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El chico que me escupió cuando le respondí a un piropo

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Una calle de Bilbao.

Es difícil recordar exactamente cuándo fue la primera vez que recibí un piropo callejero. Es difícil recordar el primero, para mí y para otras amigas a las que les he preguntado para escribir esto, pero, curiosamente, todas recordamos vívidamente la última vez.

El mío, para ser exacta, que soy una gran amante de los detalles, sucedió a las cinco de la tarde en un cruce amplio de una gran ciudad. Iba por la acera cargada con dos bolsas de la compra inmensas esperando llegar al cajero cuanto antes. En ese trayecto, pasó un chico en bici por la carretera que, a varios metros de mí, empezó a espetarme comentarios de bastante mal gusto sobre mis piernas. Y si bien os puedo asegurar que hace años ni me planteaba nada que no fuera bajar la cabeza mientras apretaba, al mismo tiempo, los dientes y el paso, he decidido dejar de hacerlo y de soportar semejante comportamiento.

Como iba hablando por teléfono con mi madre me limité a alzar como buenamente pude el dedo anular. Una imagen vale más que mil palabras, y ese gesto creo que todos lo entendemos. Sin embargo, cuando estaba cruzando sentí a mi espaldas movimiento. El chico se había molestado en girar y circular en dirección prohibida con la bici para alcanzarme y... escupirme de lleno. El escupitajo cayó con la inercia de su trayecto en bici y con la fuerza de una mentalidad que se ofende si no te sientes agradecida ante palabras soeces –gratuitas y en alto– recibidas por parte de desconocidos.

Le vi escapar a toda velocidad (¿por qué las cadenas de la bici no se salen cuando por razones del karma deberían?) y me quedé con un escupitajo en la cara, el mal sabor de la injusticia en el pecho, mi madre esperando que siguiera con el relato de algo rutinario que le estaría contando y los ánimos por los suelos. 

-"Me acaba de escupir un tío en la cara", le dije llorando.

-"¿Cómo?". Ella no daba crédito.

Se lo conté llorando mientras alcanzaba a quitarme como buenamente pude el escupitajo de la cara, todo el lateral del cuello y parte del pelo con la mano. Al final, al llegar a casa y tras una ducha a conciencia, el salivazo se fue, pero no la sensación de que había merecido la pena enfrentarme (aún con el húmedo desenlace) solo para que viera que no estaba dispuesta a dejarme tratar en esos términos por nadie. 

Así que todavía con la impotencia latente, sentí que tenía que hacer algo, lo que me animó a compartirlo en mis stories. En una hora tenía el buzón de mensajes de Instagram lleno de otras anécdotas de amigas, conocidas, seguidoras que me hablaban de sus abuelas de jóvenes e incluso compañeras de clase de mi hermano pequeño a las que habían gritado, piropeado, silbado, tocado y, como a mí, escupido. Todas coincidíamos en lo mismo, en que estábamos hartas de esto.

El escupitajo, muestra de una rabia visceral por no someterme a lo que no es otra cosa que un acoso callejero no deseado perpetuado solo por uno de ambos géneros, fue la prueba de que hacen falta más mujeres que nos plantemos y que, con tan solo un dedo expresemos que ya basta. Basta de sentirnos incómodas por la calle cuando solo queremos estar tranquilas. Basta de ser abordadas con opiniones que no hemos pedido en la que solo se nos valora por nuestros cuerpos. Basta de mirar hacia otro lado. Ahora, yo quiero devolver el escupitajo y lo mando directo a esas ideas que, de prehistóricas y de negarse a evolucionar con el cambio social que estamos viviendo en nuestro tiempo, espero se extingan pronto.

Los gapos mojan, pero no callan.

Mara Mariño

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"Piensa en tu reputación online" y otros cinco tuits machistas de las Fuerzas de Seguridad

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"Vaya foto que has puesto, sal ya sin camiseta", "eres lo que proyectas", "qué vergüenza", "parece que insinúas". Son frases de una supuesta reprimenda de una madre ("mami") a una hija o hijo por su foto de perfil en Whatsapp.

Quien lo comparte es la Policía Nacional, que añade como consejo que pienses en "tu jefe, en tu profe, en tu familia... en tu #reputación online": "Ten cuidado con lo que subes a las redes".

