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Ser comisaria de exposiciones y que tu criterio cuente menos que el de cualquier hombre que pasa por ahí

Lo que me encontré en el montaje de esta exposición, aunque no era la primera vez que ocurría, es que los instaladores de los vinilos informativos escuchaban la indicación de cualquier hombre en la sala antes que a mí

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Transporte de obras para una exposición EFE

Llevo trabajando como comisaria de exposiciones y vinculada a la gestión cultural desde casi antes de terminar mis estudios en Historia del Arte. La pasión por la creación y los y las artistas me ha llevado a intentar encontrar mi camino a través de escribir sobre exposiciones, entrevistas, visitas a exposiciones, organizar encuentros, y comisariar proyectos. Después de licenciarme ingresé en el Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual que se imparte en el Museo Reina Sofía, a través de la Universidad Complutense. ¿Por qué cuento todo esto? Pues bueno, porque aunque parezca una obviedad, las mujeres tenemos aún que estar justificando de dónde venimos para que se nos tome en serio. No ocurre siempre así, pero tampoco pocas veces.

En el montaje de una exposición importante, en un centro de arte contemporáneo de primera línea y principal en su campo, la comisaria de exposiciones (yo, en este caso) es la que plantea un recorrido conceptual por las obras, intenta dotar al proyecto de un discurso y, entre otras cosas (y para darle sentido a este discurso), sitúa las obras según su criterio. Criterio es la palabra clave aquí, porque lo que me encontré en el montaje de esta exposición (aunque no era la primera vez que ocurría) es que los instaladores de los vinilos informativos (esos que vemos a la entrada de cualquier exposición, donde nos indica el título, fechas, logos de instituciones implicadas, etc.) escuchaban cualquier indicación de cualquier hombre random en la sala sobre dónde colocar los vinilos, antes que a mí, que era quien debía decidir esto. El tira y afloja iba del:

-Yo: "Lo quiero ahí, más alto, a partir de 1,50 m. desde el suelo".

-Ellos: "¿No está alto? Quizá está demasiado separado de la primera obra".

-Yo: "Sí, pero justo es así. El vinilo no habla de esa obra sino de todo el conjunto que hay en esta primera sala, mejor que se distinga y se vea como algo global".

-Ellos (mirando al señor situado a mi lado que se encarga de iluminar): "¿Tú cómo lo ves ahí?"

-Señor que ilumina: "Ehm…bueno…"

-Ellos (mirándole a él): "¿Lo acercamos más?"

Podéis notar que en este momento mi criterio parecía ser irrelevante porque resultaba de mucha más confianza la opinión de un señor random encargado de iluminar las obras (un señor muy majo, por cierto, y que creo que hasta incómodo porque le preguntaran a él).

-Yo: "Se va a poner donde he dicho, a 1,50 m. del suelo y alejado de la obra. Siguiente vinilo, vamos a otra sala"

Esto, que puede parecer una simple anécdota, no es la primera vez que me ocurre (ni será la última, seguro). Recuerdo hace años montando una exposición en Madrid, con la coordinadora de la sala dando indicaciones a los montadores, que querían irse una hora antes de lo previsto y suponía retrasar el montaje. Su tono de voz directo, seco, porque la que decidía era ella. Recuerdo cómo me miró y me guiñó un ojo. Nos conocíamos estos silencios, estos momentos en los que te ignoran como jefa, donde tu criterio es variable si hay algún señor X en la sala al que poder interpelar.

Esto va unido a esa inseguridad natural que nos inculcan desde pequeñas con el "no seas mandona", "es muy gobernanta", "qué carácter tiene la niña", y que en la edad adulta significa tener que dirigir y sentir, en el fondo, que te "estás portando mal", que ese no es tu sitio. Que quizá si lo dijeras con un tono más amable, si fueras "menos agresiva"… Las mujeres tenemos que dirigir sin ser escuchadas y además hacer cura de comportamiento por mala conciencia por dirigir. El machismo, queridas.

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