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REGIÓN DE MURCIA

Ralph Barby, leyenda del pulp: “No existió literatura española de terror hasta que la hicimos los de Bruguera”

Bajo su seudónimo anglosajón, Rafael Barberán escribió mil novelas de vaqueros o ciencia ficción y vendió dieciocho millones de ejemplares

Ralph Barby, leyenda del 'pulp'

Ralph Barby, leyenda del 'pulp'

La peripecia vital y literaria de Ralph Barby (Rafael Barberán, Barcelona, 1939) podría calificarse de hazaña épica. Animado por su mujer, Àngels Gimeno, a ganarse la vida como escritor, eligió el camino de la literatura popular, desentendiéndose de la solemne. Como tantos otros autores, tuvo que esconderse tras un nombre anglosajón, más atractivo para un público acostumbrado a pensar que lo que venía de fuera era siempre mejor. En un tiempo en que en España la palabra pulp no le decía nada a nadie y simplemente se hablaba de bolsilibros, escribió mayoritariamente para la editorial Bruguera la titánica cifra de mil novelas de las que se vendieron dieciocho millones de ejemplares en los kioscos.

En la producción de Ralph Barby caben todos los géneros: la ciencia ficción, el oeste, policíaca, bélica… Incluso artes marciales. Pero el reconocimiento actual le viene sobre todo por los miles de páginas que consagró al terror, género en el que fue pionero en España. Esta es sin duda la vertiente de su trabajo hoy más alabada. La efectividad, energía y singularidad de su trabajo se han conjugado con el tesón del propio Barberán para dar a conocer esta parte de su obra a los nuevos aficionados. El terror suma sólo una décima parte de lo escrito por Ralph Barby… Pero pensemos que eso significa la friolera de más de cien libros.

Algunas de sus obras han sido publicadas en los últimos años en Estados Unidos. Y suyo es el único relato de terror incluido en la antología que la Universidad Lincoln-Nebraska consagró al cuento español, acompañando a nombres como Cela, Rosa Regás o Caballero Bonald.

En esta entrevista, esta leyenda del pulp español repasa su larga aventura en un universo editorial, el de la novela de kiosco, que en sus tiempos dorados movió millones de ejemplares y que es clave en el auge que los géneros viven hoy en nuestro país. Además, el veterano escritor analiza sin tapujos el mundo editorial actual.

Pero Ralph Barby, a sus 76 años, no se acomoda en su estatus de mito: Su última novela, La baronesa, una historia vampírica de seiscientas páginas, es también la más ambiciosa de las que ha escrito.

Tengo algún libro suyo.

Seguro que si me dices el título, ni me acuerdo de lo que tiene dentro.

Se titula Un minuto en la cuarta dimensión.

¿Lo ves? No lo sé.

Normal, con más de mil novelas escritas. Necesitará usted una casa entera sólo para guardarlas.

Pues sí, las tengo todas en el desván. Yo creo que, de noche, mientras dormimos, todos los personajes salen de las páginas y se ponen a dar vueltas por ahí, a caballo o en nave espacial. La primera piedra de nuestra casa es una botella de cristal con varias novelas mías dentro. Porque nosotros hemos vivido de esto.

Usted nació pocos días después del fin de la Guerra Civil, con su padre, soldado republicano, exiliado. Un comienzo duro para un niño.

Sí, pero entonces no me enteraba. Los niños creen que lo que viven, su posición social, en el mundo, es lo normal. Pero luego te haces mayor, analizas tu niñez y te das cuenta de la miseria en que creciste. Vivíamos seis metidos en una buhardilla de 34 metros. En verano aquello era un horno y en invierno recuerdo haber estado escribiendo a máquina a dos grados. Yo pensaba que vivir como vivíamos era lo natural. Pero si hoy viese a alguien meter a un niño en los lugares donde me metieron a mí, llevaría a esa persona a la cárcel. Nadie sabe lo difíciles que fueron aquellos primeros años cuarenta. Yo me alimenté con la leche de una vaca triste, encerrada, que nunca vio el sol.

Un niño pobre, pero aplicado.

Yo sacaba buenas notas en los Salesianos, sí. Y hasta fui monaguillo. Pero aquella inmersión tan salvaje en el catolicismo que nos hicieron, aquello de que un chiquillo de nueve años tuviese que ir todos los días a misa a las ocho de la mañana, fue tan bestia que me acabé pasando al extremo opuesto.