Que mami no tenga que leerte la cartilla, que ya eres mayorcit@. Piensa en tu jefe, en tu profe, en tu familia...en tu #reputación online. Ten cuidado con lo que subes a las redes✌️🤳 pic.twitter.com/mrDiJwvD5v

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A una ingeniera: "Tengo una pregunta complicada, no creo que puedas ayudarme"

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Una oficina.

Soy ingeniera de estructuras de hormigón. El machismo me ha acompañado desde la universidad, donde mis compañeros desacreditaban mis notas diciendo que me acostaba con los profesores. He ido a reuniones de todo hombres donde me han sugerido que me podía sentar sobre las rodillas de alguno. He tenido a hombres el doble de mi edad babeándome, mandándome mails fuera de tono y tratando de emborracharme en eventos comerciales. He tenido al menos seis compañeros de trabajo en distintas empresas que, borrachos, me han empujado contra paredes para tratar de besarme. Dependiendo de su tamaño han tenido más o menos éxito.

Las dos preguntas que me hizo el gerente de mi actual empresa al entrar fueron si tenía novio y si quería tener hijos. Le dije que no. En estos momentos, soy la única chica en una oficina de 12 y la que tiene más formación en cálculo. Ahora que he demostrado mi valía y he resultado un pilar fundamental para que mi empresa desarrolle obras en el extranjero, he tenido un bebé. Han accedido a mi baja maternal siempre y cuando volviera sin reducción de jornada. Sé que todo eso es ilegal, pero a la última chica que se quedó embarazada la echaron.

Hoy acabo de colgar el teléfono tras escuchar, por tercera vez esta semana, la misma cantinela:

- Buenos días

- Sí, hola. Es que quería hablar con el departamento técnico. ¿Puedes pasarme?

- Ya te han pasado. Yo soy técnico

- Ya. Pero es que es una pregunta complicada. No creo que puedas ayudarme.

Y quiero contestarle que con lo que sinceramente no puedo ayudarles es con el machismo latente que tienen, porque las dudas técnicas es muy posible que ninguno de mis compañeros pueda solucionárselas mejor que yo. También se me ocurren miles de otras respuestas más divertidas, pero al ser clientes potenciales, no puedo hacerlas.

Nerea

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Las mujeres revelan en Twitter las agresiones sexuales que han sufrido con #cuéntalo

La sentencia que condena a 'la manada' a nueve años de cárcel por abusos sexuales ha indignado a las mujeres. Las manifestaciones de este jueves fueron la respuesta en la calle a un fallo judicial que consideran injusto con la víctima, al librarse los agresores del delito de agresión sexual. En Internet, la reacción ha sido la de desvelar experiencias traumáticas del pasado. Lo han hecho en Twitter con #cuéntalo, un hashtag en el que revelan todo tipo de agresiones sexuales que han sufrido. Desde violaciones hasta comentarios machistas cuando eran menores de edad. Y en situaciones de todo tipo, desde el colegio, una reunión familiar o la consulta del médico.

La mecha de esta iniciativa la han prendido las periodistas Cristina Fallarás y Virginia Pérez Alonso. La primera se ha encargado de impulsar el hashtag, recogiendo en su cuenta de Twitter la mayoría de los testimonios tuiteados. Algo que surgió tras la publicación de un artículo escrito por Pérez Alonso. En el texto hace lo que después se ha convertido en un llamamiento: contar cómo varios hombres intentaron agredirla sexualmente cuando tenía 13 años.

#cuéntalohttps://t.co/nRJmocdZDr

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El trap que denuncia la falta de mujeres en las agencias de publicidad: "Hay mucha jefa pa tan poca directora"

La plataforma Más Mujeres Creativas ha lanzado un trap para denunciar la discriminación de las mujeres en el sector publicitario y reivindicar más presencia en los puestos directivos. "Hemos elegido el formato trap, porque queríamos lanzar nuestro mensaje desde un tono más lúdico. Es un reconocimiento a todas esas jefas, que sustentan un sector cada día con su trabajo y su talento”, señalan. Más Mujeres Creativas es una plataforma independiente que reúne a más de mil profesionales para propiciar un cambio real en el sector de la publicidad.

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Una noche en la discoteca: un cruce de miradas que se convierte en una patada en el culo

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Una discoteca.

