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Somos hombres, pero no somos así

4.500 personas gritaron en Zamora "ni una más" por el asesinato de Laura Luelmo

“Buscando a uno que huye de mí”

Frankenstein, Mary Shelley

Asisto al debate sobre la monstruosidad del asesinato de Laura, y de los siete asesinatos perpetrados sobre mujeres en los primeros días de enero (cuando escribo este artículo).  Y las palabras (o ruido, según donde leas o escuches) resuenan más o menos como siempre: que si no todos los hombres, que si eso cosa de locos, depravados, desquiciados, enfermos, o lo peor, que si es cosa de ellas, o que… y frente a esto hay un silencio oscuro y extraño, y no es el de las mujeres, que claman con la razón de quienes se saben violentadas por el hecho de serlo.

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Solo estoy tratando de correr

Maratón de Boston 1967

Boston, un día de abril de 1967. La ciudad va a acoger una nueva edición de la maratón que celebra desde finales del siglo anterior. A pesar del frío, son cientos los velocistas que se agolpan en la línea de salida a la espera de una señal para empezar a correr. Entre ellos se encuentra K.V. Switzer, con el dorsal 261, que calienta músculos a sabiendas de que no puede estar allí. ¿El motivo? Ser mujer.

Un amigo se acerca a ella y le aconseja: “Kathrine, quítate el labial”. Ella desoye la petición y se mantiene concentrada. Tiene 20 años y ha dedicado mucho tiempo a formarse para una carrera así. Está a punto de participar en algo que le encanta y, sin saberlo, de hacer historia.

Los corredores comienzan a moverse y Switzer hace lo propio, como uno más. No tarda en llamar la atención de los fotógrafos allí apostados. Ella lo toma como un juego gracioso hasta que nota que algo, de verdad, no va bien: el director de la maratón, Jock Semple, le está agarrando con fuerza de los hombros y empujando mientras grita “¡Fuera de mi carrera!”. Kathrine, que intenta zafarse de las manos de aquel señor con la ayuda de su pareja y de unos amigos, le contesta: “Solo estoy tratando de correr”.

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Las reuniones de madres en el cole y las Ofelias de la vida

La Ofelia de John Everett Millais

En la última reunión de padres con la seño (Spoiler warning: a pesar de que la circular convoca a los padres, cuento con los ojos 21 madres y 2 padres. Los padres son las madres. Los Reyes Magos son los padres. Y en estas seguimos con toda esa fabulación de suplantar identidades) surgió otra vez la más que manida demonización del uso que nuestres hijes hacen de las tecnologías, aunque esta vez no en clave de crítica por la falta de actividad física o por la cosa antisocial (como si leer, actividad bien querida y buscada por todes les mpadres, no fuese de toda la vida una actividad absolutamente sedentaria y tremendamente solitaria... En fin.), sino en clave de peligros, riesgos, abusos, desprotección, sobreexposición o miedo. Estas palabras acampan en los rostros de las mujeres que, una vez han sido socializadas como madres, celebran muy a menudo el Festival de la Angustia: auténticas raves donde una se puede colocar muchísimo con altas dosis de preocupación y tormento. Creepy.

Me sentí como en una suerte de terapia, una reunión de alcohólicas anónimas donde la adicción al alcohol había sido sustituida por un triste mono de angustia y miedos. Así lo enseñaron en la escuela a la que afortunadamente mi madre no me llevó: allí se aprende que ser madre es vivir en un estado de permanente zozobra y las nuevas tecnologías junto con las redes sociales han ampliado hasta el infinito la oferta de este buffet-nada-libre de inagotable ansiedad. Con el carnet de madre ya homologado, una se puede (y se debe) preocupar y angustiar hasta reventar. Ver amenaza en cada desliz del dedito por la pantalla es por lo visto algo inherente inevitable inseparable irremediable indisoluble a esto de ser madre de natives digitales.

Cuando ya se acercaba el final de la reunión y una vez bien sembrado el campo con las semillitas de la fatalidad y la profecía, llegó el momento de compartir propuestas; la madre construida social y culturalmente a base de miedo y espanto tiene claro que la mejor opción es la Ley Mordaza infantil: férrea supervisión, control parental, censura, castigo, represión. Observo, como si fuese una enviada especial a La Tierra procedente de cualquiera de las setenta y nueve lunas de Júpiter para reportar sobre madres humanas, que me leo y posiciono muy alejada de esta curiosa forma de maternidad controladora y censora. No me malinterpreten; no soy ajena a la perversa realidad de la utilización de niñes en contextos sexuales, al acoso sexual, al cyberbullying, la sextorsión o el grooming, pero no me creo –ni me quiero- capaz de construir una burbuja alrededor de nadie.

