: "No tiene importancia. No es para tanto". Yo exageraba.

Tiempo más tarde, reunida en una entidad bancaria para renegociar la deuda de un cliente, el gestor de morosos comentó con claro tono despectivo, para desautorizarme: "Es que viene esta chica aquí, diciendo esto y lo otro (…)". Yo me armé de valor. –¡Oiga!–interrumpí– haga el favor de referirse a mí como letrada–. Él protestó por mis "exigencias", pero el resto de la reunión las respetó. Preocupada porque mi reacción pudiera haber sido inapropiada, se lo conté al abogado director de mi despacho. –¡Ese tío es un imbécil! Hiciste muy bien en darle el toque–. Él también me empoderó para decir "basta".

Esos comentarios, que pueden parecer inofensivos, son sólo algunos ejemplos. Escuchar uno te hace sentir incómoda, pero escuchar muchos te hace dudar de tu capacidad. Eso sí, no nos equivoquemos, los hombres no son el problema. El problema es que estas actitudes se normalicen y que a las mujeres se nos obligue a soportarlas. Debemos visibilizar y alzar la voz. Debemos decir basta.

Raquel Duque

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"Soy hombre y en las reuniones se dirigen a mí y no a mis compañeras con más experiencia"

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Tengo 28 años, soy hombre y trabajo en una multinacional. En mi empresa hay bastante paridad laboral en cuánto a números, pero los puestos de responsabilidad lo ocupan los hombres mayoritariamente. También los sueldos son igual de dispares y de hecho puedo decir que se "revisan" con asiduidad si de un hombre se trata.

En mi departamento, cuando viene algún proveedor o comercial nuevo, dos compañeras y yo que llevamos los mismos temas atendemos estas visitas juntos. El problema es que siempre intentan venderme o convencerme a mí, incluso delante de una de mis compañeras que tiene más experiencia que yo. Pero es indiferente, el 90% de miradas y gestos son hacía mí e incluso contactan sólo conmigo a pesar de insistir en que sean a ellas a quien se dirijan también.

O cómo te invitan a un café al terminar o se despiden de ti el último con más interés. O cómo se acuerdan de tu nombre y no de el de ellas. Tengo siempre la sensación de que los que vienen a ofrecernos servicios, hombres en su mayoría, no creen que una mujer pueda tomar decisiones de responsabilidad y apartan a las mujeres como si de oyentes se tratase.

Si cualquiera de estas compañeras hace una pregunta, duda o comentario, al responder, lo lógico es centrar tu respuesta en ella que es la que lanza la cuestión, por educación y que leches, ¡por lógica! Pues adivinad. Durante estas visitas intento implicar a mis compañeras y si el interlocutor no las hace partícipes, intento referirme directamente a ellas, preguntando su opinión y forzar su espacio propio en la conversación. A veces he llegado a bajar mi atención o quitar la mirada para tomar apuntes y noto como frena la conversación. Me produce mucha incomodidad. Porque incluso cuando el interlocutor hace preguntas para adecuar su venta me las hace a mí, como si sólo yo pudiera resolvérselas. 

En cambio, he detectado que esto no sucede cuando hay más hombres en la misma reunión, entonces se reparte la atención de la misma forma pero siempre excluyendo a las mujeres presentes. Esto pasa a diario en mi oficina. Ojalá llegue el día en que una mujer y un hombre puedan aspirar a un trabajo, a una responsabilidad y a un sueldo por valía propia y esfuerzo. No por su condición. Y que todos y todas respetemos en una reunión a todos los partícipes de la misma.

Fernando

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