Son las 05:40, recién llegada a casa de una noche de fiesta cuando comienzo a escribir esto. Y aunque esta es la primera vez que lo escribo, no significa que sea la primera vez que me haya sentido acosada. Hoy estoy especialmente indignada, me siento impotente y mi mente no para de producir una secuencia de imágenes, que me hubiera gustado llevar a cabo; pero una vez más, en este tipo de situaciones, me siento inferior y con miedo a las consecuencias. Esta noche no me han hecho ni una mínima parte de lo que le pueden hacer a una mujer. Y me muero de dolor por pensar que esto que me angustia lo ha sufrido otra persona multiplicado por mil.

Estoy en una discoteca y un chico que se parecía bastante a un cantante que me gusta me estaba mirando fijamente, no lo niego, me he sentido halagada y le he devuelto la mirada. Me ha seguido por el garito, y me ha cogido bruscamente del brazo para presentarse. Resulta que todas las ganas que tenía de conocerle se me han ido por las formas que él ha tenido de abordarme. ¿Puedo cambiar de opinión? Creo que estoy en mi derecho, pero parece ser que a él no le ha sentado nada bien y me ha pedido explicaciones por mi cambio de conducta. No entiendo por qué se las tengo que dar a un desconocido, pero queriendo entender su desconcierto, le comento que estoy con una amiga, a la que no me apetece dejar sola y con la que me lo estoy pasando fenomenal.

Creo que ya me he tomado suficientes molestias en explicarle lo que sucede. Él parece no comprender nada y me coge del brazo para preguntarme de nuevo qué me pasa. Le digo que me deje en paz, y con un movimiento brusco consigo deshacerme de él hasta que me suelta. Bastante enfadada e indignada busco un hueco con mi amiga donde poder bailar lejos de él, pero después de un par de bailes, “alguien” me da una patada en el culo. Primero veo las estrellas y después me doy la vuelta. Evidentemente es él, la pesadilla de mi noche. Lo desconcertante es su actitud prepotente y burlona. No me lo pienso y voy a por él, pero alguien que ha visto lo sucedido y ajeno a los dos se entromete en mi camino, me intenta tranquilizar y habla con él. No sirve de nada, ya que la historia parece seguir haciéndole gracia. Siento impotencia y una rabia tremenda que finalmente se traduce en gritarle cuatro palabras bien dichas. Solo pienso en que si respondo a su agresión, él me puede agredir más. Se ríe en mi cara, parece alegrarse por verme irritada. Un amigo suyo decide llevárselo y me pide disculpas, qué detalle…

Con una rabia inmensa que me recorre todo el cuerpo intento normalizar y terminar bien la noche, pero es ridículo olvidarse cuando todos los tíos que intentan pasar por tu lado te tocan la cintura. ¿Por qué no me puedes tocar el hombro para apartarme y pasar? Evidentemente esto no ayuda a olvidarme de lo anterior y me genera una mala predisposición ante cualquier tío que se acerca. Y aunque sea de broma y con intención de pasar un buen rato, recibe de mi parte una mala mirada. Cuántas personas interesantes me habré perdido por culpa de experiencias previas tan desagradables. Esto es una noche cualquiera, de una chica cualquiera.

Rocío

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El festival de música casi sin mujeres que coloca toallas rosas como apoyo al feminismo

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Imagen de las toallas que publicó en su cuenta de Instagram Rufus T. Firefly

29 grupos y solo uno en el que haya una mujer entre sus integrantes. Es el desolador cartel del SanSan, uno de los eventos que da comienzo a la temporada festivalera española y que este año se celebró los pasados 29, 30 y 31 de marzo en Benicàssim. Además, en sus sesiones de DJ's había dos mujeres entre un total de once: Eme DJ y Rocío Saiz, de Las Chillers.

Precisamente ha sido el único grupo programado que cuenta con una mujer entre sus componentes -Julia Martín Maestro, batería–, el quinteto Rufus T. Firefly, quien ha criticado en redes sociales la medida que ha tomado el SanSan "en apoyo al movimiento feminista": colocar toallas rosas en los camerinos. El grupo de rock alternativo sugirió "más mujeres en los escenarios y menos hostias" al encontrárselas.

Fuentes de la organización han informado a eldiario.es después de la publicación de este artículo de que el rosa se debía a que era el color corporativo del San San: "Todo lo que vino después fue mala comunicación interna, con un cartel inapropiado y que no se correspondía con la visión feminista del festival".

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En una entrevista de trabajo: "¿No tienes nada más que ofrecer que ser guapa y saber usar esa boca tan bonita?”