¿Sabía entonces que algún día sería escritor?

No tenía ni idea. Lo que pasó fue que, de pequeño, como tenía hemorragias nasales, no podía bajar a la calle a jugar a fútbol como los demás chiquillos, no fuera a darme un golpe. Así que me acostumbré a jugar solo. Y eso marca. Esto hoy en día no ves a ningún niño que le pase. Era la miseria de aquel tiempo. Me recuperé años después, cuando me hice boy scout y empecé a salir a la montaña.

Entonces, ¿cómo entró la literatura en su vida?

Vivir en Barcelona tenía sus ventajas. Mi colegio no estaba lejos del mercado de San Antonio que, los domingos por la mañana, era una orgía de venta de libros de segunda mano. Yo, a los doce años, iba allí con tebeos, cromos, lo que fuere, y los vendía o los cambiaba. Y volvía a casa con historietas nuevas y con un poco de dinero.

Tenía madera para los negocios.

Siempre he sido muy buen negociante, sí. Y ya entonces empezaba a ser un poco “fenicio”. Pues bueno, en esa época descubrí los bolsilibros, que me abdujeron por completo. Me recuerdo caminando por el medio de la calle, leyendo, a riesgo de ser atropellado por un coche. También me gustaban unos libros pequeños que se llamaban “pulga” y que hablaban de grandes personajes de la historia. Luego fui saltando a otras cosas, iba a las bibliotecas, leía todo lo que en la época se podía leer, que era en castellano -porque el catalán estaba prohibido-, y controlado. Lo curioso es que, una vez dejé atrás los bolsilibros, ya nunca volví a leerlos. Ni siquiera los míos. Porque al hacerme más mayor me engancharon otros autores. Aprendí cosas que en el futuro me serían útiles: a llevar un diálogo, que para mí es clave en la narración; a escribir con aparente sencillez…

Se iba fraguando el futuro novelista.

Yo lo que quería en aquella época era ser químico. Una vez iba por la calle de la mano de mi padre y le dije: “Papá, quiero ser químico”. Y él me contestó: “Lo siento, pero eso es para personas más importantes”. Y ya me cortó.

¿Se conformó usted?

No. A los catorce años, sin dejar de estudiar, empecé a trabajar haciendo las planchas de zinc de TBO. En medio de una contaminación que hoy en día estaría prohibida, con ácido nítrico, polvos y ácidos, me tenían allí metido hasta doce horas diarias, a un chiquillo. Un trabajo muy tóxico, muy perjudicial. Eso sí, avanzado el tiempo, aprendí a hacer el huecograbado de las páginas, que en cada plancha iban cuatro. A mí me tocaba poner la tinta. Y me gustaban más los personajes de Benejam que los de Coll, porque Benejam los hacía gorditos y era fácil pasarles el pincel con las tintas de protección contra los ácidos. Pero los de Coll, al ser muy delgaditos, me daban mucho trabajo, sobre todo las piernecillas.

¿Y con doce horas de trabajo diario, aún sacaba usted tiempo para estudiar?

Trabajaba por el día y de noche estudiaba, sí. Aquellos fueron lo que yo llamo mis años de aprendiz de brujo. Fui pasando por varios empleos. En uno, para protegerme de los gases tóxicos, tenía que ponerme una máscara antigás alemana comprada en los Encantes Viejos. Luego entré en la Sherwin Williams, una multinacional americana de pinturas. Aquello sí era otro mundo: eficientes, con unos laboratorios increíbles. En plenos años cincuenta, cuando en España ni se sabía lo que era una calculadora, yo tenía allí una Friden eléctrica. Por fin, después de cuatro años, me diplomé en Química. Pero entonces tuve que ir a la mili.

La mili… ¿Qué le supuso esa experiencia?

Fue horrible. Todo lo militar me echa para atrás. Yo soy un librepensador. No me gusta que me ordenen sin justicia. Y el ejército en aquella época era una cosa muy bestia. Me mandaron de artillero a Ceuta. Para mí esa es una ciudad maldita. El primer tropiezo ya lo tuve nada más llegar. Cruzamos el Estrecho de madrugada y en mitad de una tormenta, con las vomitonas de los reclutas por toda la cubierta del barco. En Ceuta nos hicieron formar bajo la lluvia. Los oficiales nos soltaron un discursito y se fueron corriendo. Luego nos metieron en un sitio donde las duchas ni iban. Entonces yo dije que aquello estaba mal organizado… y ahí empezaron mis problemas.