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Héctor Adell Lorente, de Stop Sida: "Lo ideal sería quitarnos de una vez el miedo al VIH"

Héctor Adell Lorente, de Stop Sida

Héctor Adell Lorente es técnico de Stop Sida. Héctor estaba con gripe, pero no le importó recibirme con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja. Nuestro contacto ha sido siempre desde el ocio y la distensión, pero pensé que tocaba ponernos serias y hacer una especie de debate intenso Foucault vs Noam Chomsky.

Por fortuna para nosotras y para vosotras, querides lectores, esto no llegó a pasar nunca. Siempre en clave de cuidados y con una cercanía propia de quien habla desde el conocimiento y el respeto, Héctor pone los puntos sobre las íes en una cuestión sobre la que más que certezas, tenemos incertidumbres.

Vamos a presentarte al mundo. ¿Quién eres y a qué te dedicas?

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Contra la prostitución, no contra las prostitutas

El feminismo está en auge y moviéndose en una nueva ola que puede que sea la que definitivamente acabe con el patriarcado. En este nuevo despertar han surgido, una vez más, las disputas entre las distintas corrientes feministas. Uno de los temas más debatidos ha sido la prostitución entre quienes quieren abolirla y quienes quieren legalizarla.

Los defensores de la prostitución alegan que es una libre elección, que debemos luchar contra la trata de mujeres, pero a la misma vez legalizar que las mujeres se dediquen a la prostitución, supuestamente por voluntad propia, pues es un trabajo como otro cualquiera.

La prostitución no es un trabajo como otro cualquiera por un motivo obvio: casi todas las personas que se dedican a la prostitución son mujeres y casi la totalidad de los `clientes´ son hombres. No es causalidad y es un hecho que se sustenta en la visión patriarcal de que los hombres tienen derecho a acceder al cuerpo de una mujer cuando lo deseen.

Es decir, casi todos los trabajos en el sistema capitalista se basan en el poder de la minoría burguesa, que posee las empresas, frente a la mayoría proletaria que trabaja en dichas empresas. En el caso de la prostitución se basa en el privilegio de la mitad de población, los hombres, a acceder al cuerpo de la otra mitad, las mujeres.

Evidentemente el capitalismo también juega un papel principal en este escenario mediante la maquinaria publicitaria y propagandística en países como Alemania, donde la prostitución se convertido en legal. Este hecho, lejos de dar más derechos a las prostitutas, sólo ha logrado que estas mujeres sean anunciadas en promociones de burdeles donde las ofrecen en un pack junto a cerveza y carne.

La legalización provoca la deshumanización de las prostitutas. No son vistas como personas humanas, sino como objetos a los que maltratar y violar. Tampoco se ha acabado con la trata de personas, como alegaban los que apoyan legalizar la prostitución, pues cada año en Alemania se dan más casos de tráfico de mujeres para encerrarlas y secuestrarlas en burdeles, donde algunas son violadas duranta 18 horas al día. En un país donde es legal la prostitución los proxenetas recurrirán con mayor frecuencia al secuestro para retener a mujeres contra su voluntad, en su mayoría inmigrantes, pues dicho país les respalda indirectamente al haber legalizado la prostitución.

No hace mucho leí en redes sociales a alguien defender la legalización de la prostitución alegando que, por ejemplo, es el único lugar que tiene la sociedad reservado para las mujeres trans. Yo me pregunto, si es el único lugar reservado que tiene la sociedad para nosotras, ¿por qué no destruir ese sistema al que nos obligan a acudir en lugar de venerarlo?

Este argumento es más peligroso de lo que parece a simple vista: si normalizamos la prostitución cualquier mujer que se vea en situación de pobreza será tachada de irresponsable por no dedicarse a vender su cuerpo y su sexualidad para salir de su mala situación económica, y cualquier ayuda que pudiera recibir, sea estatal o personal, quedará anulada de facto por el hecho de que puede recurrir a la prostitución y no lo está haciendo. Es por ello que el hecho de legalizar la prostitución no es algo que afecte sólo a las prostitutas, sino que nos afecta a todas las mujeres de clase obrera, pues todas somos potencialmente víctimas de acabar en este sistema de explotación.