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Llevo dos meses en el paro, mandando currículum allá donde se me ocurre e intentando ganarme la vida como puedo. Por eso, cuando me llamaron de una empresa con una importante potencia en España –de la que prefiero no dar el nombre- para cubrir un puesto que había quedado vacante, me dio un vuelco el estómago.  

Después de innumerables intentos y entrevistas de trabajo, todavía me sigo poniendo nerviosa ante la persona que me pregunta por mis capacidades, logros y expectativas. Llegué a la sede de la empresa con tiempo suficiente y, aunque la entrevista era a las 13.00, no tardaron en atenderme. 

La persona que me entrevistaría era un chico sorprendentemente joven, de no más de 35 años. Me saludó cordialmente, me estrechó la mano y se interesó si había llegado bien. Ante su inicial simpatía y su juventud, pensé que me entendería y se pondría en mi lugar, que quizá le caería bien. Y puestos a soñar, que podía tener esperanza de que el puesto fuera para mí. 

La entrevista duró cinco minutos de reloj. Nos metimos a una sala y comenzó preguntándome por mis estudios y dónde había trabajado previamente. Tras esto, sacó mi currículum de una carpeta, le echó una ojeada, lo dejó boca abajo encima de la mesa y me dedicó las siguientes palabras: “Bueno, ¿y qué? No te lo voy a hacer yo todo, cielo. Venga, véndete un poquito. ¿O es que no tienes nada más que ofrecer a la empresa que ser guapa y saber usar esa boca tan bonita?”. 

Eso era lo último que me esperaba de una entrevista de trabajo y la mezcla de los nervios y la impresión me dejaron de piedra durante unos segundos. Pero pudo más en mí el descaro y mientras recogía mi bolso y mi abrigo y me levantaba, le contesté que no sabía si mi boca era bonita o fea, pero que ojalá la próxima mujer que entrase en esa sala con él le descolocase la suya a patadas. Y que era un sinvergüenza por ese comentario y por haberme hecho perder el tiempo. 

Después de unas horas pasándolo mal, mirándome al espejo y acordándome de esas palabras, me decidí a contarlo. Mucha gente me animó a denunciarlo y, aunque al principio fui reticente por las pocas garantías, hoy puedo decir que me he puesto en contacto con la empresa para hacerles saber el trato que recibí de uno de sus empleados. Ignoro en qué quedará la cosa. La pregunta que se me viene a la cabeza es qué más hay que hacer – denuncias aparte- para que algunos se enteren de que eso de ir de machito ya no es gracioso, sino insultante. 

Irene

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Cuando eres mujer y cofrade: "Esto es una procesión y no puedes salir con esa falda"

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Cofradía California de Cartagena, integrada solo por mujeres. Foto: Cachi Oms

En enero de 2018, dos hermandades de Semana Santa de El Puerto de Santa María decidieron excluir a las mujeres de sus cuadrillas de costaleros. Una de sus miembros, Maika Anelo, lo lamentó muy expresivamente: "Es como si nos hubieran arrancado un trocito de nosotras mismas". La medida sorprendió porque cada vez es más habitual que estas asociaciones se abran a ser mixtas, de manera espontánea u obligada por los tiempos: en León, dos cofradías pusieron fin en 2017 a una discriminación que se remontaba al siglo XVII. Tuvieron entonces que ceder tras múltiples excusas.

La queja más frecuente entre las mujeres una vez que sí acceden a una cofradía es el bloqueo a ciertos puestos, especialmente a los más altos dentro de la jerarquía interna. Todo el proceso forma parte de una tradición que muchas llevan a cabo desde pequeñas, ya sea por ilusión o motivos familiares. Algunas argumentan que no hay mujeres que aspiren a romper lo que se podría llamar “techo de cristal” debido tanto a la arraigada costumbre masculinizada como al elevado peso material que se tiene que soportar en algunos cargos, como el de costaleras. 

La experiencia de Diana, que ha pertenecido a dos agrupaciones en Melilla, le ha llevado a achacarlo a otras razones más directas: "En mi última cofradía, hasta hace dos años, una mujer no podía ser costalera de trono, porque el cura y el hermano mayor no lo permitían. El motivo era que no querían que se mezclasen con hombres. Según afirmaban, no teníamos la misma fuerza y ellos se despistarían de lo que tenían que hacer".

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Cambiar los cuentos o cómo las historias infantiles reproducen el machismo

Este vídeo es una producción de DMA producciones S.L. para Little Revolutions con la colaboración de Festuc Teatre.

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