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Las masas son las grandes protagonistas políticas en Egipto, Brasil y Turquía

A pesar de las grandes diferencias que hay entre los procesos de unos y otros países, en todos ellos el hecho determinante ha sido la irrupción en la escena pública de grandes masas de la población que reclaman cambios urgentes y que no parecen estar dispuestas a hacer concesiones

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Vista de los manifestantes en la plaza Tahir de El Cairo

Al menos en estos momentos, uno de los rasgos más destacados de la política europea, y española, es el bajo nivel de la protesta popular. Y ese hecho contrasta vivamente con el papel primordial que la ciudadanía está teniendo en las crisis políticas que en estos días sufren Egipto, Brasil y Turquía. Prácticamente a pelo, es decir, sin grandes organizaciones que la impulsen, y de forma casi espontánea –en todos los casos, Internet es el gran recurso para la movilización-, las masas populares, aunque no sus estratos más extremadamente pobres, son las grandes protagonistas de las convulsiones que están sufriendo esos tres países.

Parece bastante claro que las manifestaciones que en los últimos meses se han sucedido en Portugal –en donde la política de austeridad tiene efectos notablemente más duros que los que se registran en España- es uno de los orígenes de la grave crisis política que ahora sufre el país vecino: pero su incidencia es muy indirecta. El conflicto portugués, aún naciendo de los graves problemas económicos y sociales, se está produciendo entre los partidos que hasta ahora formaban la coalición de centro-derecha. Y a menos que la subida de la prima de riesgo no arramble con todo -el tipo de interés de la deuda a 10 años ha superado en los dos últimos días el 7% y camina hacia el 8- parece que la crisis se dirimirá justamente en el terreno de los partidos, con la eventual dimisión del primer ministro Passos Coelho en el horizonte. (Recordemos, de pasada, que un agravamiento de la situación portuguesa puede afectar seriamente a España, que es el primer exportador en ese mercado y en el que, además, están muy presentes numerosas empresas de nuestro país).

Pero lo que está ocurriendo en Egipto, Brasil y Turquía es sustancialmente distinto. A pesar de las grandes diferencias que hay entre los procesos de unos y otros países, en todos ellos el hecho determinante ha sido la irrupción en la escena pública de grandes masas de la población que reclaman cambios urgentes y que no parecen estar dispuestas a hacer concesiones. En los tres casos, su aparición ha sido casi imprevista y ha cogido por sorpresa al poder político.

En Turquía, la protesta puntual de los defensores de un espacio verde en el centro de Estambul degeneró casi en cuestión de horas en una protesta masiva que se extendió por todo el país y que, muy pronto, a la lucha por la salvación del Parque Gezi, sumó la denuncia de la deriva autoritaria, y cada vez menos moderada en lo religioso, del gobierno islamista de Tayip Erdogan y la exigencia de una política económica y social menos obsesionada por favorecer los intereses financieros y empresariales y que mejorara la suerte de las empobrecidas nuevas clases medias y de la juventud.

En Brasil, partiendo de Sao Paulo, el banderín de enganche inicial fue la protesta contra la subida del precio del transporte público. Pero la demanda de mayores inversiones en sanidad pública, vivienda popular y educación y la denuncia de la corrupción política acompañaron bien pronto a esa reivindicación inicial. Es decir que, al igual que en el caso turco, las exigencias económicas fueron de la mano de las estrictamente políticas, confirmando la madurez del movimiento popular y también la gravedad de los problemas que éste ha puesto encima de la mesa.

En Egipto, dos años después de la primavera de la plaza Tahrir, la gente ha vuelto a la calle –al parecer, en cantidades que doblan las de entonces- contra los excesos del poder político islamista, para pedir la dimisión del presidente Morsi, y para denunciar que las penurias económicas de la población –que fueron una de las causas de la protesta de 2011- no sólo no han desaparecido, sino que han empeorado.

Ninguna de las tres situaciones está, ni mucho menos, aún resuelta. En Turquía, Erdogan ha optado por la política de mano dura, pero sigue teniendo en contra a buena parte de la población, particularmente a la de las enormes urbes del país. La situación puede volver a estallar de un momento a otro y las fuerzas armadas, que aunque aparentemente estén controladas por el gobierno, siguen siendo un bastión del laicismo turco y podrían también decir su palabra en el futuro.

En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff parece querer esforzarse por atender las demandas de los manifestantes. Les ha hecho concesiones muy significativas –obligando a los alcaldes a renunciar a la subida de los precios del transporte, imponiendo un proceso de reforma política y, sobre todo, convocando una consulta popular sobre este asunto- pero sigue chocando con la partitocracia brasileña, entre la cual destaca la de su propia formación, el Partido del Trabajo, que ha limitado gravemente su acción de gobierno en los dos primeros años de su mandato y que es otra de las causas de la ira popular.

Y en Egipto, parece cada vez más difícil un acuerdo entre el gobierno islamista –no precisamente unido- y la multiforme oposición, que cabalga a lomos de la protesta. Y la toma directa del poder por parte de las fuerzas armadas se perfila cada vez más como la salida más probable. Cabe señalar tres cosas al respecto: primera, que los militares mandaban con Mubarak y han seguido mandando con Morsi; segunda, que amplios sectores de la población no desconfían de ellos; tercera, que Estados Unidos, que desde hace décadas ejerce gran influencia entre los mandos militares, no vería con malos ojos esa solución. "El silencio de Washington ante el ultimátum que el jefe de las fuerzas armadas egipcias ha dado a Morsi se puede interpretar como un apoyo" ha dicho nada menos que el Wall Street Journal.

Salgan por donde salgan las cosas, la opinión pública popular sigue movilizada y cualquiera de los actores políticos de la escena egipcia, brasileña y turca, va a tener que contar muy seriamente con ella. Los tres son países decisivos en sus respectivas regiones geopolíticas. Por lo que ese protagonismo de las masas se convierte en un dato relevante de la situación política mundial.

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