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Los planes políticos del Papa Francisco

Bergoglio no quiere pasar inadvertido en la escena mundial, sino que pretende convertirse en uno de sus actores principales.

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El papa Francisco reza tendido en el suelo durante la Pasión de Cristo

El papa Francisco reza tendido en el suelo durante la Pasión de Cristo. / Efe

La operación de relaciones públicas que ha montado la Iglesia católica con ocasión del relevo en su jefatura máxima ha sido uno de los fenómenos comunicacionales más importantes de los últimos años. Particularmente en España, pero ni mucho menos sólo en nuestro país. El Vaticano ha hecho una demostración de extraordinaria fuerza mediática. Que continúa. Y que seguramente no sólo pretende borrar la muy mala imagen que ha dejado el papado de Benedicto XVI, sino que también puede estar mostrando las intenciones de Francisco. Es decir, que el Papa Bergoglio no quiere pasar inadvertido en la escena mundial, sino que pretende convertirse en uno de sus actores principales. En definitiva, que quiere hacer política.

Los especialistas dicen que esa vocación es inherente a su condición de jesuita. Que, siguiendo las instrucciones impartidas por su fundador, el español Ignacio de Loyola, los miembros de esa organización religiosa llevan cinco siglos implicándose en la vida política y en los juegos de poder de los países en los que estuvieron presentes. Que, por eso mismo, fueron expulsados de unos cuantos de ellos a lo largo de los siglos.

Y la prensa argentina añade que Bergoglio no ha sido una excepción. Que siempre fue muy activo en ese terreno en su país natal, en el que alcanzó las más altas cotas de poder eclesial. Y que redobló su dedicación a estos asuntos desde que Néstor Kirchner logró la presidencia del país en 2003. El presidente de la Conferencia Episcopal argentina, es decir, Bergoglio, se llegó a convertir, de hecho, en el verdadero jefe de la oposición a Kirchner, -y exactamente de eso le acusó públicamente él mismo hace diez años-, cuando ésta estaba desperdigada en distintos partidos, sin un liderazgo claro. Situación en la que, por cierto, sigue estando.

Más allá de sus polémicas actuaciones durante la época de la dictadura militar (1976-1983) que, aunque siguen sin aclararse, han provocado declaraciones de todo tipo, incluidas las exculpatorias que ha hecho el activista por los derechos humanos y premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, lo que se recuerda es que el hoy Papa siguió enfrentado a los presidentes argentinos prácticamente hasta que el pasado mes de febrero acudió a Roma para participar en el cónclave en que resultaría elegido. Su última batalla contra Cristina Kirchner fue por la legislación que en la parte equipara la unión civil entre dos sexos al matrimonio homosexual. Antes se había opuesto al aborto.

No pocos analistas están convencidos de que Bergoglio no va a abandonar esa actitud porque ahora ocupe la máxima magistratura católica. Es más, creen que no sólo va a mantenerla sino que también va a ampliar el círculo de sus objetivos. Y que lo que se propone, aunque también dicen que no dará muestras de ello hasta pasado un tiempo, es que la Iglesia Católica se convierta en un poder que articuladamente y con criterios precisos contrarreste, hasta donde haga falta, el de los gobiernos de izquierda que dominan la escena política latinoamericana.

El precedente de Juan Pablo II está en la mente de todos ellos. También el Papa Wojtila era el referente indiscutido de su Iglesia nacional, la polaca. También él llevaba años combatiendo una causa política en su tierra –en su caso contra el régimen comunista–. Y luego, cuando le hicieron Papa, no sólo la continuó sino que la amplió a todos los países del que entonces se llamaba el “bloque soviético”, a cuya caída contribuyó de forma protagonista.

Si siguiera el modelo de Wojtila, y sería bastante lógico que así lo hiciera, Francisco habría de concentrar sus primeros esfuerzos en Argentina, aún sin dejar de lado iniciativas en Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y, naturalmente, en Cuba, países todos ellos en los que las poblaciones son mayoritariamente católicas y en algunos de los cuales, particularmente en el último de los citados, la jerarquía episcopal está especialmente movilizada contra los respectivos gobiernos.

Pero la acción política de Juan Pablo II se apoyaba en otra pata fundamental de la que, por el momento, no hay indicio alguno en el caso del Papa Bergoglio: el apoyo del Gobierno estadounidense a su plan anticomunista. Ronald Reagan se entregó con entusiasmo a esa causa, que era también la suya, y lo que ocurrió entonces no se puede entender si no se tiene en cuenta la firme alianza entre el Vaticano y Washington.

Lo que ahora está por ver es si Barack Obama está dispuesto a dar los pasos necesarios para entenderse con el nuevo Papa a fin de presionar conjuntamente, y cada uno con sus medios, a los gobiernos latinoamericanos “díscolos” que cada vez con más fuerza levantan la bandera del antiimperialismo yanqui. Es perfectamente posible que eso ocurra. Para un Obama que ha venido a decir, y ha repetido, que uno de sus objetivos en política exterior es recuperar la influencia que Estados Unidos tuvo en Latinoamérica, la cobertura ideológica y el apoyo de parte de las poblaciones de esos países que le proporcionaría un entendimiento con Francisco puede ser muy importante. Y, viceversa, el sostén del poder norteamericano a su eventual acción, sería fundamental para el Papa.

Habrá que esperar aún un tiempo hasta ver cómo algo de eso se concreta. Mientras tanto, el pasado domingo el “máximo pontífice” denunciaba desde el balcón de la plaza de San Pedro la “codicia” de un cierto tipo de capitalismo y la esclavitud a la que ese sistema somete a millones de seres humanos. En un hombre de trayectoria tan marcadamente conservadora como Bergoglio, esas aparentes aperturas a la izquierda también podrían entenderse  como un preámbulo, seguramente sólo retórico, de una acción más concreta entre los pobres del mundo y, sobre todo, entre los de Latinoamérica.

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