¿Influyó esta vivencia tan oscura en su manera de escribir?

Si te fijas, mis personajes nunca son militares ni, en las novelas del oeste, llevan la estrella. Me gustan los seres libres, que se crecen ante el destino. Tampoco me gustan los Supermanes ni los Spidermans. Prefiero la gente normal.

Hablando del destino, a su regreso a Barcelona éste le recompensó: Conoció a Àngels Gimeno, la que se convertiría en su esposa y colaboradora de toda una vida.

Ella es eso que dices y mucho más. Formamos un buen equipo. Al volver de Melilla, yo, que tendría veintiún años, empecé a frecuentar los bailes. En aquella época, por ser Barcelona una ciudad más abierta a lo que venía de fuera, éstos eran distintos a los que se hacían en Madrid o en otras ciudades españolas. Àngels y yo nos conocimos en el del Club de Ajedrez. Ella era jovencísima, tanto que quizá fue un abuso por mi parte. Pero el caso es que me abdujo por completo. Además era una chica muy inteligente y se dio cuenta enseguida de que yo era un rollista. Me dijo: “Tú puedes ser escritor”. Yo le dije que no sabía ni escribir a máquina y ella contestó: “Pues yo te enseño. Vas a hacer todos los ejercicios”. Y vaya si me los hizo hacer. Y mi mente se puso a trabajar. Y así empezó todo.

Como ha dicho, Àngels Gimeno es más que una colaboradora. ¿Cómo era su sistema de trabajo?

Yo escribía las novelas y Àngels hacía impagables correcciones. También íbamos a bibliotecas para documentarnos sobre, por ejemplo, las calles de Nueva York o el desierto de Arizona, porque, aunque mis libros se desarrollaban en esos lugares, jamás habíamos estado allí. Lo mío era enfrentarme a los personajes, a la historia. Luego Àngels tiene sus propios libros, que son estupendos.

¿Cuánto tiempo podía llevarle escribir una de esas novelas?

Unos diez días.

Se pasaría usted el día tecleando.

Escribía por la tarde, hasta la noche. Ese era el tiempo estrictamente de máquina, que es importante. Pero más importante aún es el que dedicas a pensar. Que la gente te ve tumbado en el sofá y dice: “Este tío es un vago”. Y no: Este hombre es escritor y está pensando. Mi máxima es: Escribe deprisa y corrige despacio. Vuelca tu historia sin saber prácticamente qué es lo que estás poniendo en el papel. Luego ya se corregirá todo lo que haga falta y se modelarán las frases tanto como se necesite.

Elegir el camino del escritor en aquellos tiempos debió de ser muy difícil.

Sí, sí. Muy bestia. Pero se intentó, se persistió y, como decía Cela, el que resiste gana.

Nos rechazaron veinte originales pero decidimos aguantar, porque al final siempre llega el momento en que alguien se acuerda de ti

¿Cuántos originales les rechazaron?

Veinte. Uno detrás de otro. Con un disgusto enorme por parte de Àngels y mío. Empecé escribiendo novelas policíacas y no me las aceptaron. Probé entonces con novelas del oeste, pero tampoco funcionó, al menos al principio. Así que la gente que no se crea que hacer un bolsilibro era llegar y que te cogieran, no. De eso nada. Había que hacerlo bien. Y hacerse un nombre. Me devolvieron muchos originales muy trabajados por Àngels y por mí, en situaciones muy difíciles, con mucha dureza. Pero luego, cuando por fin logramos meternos en el rollo, todas esas novelas que primero nadie quería fueron publicadas.

¿No estuvieron tentados de tirar la toalla?

Llegamos a ese punto, sí. Pero no lo hicimos y decidimos aguantar. Porque al final siempre llega el momento en que alguien se acuerda de ti. De mí se acordó un autor que iba a abrir una editorial en Madrid. Con él publiqué mis primeras novelas del oeste. Y a partir de ahí se fueron abrieron las demás editoriales. Nadie quiere ser el primero.

¿Cómo fue el paso de Rafael Barberán a Ralph Barby?