La postura abolicionista de la prostitución no pretende cargar contra las prostitutas, no quiere criminalizarlas con multas o señalándolas públicamente. Desde el abolicionismo se tiene en cuenta que la prostitución no es algo natural, como nos quieren hacer ver los que la llaman `el trabajo más antiguo del mundo´, sino que es un sistema de explotación que se ha generado debido a la opresión histórica que sufrimos las mujeres sobre nuestra vida y nuestros cuerpos. Desde el abolicionismo se pretende que ninguna mujer tenga que convertirse en un objeto de consumo para poder subsistir y que los hombres dejen de creer que tienen derecho a acceder y comprar a nuestros cuerpos.

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María Bastarós, escritora: "La historia de las mujeres es violencia, pero también resistencia y ganas de morirnos de risa"

María Bastarós / Irene Palacio

¿Qué narices?

Cada noche igual: me acostaba con gente impresentable, niñatas enfermas, coyotes de Urbión, Bernardas desgajadas, voyeristas amargados, y en una ocasión, mi preferida a pesar de ser tan fugaz, Lucy Clark. Leer en la cama a Bastarós me provocaba viajes de ayahuasca en sueños para despertarme oyéndome: “¿Qué narices acabo de leer?”.

María Bastarós (Zaragoza, 1987) disfruta y sufre el bombazo que ha resultado ser `Historia de España contada a las niñas´, su novela y carta de presentación en el mundo de la escritura “formal” después de estar dinamitando la “pureza” de la literatura durante años en formatos como la micropoesía o el fanzine. Demasiadas comillas para encerrar un lenguaje único que  manifestó en `QuiénCoñoEs´ y prendió hasta calcinar las redes sociales con `Amigas I´.

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¿No queréis igualdad?

Millie Bartlett (2018). Vía Tumblr

Hay gente que convierte los estandartes en lanzas.

Hablan del «daño irreparable que han hecho las radicales a la causa del feminismo» y yo me pregunto qué coño quiere decir eso. ¿Qué daño han hecho? ¿Qué radicales?

Hablan de denuncias falsas para negar la labor de una ley pionera en toda Europa, modelo de otras tantas legislaciones nacionales. De pronto, la excepción se ha convertido en la verdadera norma para algunos.

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Un cuento de navidad

Anne Hathaway como la joven Jane Austen que descubría autoras

“¡Qué fechas más malas para escribir nada!” Eso es lo que me he estado repitiendo estos días. Llego tarde y no sé si mal. Para les lectores de esta sección habrá sido extraño no recibir la píldora de “disidencias” el miércoles pasado con el sol y las nubes bañando de luz o neblinas nuestros aparatos de leer, es decir, nuestras ganas de diálogo. Que mira, no se lee con los ojos ni la cabeza, se lee con las ganas, o con la curiosidad, o con el tiempo que se hace libre, o con el deseo de conocer a otres, de escuchar sus voces que son las nuestras pues son impersonales, como sabía Virginia Woolf.

Pero las fechas eran malas y no por las fiestas navideñas previsibles, y el previsible tedio y jaleo de reuniones familiares, compromisos empresariales y de trabajo en general, o por el casi forzado trasiego de bar en bar y de casa en casa para comer, beber, reír y aburrirse. Que conste que servidora no tiene nada en contra del aburrimiento, pero éste me parece interesante en la medida en la que aparece en solitario. El aburrimiento social es una cosa triste, y aunque puede ser el motor de desvíos interesantes en la vida, aburrirse en sociedad siempre es un síntoma profundo de lo mal que nos va en la sociedad. Eso lo sabía gente burguesa como Proust o Austen, pero nosotres no somos burguesas ni de lejos. No nos engañemos, por muy moderno que sea el teléfono de una, la burguesía no sólo poseía mercancías a la última moda, la burguesía se inventó ese tiempo libre dentro del capitalismo rodeado de arte y otras exquisitices. O tal vez lo que se inventó fue el deseo de ese tiempo rodeado de cosas bellas, y por lo tanto, se inventó también el aburrimiento que rodea todo ese tiempo que no es libre.

