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Salvador Sobral: quieto espíritu rebelde

El cantante portugués escapa por la tangente de cualquier tópico eurovisivo en La Mar de Músicas de Cartagena

Esta manera de vivir la música, ese suavemente no dejarse dominar, se percibió anoche a cada momento del concierto que Sobral (Lisboa, 1989) ofreció en el auditorio Parque Torres

Salvador Sobral en La Mar de Músicas

Salvador Sobral en La Mar de Músicas

A la fama como causa y no como efecto, gran Dorado de nuestro tiempo, le tiene declarada la guerra Salvador Sobral: renegó de su participación en Idols -el OT portugués- para venir a España a estudiar música y cantar jazz en garitos y restaurantes. Conquistó Eurovisión con la bellísima “Amar pelos dois”, compuesta por su hermana y, pese la popularidad sobrevenida, evitó la tentación de dejarse arrastrar a una industria musical ya lista para devorarlo. Esta manera de vivir la música, ese suavemente no dejarse dominar, se percibió anoche a cada momento del concierto que Sobral (Lisboa, 1989) ofreció en el auditorio Parque Torres, en La Mar de Músicas de Cartagena.

“Esta noche vamos a hacer un montón de cosas divertidas y otras aburridas”, dijo antes de adentrarse en el show, “pero, por favor, no se duerman”.

Acompañado por una desnuda pero virtuosa banda (piano, batería y contrabajo, todos con momentos brillantes) desgranó su LP “Excuse Me” (2016) y algunos temas más. Cantó en cuatro idiomas y no le faltó humor: “Esta canción es un poema lindísimo, espero que lo entiendan. Y si no, que hubieran estudiado”, dijo antes de acometer “Loucura”.

Entre canción y canción, tuvo tiempo de parodiar el reggaeton y el trap, o de recordar sus tiempos de erasmus en España.

Salvador Sobral en La Mar de Músicas

Salvador Sobral en La Mar de Músicas

El haberse fogueado en bares y pequeñas salas le da un toque inequívoco a su show. Se nota en la desenvoltura, desenfado y casi intimidad con que se dirige al público: “Hay muchas canciones sobre la traición amorosa, pero siempre se cuentan del lado de la persona a la que ponen los cuernos… Claro, el otro está demasiado ocupada follando”.

Sobral recorrió su repertorio con delicadeza y entrega, sin ningún tipo de efectismo más allá de su afición a jugar con su voz hasta lo estrambótico: hubo falsetes, risotadas, ruidos, gritos, cabezas metidas en el piano… “Y ustedes estarán pensando: ¿Para esto he pagado yo?”, bromeó en un momento.

Cualquier mínimo detalle le sirvió tanto a él como a su banda para hacer música: desde un chasquido de dedos hasta golpes en el pecho (parece haberse recuperado muy bien del trasplante de corazón más famoso que se recuerda). En “Something Real”, a falta de trompeta, la hizo él mismo con labios apretados y haciendo pabellón con las manos.

Cuando sonaron los primeros acordes de la canción que todos estaban esperando, “Amar pelos dois”, ironizó: “Esto me suena, ¿de quién era? ¿de Enrique Iglesias?”.

Además de hacer reír al público, tuvo el no escaso mérito de hacerlo cantar en portugués.

Hubo otros momentos álgidos, como las bellísimas “Cerca del mar” y “Nem meu”, o el bolero “Ay amor” del cubano Bola de Nieve. En ellas brilló la destreza de su mínima banda, tan comprometida como él en la reducción de cada tema a lo más esencial: “Aplaudan a mis colegas. Los músicos viven de los aplausos, ya que dinero no hay”.

En resumen, un concierto profundamente honesto, con dos bises, y  en el que el cantante disfrutó e hizo disfrutar. A Sobral parece perseguirle el aura de estrella; atrae la curiosidad. Sin embargo logró sobre el escenario el que parece su objetivo: que su música, y no él, sea la protagonista.

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