En aquella época la industria te lo exigía. A mí me lo dijo la editorial: Que tenía que ponerme un seudónimo anglosajón. Y lo más fácil era convertir Rafael en Ralph y Barberán en Barby, que ya me llamaban así en los tiempos de la Sherwin Williams. Pero te digo una cosa: No me considero inferior a nadie porque sea americano o inglés. Escribe bien el que puede, extranjero o no. Y se acabó. Yo soy, al final, Ralph Barby. Y así sigo firmando mis libros y así figura en los premios y placas que me han dado. Hasta lo utilizo para Facebook. Pero, si tuviese que empezar a escribir ahora, no me pondría un nombre anglosajón… porque no.

¿Esos nombres anglosajones eran más atractivos para el lector que un García o un Fernández?

Yo creo que los primeros que nos hubieran pedido nombres anglosajones a los que hacíamos novela negra, de vaqueros, de terror o de ciencia ficción hubieran sido los propios lectores. Porque vivíamos en un mundo de miseria y había ganas de evadirse. La gente creía que lo que venía de fuera era más fresco, mejor. Deseaban que fuésemos extranjeros. De hecho, muchos estaban convencidos de que éramos americanos. ¡Del Eixample que somos Àngels y yo!

¿No les frustraba a los escritores de bolsilibros el tener que esconder su verdadera identidad, el no aparecer como realmente se llamaban en las portadas de sus novelas?

Yo no tenía ningún problema.

Y tendrían que lidiar también con la censura.

Sí, pero aprendimos a escribir entre líneas. A decir ciertas cosas con metáforas o con ironías.

En un artículo, su mujer dice de usted: “Las obras de Ralph Barby tienen un fondo social, humano y ético que otras con más pretensiones quizá no contienen”.

Es que a mí siempre me interesó lo social. En mis libros, si se sabe mirar, hay una crítica. Hace décadas que escribí sobre temas que hoy están demasiado en boga. La sociedad se ha deteriorado mucho. En el momento en que derribaron el muro de Berlín la cagaron, porque el mundo capitalista se hizo dueño de todo. Antes, por miedo a lo del otro lado, se cortaban un poco. Pero ahora, como el capitalismo ya no tiene a quién temer, no se contienen y todo el monte es orégano. Y el que antes cobraba mil euros, pues ahora quinientos. Y como la gente ya no tiene cojones, pues se aprovechan.

Durante más de veinte años trabajó usted en exclusiva para la editorial Bruguera. ¿Cómo fue esta aventura?

Entré en Bruguera después de pasar por Ferma y Toray. Entonces empezaba lo del porcentaje de los derechos de autor, que primero fue el 4% y luego el 5% por cada ejemplar. Pero no por ejemplar vendido, sino por tirada. O sea que, si se tiraban 19.000 ejemplares, el 5% del precio de venta al público ya se me pagaba entero al mes siguiente. Era un sistema que no puede compararse al actual. Vamos, los editores de ahora han hecho buenos a aquellos. Hoy todo es mucho más desventajoso para el escritor. Nosotros no teníamos que implicarnos en la venta, en la promoción, ni nada de eso. No sabíamos por dónde iban los libros, pero al menos cobrábamos.

¿Cuántos autores eran ustedes en Bruguera?

Llegamos a ser unos setenta. En aquel entonces Bruguera tenía dos mil empleados. Los escritores, como compañeros que éramos, nos tratábamos y con algunos tuve amistad. Allí dentro había de todo: desde antiguos represaliados, hasta excarceleros franquistas que llevaban la foto de Franco en la cartera. Pese a eso, nos llevábamos bastante bien en general. Cada uno escribía lo suyo y no se metía en lo del otro. A lo mejor nos encontrábamos en el momento de ir a cobrar a taquilla y nos tomábamos una cerveza. Nada más.

¿No hacían ustedes vida literaria?

Nada. Cada uno en su casa. Un escritor ha de estar en su despacho y se ha acabado. Estas historietas de ahora de reunirse tanto son burbujas que sirven para venderse los libros entre ellos. Eso en nuestra época era impensable. Escribías la novela del tirón, te olvidabas y, cuando te daban el paquete con los ejemplares editados, como mucho, decías: “¡Ah! Mira qué portada han puesto”. Lo guardabas y fin. A por la siguiente.

¿Ha cambiado mucho el mundo editorial desde entonces?