Hay que recordar que las personas burguesas explotadas no estaban, pero aburridas, un rato. La burguesía, no el vendedor de telas de Madame Bovary, sino los sueños de Bovary, esa mujer que no lo consigue. Que tiene tiempo, pero no consigue que sea libre. Puede que Flaubert, que también era un burgués, quisiera precisamente criticar los defectos de esa pequeña burguesía de provincias que creía que se iba a comer el mundo a base de creerse las fantasías sobre el mundo. No lo sé. Pero lo que está claro es que no le hace ningún canto a la burguesía. Como tampoco lo hace Jane Austen. La que menos tiempo y dinero tiene de todes. Austen, si se la lee sin esa crema pastelera envenenada “para mujeres” que le ha puesto cierto cine, trata de mostrar ejemplos, literales, de cómo pensar por una misma bajo una gran presión social y económica. Eso sí, en unos límites muy estrechos: matrimonio por conveniencia o matrimonio moral, ése es tu destino, mujer aristócrata-burguesa. Lo sorprendente es que aun así consigue convertir una asfixiante y aburrida sala victoriana en un lugar de reflexión sobre una misma y el mundo. Con la boca abierta te quedas. Habrá libertad, haciendo con poco, y con mucho, nuestra inteligencia.

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Los dilemas de los 30

Una madre con sus dos hijas

Hace unos días cumplí los 29 años. Creo que el señor Google, o el señor Facebook, debió enterarse porque los anuncios de ClearBlue me acechan desde entonces. Llevan persiguiéndome desde los 28, para ser sincera. Esto me inquieta bastante. ¿Por qué si yo no busco nada sobre bebés en la red?, ¿es por mi edad?, ¿es por qué tengo pareja estable, y subo fotos con él a Instagram, y los señores todopoderosos que se dedican a la publicidad online lo saben? Me raya mucho eso.

Es un domingo cualquiera y estoy en mi sofá con mi bata de unicornio viendo el catálogo de Fila y escuchando Cariño, pensando que comeré mañana, que tengo que pagar el alquiler y apenas llego a fin de mes, que qué será de mí en 2020, que tengo que quedar con Marta, y Javier, y Andrés, y un largo etc. que hace mucho que no los veo porque están trabajando en cualquier país de Europa, cuando de repente aparece: ClearBlue, el único test de embarazo que te dice de cuántas semanas estás. ¿En serio, YouTube? Estoy viendo a Ratolina, lo único que me preocupa ahora mismo es conseguir hacerme bien el eyeliner. Me disgusto y cierro el ordenador. Me voy a dormir pensando en mis amigas, esas que, o bien están embarazadas, o bien han sido ya madres. Qué valientes, pienso siempre. Qué valientes, pensamos todas siempre. Porque, hoy en día, dar el paso para ser madre es un acto de valentía. Hace poco conocíamos la noticia de que actualmente, en España, el número de defunciones es bastante mayor que el de nacimientos. Cómo no, pensé. Si ver el anuncio de ClearBlue asusta. Actualmente las mujeres no podemos pensar, afrontar, reflexionar, sobre la maternidad desde un punto de vista sano, confiado, concienzudo... cómo queráis llamarlo.

Tenemos un salario mínimo bastante bajo, el acceso a una vivienda digna cada vez es más difícil, conozco a muy poquita gente a la que no se le vaya, por lo menos, la mitad del sueldo en pagar el alquiler. La temporalidad laboral marca nuestra vida, hasta tal punto que todos nuestros planes son eso... temporales. Temporalmente vivo aquí, temporalmente vivo allá, temporalmente trabajo de tardes, temporalmente cobro el paro. Nuestras relaciones también son temporales. Y no me refiero solo a las afectivo-sexuales, a los novios y a las novias, vamos. Me refiero a las relaciones con nuestros compañeros de trabajo, vecinos, camareros de ese bar en el que siempre tomas el café, amigos... nuestras redes afectivas son cada vez más débiles. Temporales. Cambiantes. Cómo pensar en criar, con tu familia lejos, si vivimos en una sociedad cada vez más individualista. Con este panorama, y siendo sincera, no me he preguntado nunca, "oye, ¿y qué piensas de la maternidad?, ¿te gustaría tener hijos, hijas?" No he tenido esa conversación conmigo misma a pesar de que, desde todas partes de la sociedad, me digan que debo tenerla. Y tenerla ya. Me lo dice Clearblue, me lo dicen las películas que voy a ver al cine, me lo dice la vecina, me lo dice mi miedo a perder el empleo... Tienes casi 30. Tic, tac.

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El mundo no es un catálogo de personas

`Perezfecto´ (vía Tumblr)

`Perezfecto´ (vía Tumblr)

Últimamente me ha dado por pensar en los márgenes tan estrechos en que nos movemos. En las relaciones, digo.

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