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Román Piña Valls, escritor: “Los jóvenes están saturados de conocimientos técnicos, por eso les atrae el pasado”

“El arqueólogo” es una novela sobre el traspaso generacional de la cultura y sobre las ironías del destino

Román Piña Valls, escritor: “Los jóvenes están saturados de conocimientos técnicos, por eso les atrae el pasado”

Román Piña Valls, escritor: “Los jóvenes están saturados de conocimientos técnicos, por eso les atrae el pasado” Alejandro Maestro

“El Arqueólogo” (Ediciones del Viento) es la nueva novela de Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966). En ella nos introduce en la vida íntima de Claudio Bersani, un carismático arqueólogo septuagenario, al que vamos descubriendo entre escenas familiares y referencias a la cultura clásica. Pero este retrato de la cotidianidad nos habla también del traspaso de la cultura entre generaciones y de las imprevistas ironías del destino. Román Piña Valls es, además de escritor, profesor de lenguas clásicas en enseñanza secundaria, editor y columnista.

“El arqueólogo” es una novela muy de personaje. ¿De dónde surge Claudio Bersani?

Es un personaje real. Sólo le he cambiado el nombre. Hace diez años que lo conocí en Cicciano, el pueblo de Nápoles que aparece en la novela. Este señor me pareció tan curioso, tan peculiar, que pensé que merecía ser conocido. Me fue fácil convertirlo en personaje: Sólo tuve que levantar acta notarial de lo que veía, porque estuve viviendo con esta familia unas semanas. Luego aporté algo inventado, pero con la regla de que lo inventado fuera siempre menos raro que lo que estaba viendo en la propia realidad.

¿Sabe que lo has convertido en novela?

Sí, y le parece bien. Tuve su permiso, le enseñé borradores. Se rió mucho y se vio en parte satirizado y en parte muy querido.

Hace una década que lo conociste.¿La novela la has escrito ahora o la has ido trabajando a lo largo de todo este tiempo?

Lleva diez años gestándose, cociéndose, porque, aunque no es muy larga, me sentía inseguro. Por eso he buscado otra editorial para publicarla: Eso significa que un editor tiene fe en ella. A mí me parecía novelesco todo lo que cuento, dentro de que hay mucha cotidianidad. Creo que ese mundo familiar, íntimo, esas historias, son dignas de ser contadas. Pero tenía el temor de que el lector no lo viese así.

La novela parece una celebración de la normalidad de la vida, pero en las últimas páginas un giro que no revelamos le cambia el sentido.

La verdad es que no había pensado en eso. Para mí la novela se justifica por la ironía del destino de un personaje que, pese a todo el encanto que pueda tener, desprecia la literatura. Sin embargo, al final se estrella contra su poder. Habiéndose considerado toda la vida un triunfador, no saborea el verdadero triunfo hasta que se lo da la literatura, ya en la vejez. Para mí la idea central del libro es esa contradicción.

Contar la historia de un septuagenario cuando a la gente sólo parece interesarle la juventud y la belleza es casi una provocación.

El hecho de que la novela gire en torno a una persona que representa las humanidades ya es una provocación en sí. En el libro hay una reivindicación de la historia, de la cultura clásica, la mitología grecorromana… Por otra parte, aparecen muchos niños, en especial los nietos de Claudio Bersani, lo que quiere ser un canto al traspaso de la tradición.

Precisamente tú, como profesor de griego, trabajas en ese traspaso. ¿Percibes en tus alumnos, en los jóvenes en general, atracción por la cultura clásica, por el pasado?

Yo creo que sí. El pasado tiene siempre un gran poder de atracción. Como el valor de las asignaturas puramente humanísticas es cada vez más residual, les resulta exótico. Tienen saturación de conocimientos técnicos, puramente utilitaristas, y eso reviste el pasado, por oposición, de una magia especial.

Tu personaje lamenta que la exposición pública que implica su trabajo le acarree inevitables enemistades. No comprende que otros se puedan sentir dañados por él. ¿Es una sensación con la que, como columnista y escritor, te hayas identificado alguna vez?

Sí, alguna vez. Pero esto es así. La piel de los lectores es difícil de calibrar. Entonces, sin habérsete ocurrido que puedas estar hiriendo a alguien, lo haces. Luego está la amplificación que ponen tan a mano las redes sociales. De tú a tú es más difícil que surja conflicto, pero entonces tercian otros que hacen de altavoz, manipulan la literalidad de lo que has escrito… y tiene lugar el linchamiento que ya conocemos.

Es algo que tú mismo experimentaste, con mención en El Intermedio incluida.

Más que El Intermedio, la cosa fue el conjunto de gente que se formó en las redes. La mención que hizo de mí El Gran Wyoming fue puntual. De hecho, lo mío quedó reducido a algo muy risible en comparación con otros linchamientos que vinieron después.

Volviendo a “El arqueólogo”, en un momento de la novela su hijo le propone que escriba una trama de espías y él replica: “Yo no puedo hacer un best-seller. ¿Es algo que compartes con tu personaje?

Sí, porque ni puedo ni quiero. Tampoco es que exista una fórmula segura para conseguir un best-seller. Hasta cierto punto se puede diseñar, pero incluso en el caso de que tuviera acceso a ese diseño, no me haría mucha ilusión.

¿Y como editor?

Jamás se me ha ocurrido. Mis aspiraciones como editor de best-seller serían mil ejemplares (ríe).

Sigo con tu experiencia como editor (Román dirige la editorial Sloper): Independiente y afincado en Mallorca, debe de ser difícil abrir camino a tus libros.

A mí me parece muy duro, sinceramente. Es complicado establecer contactos, conseguir la confianza de la gente que te puede echar una mano a nivel de librerías, promoción… Si no hay más editores es porque es una dedicación económicamente suicida. Pero también ves que se puede sobrevivir, que es viable.

Hablando de dedicaciones suicidas, de 1995 a 2016 dirigiste la revista literaria La Bolsa de Pipas.

Me parece un milagro que existiera, y tanto tiempo. La Bolsa de Pipas fue la alegría y la incontinencia de sacar a la calle el talento de los demás, de mostrar lo que hacían otros y que nos parecía bueno. Ejercer de altavoz positivo de una literatura que considerábamos digna de ser conocida, darle visibilidad.

Abres tu libro con una cita de Ramiro Pinilla en que elogia el aburrimiento como modo de dar realismo a la literatura. Muy atrevido.

Es muy suicida por mi parte poner un pórtico a la novela en que hago una defensa del aburrimiento. No era mi intención escribir algo aburrido, sino seguir el modelo de Ramiro Pinilla en “Verdes valles, colinas rojas”: Este planteamiento de escenas largas, con diálogos muy reales, explicativos, aunque también es cierto que en mi novela hay alguna salpicadura de suspense. Esa cita de Ramiro Pinilla no se puede cotejar ni encontrar: Pertenece a una entrevista que le hice, y ese fragmento nunca se publicó.

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