Ahora hay más escritores que lectores.

En 1970, Bruguera decide lanzar las colecciones Terror y Selección Terror Extra. El género había empezado a atraer al gran público a través del cine y de fenómenos como las Historias para no dormir, de Chicho Ibáñez, pero, dejando de lado algún intento aislado, nadie antes había escrito terror en español. Y de repente, ustedes, y sobre todo usted, empezaron a producirlo a toda máquina. ¿Cómo fue aquel momento germinal?

Lo propuso Bruguera, que era un gran vendedor, con mucha vista, en una reunión en la que estábamos cuatro o cinco de los autores principales de la editorial. Nada más oír la idea, yo me lancé de cabeza. Me puse a trabajar y en mi mente no hubo problema. A los pocos días ya tenía escrita mi primera novela de terror. Y se publicó rápido, sin publicidad alguna.

Y aquello se fue convirtiendo en un fenómeno con millones de ejemplares vendidos. ¿Cómo empezó?

No se sabe. Con chicos que se encontraron los libros en el kiosco, y se fue corriendo la voz.

¿Imaginaban ustedes que podía existir semejante demanda?

Es que demanda no había: La creamos nosotros. Cierto que el terror tenía mucho éxito en el cine, y que estaban los grandes maestros como Poe. También empezaba entonces Stephen King. Pero literatura de terror española no existía. Nosotros la hicimos.

Aunque su principal producción es la ciencia ficción, usted se abocó al terror con especial ahínco y escribió más de cien novelas macabras. ¿Se considera autor de este género antes que de otros?

Yo no me identifico con un género concreto. Puedo saltar de uno a otro sin problema. Lo que pasa es que con el terror sí que había que esforzarse más. Exige una sinceridad especial. Abrir el subconsciente y rebuscar en lo más hondo. Entonces las historias salen solas. Yo las empezaba y no sabía cómo iban a acabar. Cuando me pongo a escribir, no paro.

Así que frente a novelas suyas más artesanas, más, si me permite la expresión, hechas en serie, usted, en el terror, se daba más al lector.

Algo así. El escritor de terror es como un mago. Un mago que tiene un don. Pero ese don que maravilla a los espectadores no aparece siempre, sino sólo cuando quiere. Entonces, esos espacios en los que la magia verdadera no se presenta hay que llenarlos con trucos, con trabajo artesanal, que la gente los aplaude porque hay un esfuerzo. Pero la clave es el don: Esa cosa que tienes dentro y que ni tú mismo dominas.

¿Y era la urgencia del bolsilibro compatible con ese esfuerzo extra que le requería el terror?

Es que el bolsilibro era para mí la manera de publicar novelas que eran más que bolsilibros. Por eso muchas de ellas se han reeditado después con ediciones mucho mejores. A la hora de escribir terror, yo opté por alejarme de lo gore y buscar más lo fantástico, lo demoníaco. Y es un trabajo duro, agotador. Todas aquellas historias que escribía las olvidaba en cuanto arrancaba la hoja de la máquina y se la daba a Àngels. ¿Tú crees que podía vivir yo con tanto demonio, con tanto muerto, constantemente en mi cabeza? No, no. Sería horrible.

¿Cómo les veía el mundo de la cultura a ustedes, los autores de bolsilibros?

Éramos la mierda. Y nos daba lo mismo. Yo me reía. A más de uno le dije: “¿Tú crees que podrías escribir novelas al ritmo que las escribo yo? Inténtalo a ver si lo consigues”. Despreciaban nuestras novelas cortas, ya fueran de Estefanía, de Corín Tellado, de Silver Kane o de Ralph Barby. En un bolsilibro caben muchas cosas. Y la gente no lo entendía y muchos siguen sin entenderlo. Cuando escribo una novela de vaqueros, por ejemplo, muchos creen que son todo tiros. Pero dentro hay una filosofía. Una manera de ver el mundo. La clave es la aparente sencillez.

¿Se hablaba en aquella época de pulp, esa palabra ahora tan de moda?

En el mundo anglosajón sí, claro. Pero aquí no. De todos modos, la palabra es lo de menos. Lo que importa es que se trata de la misma manera de escribir que en el pasado cultivaron Alejandro Dumas, Dickens, Julio Verne, Stevenson, Conan Doyle, Agatha Christie o Galdós.

