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B-Side 2018: un festival con la misma identidad y nueva ubicación

Rufus T. Firefly en B-Side 2018

Fernando Carmona Ruiz

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Nuestra Región tiene curiosamente a sus dos principales festivales de música indie en plena transformación. Si lo que un día fue el SOS 4.8 parece buscar una nueva orientación, el veterano festival B-Side de Molina de Segura ha cambiado de lugar de celebración. Había mucho que mejorar respecto a la edición anterior, que se recuerda con cierta amargura: colas para todo y unos aletargados (y aletargantes) Planetas que ni se inmutaron cuando se cayó parte del escenario encima de ellos.

Hay que reconocerlo: la organización de esta decimocuarta edición del B-Side ha mejorado ostensiblemente. Nueva localización en el Polideportivo El Romeral, mejores servicios, zona VIP amplia (con una piscina que obviamente nadie usó) y unos precios para comer y beber que no resultaban navajazos traicioneros. Tampoco, es verdad, se pusieron a prueba las instalaciones, puesto que nunca vino tan poco público al B-Side como el pasado 8 de septiembre. La lluvia fue una amenaza constante y le jugó una mala pasada al primer grupo. Rufus T. Firefly empezó puntual a las siete y media de la tarde (sic) y no pudo más que tocar cinco canciones de sus álbumes Magnolia y Loto. Antes de que se mascara la tragedia, sonó Final Fantasy. Hay pocos grupos con tantos guiños a la nueva cultura popular y con canciones tan frikis, pero tan hermosas como las de esta banda de rock psicodélico.

Mucha más suerte tuvieron todos los siguientes grupos. Algo les rozó la lluvia a los mallorquines de L.A. Los fans, talluditos, con familias incluidas, disfrutaron de un rock norteamericano noventero a lo Pearl Jam. El público fue entusiasta con temas del principio de la banda, como Crystal clear. El tiempo respetó a L.A., mientras surgían los temas más emblemáticos, tales como Outsider, Close to you

Lo que siguió a continuación en el B-Side fue una muestra de vigoroso rock español: Ángel Stanich y León Benavente son viejos conocidos de ediciones festivaleras anteriores de la Región, pero ahora el segundo acude como cabeza de cartel, mientras el primero lleva una estela similar con temazos desde su Camino ácido de 2014.

Ángel Stanich se metió al público en el bolsillo. Su propuesta es un rock de sello personalísimo, entre lo folk de cantautor bohemio y unas canciones redondas. Animó al público a cantar a coro “Induráin, Induráin, Induráin” antes de que tocara su Le Tour '95 y preguntó por los garitos de Molina entre éxitos redondos como Carbura, Escupe fuego, Hula hula o Señor Tosco.

Antes de medianoche, León Benavente salió a darlo todo como cabeza de cartel. Y lo logró. Lo contrario habría sido una sorpresa. Abraham Boba salió en tromba y se enchufó con el público inmediatamente. Fue el clímax de este B-Side. El indie rock de letras comprometidas, críticas y a veces pesimistas hizo vibrar. Su canción Gloria lo deja claro: De allí salí dispuesto a destruir la mañana, /en busca de gente que me explicara qué pasa en España, / por qué nos corroe la envidia, / a santo de qué tanta fiesta / por qué se intenta evitar todo lo que molesta. Abundaron las canciones de su último disco, 2: California, La ribera, Tipo D y el rap autobiográfico de Habitación 615. La apoteosis final llegó con su Ser brigada y se terminó así con una actuación de diez de esta banda de veteranos.

En la recta final de la noche tocó una jovencísima banda de Vizcaya, Belako. Se empezó con problemas técnicos por la imposibilidad de haber hecho pruebas de sonido por la mañana. Sin lluvia ahora, la banda ofreció un buen sonido con su punk electrónico. Al público no lo dejó indiferente. Se esperaba uno de sus éxitos, Over the Edge, y surgió con una dedicatoria de la cantante a la última víctima de la violencia machista, precisamente asesinada en ese mismo día. La banda tocó casi todos sus temas en inglés y ofreció un concierto de lo mejor de un rock-punk muy prometedor.

La juventud de la banda vasca y lo fresco de su propuesta se acabaron con la veteranía de los murcianos Ross. No hay nada que objetar a los últimos por su pop-rock de gran ejecución y melodía, pero habría sido un magnífico cierre del festival haber acabado con los Rufus T. Firefly. Es de las pocas críticas que se pueden hacer al festival. 'Madrugar' tanto para ver a uno de los grupos más inspirados del momento fue un error. La lluvia que impidió acabar su bolo así pareció simbolizarlo.

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