Hubo en los ochenta un momento en que la fórmula del bolsilibro dejó de funcionar.

Seguía funcionando, lo que pasa es que con los nuevos medios, la televisión sobre todo, ya no era lo mismo. Pero Bruguera no cayó por eso, sino por mala gestión. Quiso ser demasiado grande y asumió deudas que no pudo pagar. Entonces se hundió.

Dejando a un montón de escritores con un futuro incierto.

Tuvimos unos cuantos problemas, sí. Nos juntamos un grupo de autores para ver si nos pagaban lo que se nos debía. Y pudimos reivindicarnos bastante. En ese momento yo era el portavoz ante la cúpula de la editorial. Menos mal que Àngels y yo hemos sabido gestionar nuestras cosas, porque, si no, ahora no estaríamos viviendo tranquilamente. Otros, por desgracia, no se gestionaron bien y han muerto fatal.

No se rindió usted ante la caída de Bruguera. A mediados de los ochenta fundó con su esposa Ediciones Olimpic.

Àngels y yo dijimos: “Nuestras novelas valen”. Fuimos a La Caixa, puse los libros sobre la mesa y dije: “Quiero un préstamo para esto”. Y nos lo dieron. Arriesgamos mucho dinero para poner en marcha nuestra pequeña editorial, que ha durado más de veinte años. Publicamos tiradas del oeste y de terror, que son las que mejor se vendían. Ahora la tenemos en standby.

En las más de dos décadas que estuvo usted en Bruguera, ¿le llegó algún tipo de reconocimiento?

No.

¿Ni siquiera cartas de lectores?

Eso lo teníamos cortado. A mí, en todo ese tiempo, sólo me llegaron dos cartas. Y abiertas. Otro colega muy, muy importante me dijo que a él jamás le había llegado ninguna. Así que parece que la editorial escondía la correspondencia porque no querían que nos pusiéramos en contacto con los lectores. Estábamos totalmente indefensos en ese aspecto.

Y en aquella época, mientras sus libros se reeditaban y se vendían a millones, ¿no tenía usted percepción alguna del alcance de su éxito?

Nada.

Pues vaya. ¿Cambió eso en algún momento?

Muchos años después, con internet. Fue un alud. De pronto empezaron a llegarme mensajes de gente que había leído mis libros. Personas que se engancharon a la lectura o a la escritura con ellos. Chavales que en los setenta y ochenta habían ido corriendo cada semana a comprar mis novelas y que ahora son profesores, filólogos, periodistas… escritores de terror. Yo, en aquella época, no me enteraba de nada de eso. Estaba encerrado en mi despacho, escribiendo.

Luego llegarían los homenajes en Sitges y en el Celsius 232 de Avilés. También fue nombrado socio de honor de Nocte, la asociación española de escritores de terror.

Es que a lo mejor el tipo de terror que escribí yo no es el que se hace ahora, pero la génesis del “Boom” del género en literatura empezó con nosotros, los de Bruguera. Con Terror y Selección Terror Extra. En cualquier caso, lo que yo hice, mis cien novelas en esas colecciones o ya fuera del bolsilibro, ahí quedan.

Pero usted no se conforma con ser una leyenda: Sigue en activo. De hecho, su última novela, La baronesa, es también la más ambiciosa.

Así es. Se trata de una historia vampírica de seiscientas páginas en dos partes. Ya se publicó la primera. Ahora queda la segunda. Y, aunque quiero muchísimo a mis otros libros, este es al que le he puesto más interés, porque creo que es el que va a permanecer. Por eso el prólogo se lo dedico a mi mujer, a mi compi, que me cogió de la mano y me trajo hasta aquí. Àngels y yo hemos vivido siempre juntos, con los despachos muy cerca, casi molestándonos uno al otro, aunque hace ya muchos años que cada cual tiene el suyo. Construimos esta casa con lo que nos dieron los libros. Y seguimos escribiendo. No con el ímpetu de antes, claro, cuando el editor nos pedía más novelas y yo tenía que decirle que no, que reeditara alguna antigua. Porque nosotros también tenemos derecho a vivir y podía apetecernos dejar la máquina de escribir un rato, coger el coche e irnos al campo a comernos una tortilla bajo un pino. Ahora el pino lo tenemos en casa. Pero toda nuestra vida ha sido así, y se acabará así.

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