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Lucia Berlin y la fiesta de la precisión

Lucia Berlin: ponerse a escribir y reproducir esos hablares concisos, tan funcionales que nos suenan banales, diferentes cada vez pero una y otra vez en escenas semejantes. Es escribir sobre lo que una ha visto y vivido. Una y otra vez

Lucia Berlin convertía todo en una fiesta viviendo una durísima vida, cuenta su hijo. Nosotras podemos compartir con ella ahora esta fiesta de la literatura, melancólica y vitalista, siempre en el tiempo presente, rasgado, de nuestra libertad

Lucia Berlin

Lucia Berlin

Esta vez voy a ser breve, buenos días. Noblesse oblige. Hay que ser recatada con el tiempo de las demás -ustedes, esas improbables lectoras-, que una ya sabe cómo vamos corriendo de un lado para otro, incluso cuando estamos en el paro, es decir, trabajando pero sin ocupación remunerada.

Nada más adecuado, por tanto, que escribir sobre alguien que parece que hace todo lo contrario: Lucia Berlin. Es un decir, por supuesto, todo lo contrario no es, pero vamos a tratar de pensarlo a partir de esa primera inexactitud para, como siempre, extraer un modo de contradecir el orden reinante en forma de oro feminista.

Pensar a partir de inexactitudes es apasionante, pues todo lo que es exacto se yergue como un muro infranqueable ante el pensamiento, como una masa de certezas, de lugares comunes, que poco tiene que ver con nuestras vidas. Y, mira, por aquí lo que nos interesa es la verdad y el brillo, no la exactitud. Eso no quiere decir que no encontremos, así muy claramente, expresiones precisas que interpelan a cualquier fulana de tal. No hace falta ni abrir la última compilación de relatos -Una noche en el paraíso- de Lucia Berlin; en su portada color huevo leemos en el fondo de un cenicero -oh, grandeza de las imágenes: “Hay ciertas cosas de las que la gente nunca habla”. Dime tú a mí si esto no es preciso e inexacto, si no te coloca de entrada en el filo de todo aquello que pasamos por alto en la vida, muchas veces a sabiendas, pero sin echártelo en cara, que Berlin no es ni tu padre ni tu cura, ni siquiera tu hombre consejero. No, no, es que hay ciertas cosas, aquí entre nosotres, por todas partes, en aquella esquina, en este gesto de disgusto y en aquella media sonrisa imperceptible, en ese modo de dar una cabezada, en ese mensaje lleno de eufemismos, con este café, de las que nunca hablamos.

Ciertas cosas no son apenas ciertos temas, problemas, cuestiones, que socialmente son difíciles de enunciar, que el capitalismo racista y machista hace visibles aberradas y en forma de mercancía. Es que luego además está una, ahí viviendo una vida y tratando de representársela y no veas lo difícil que es hablar. Lo difícil que es hablar por hablar, que es lo más difícil en realidad. Hablar por hablar no es hablar del tiempo con la vecine, o puede serlo, pero porque esta mañana sientes algo que no sabes cómo decir, y entonces simplemente hablas. Pero hablar por hablar es Lucia Berlin sobre todo, es hacernos gastar tiempo precisamente haciéndolo aparecer en su cosa fulgurante, con esa parsimonia de la repetición. Es ir rápido, como la vida, y ganar el tiempo largo de la misma volviendo sobre ella. Lucia Berlin: ponerse a escribir y reproducir esos hablares concisos, tan funcionales que nos suenan banales, diferentes cada vez pero una y otra vez en escenas semejantes. Es escribir sobre lo que una ha visto y vivido. Una y otra vez. Cuando viví allá, cuando conocí a aquella persona, cuando trabajaba en ese empleo tan duro, cuando tuve aquella historia romantiquilla de amor, cuando tuve que abortar, cuando no tenía dinero de nuevo, cuando estaba tratando de dejar de beber, cuando estaba siempre alcoholizada.

Los nombres de los personajes cambian, los momentos son inexactos y precisos: “Hope y yo teníamos siete años. No creo que supiéramos el mes que era o incluso el día salvo que fuese domingo. Llevábamos un verano tan caluroso y largo con todos los días tan idénticos que no recordábamos las tormentas del año anterior”. Todo inexactitud que soporta diálogos como éste: "-¿De dónde lo has sacado? ¿Has robado ese dinero con los árabes de al lado? -No. ¡Es un regalo! -¡Maldita mocosa!" Y, fíjate lo que dice Berlin: “Nosotras nunca hablábamos por hablar como la mayoría de las niñas. Ni siquiera hablábamos mucho. Sé que no dijimos una palabra de la terrible belleza del humo o de los cristales resplandecientes”.

No dijimos una palabra de la terrible belleza... Qué prosaica es la vida y qué desbordante su belleza. Lucia Berlin nos la muestra, inexacta y precisamente cuando niña o cuando adulta limpiando casas. Sola y acompañada por todas esas mujeres que tienen que cargar con la maternidad clandestina, deseada o no. El deseo no tiene ningún derecho aquí, en el tiempo de la prosaica vida. Lo hacemos en la literatura, dando bandazos, precaria y exhuberantemente, con todos los fardos que el mundo masculino nos carga a las mujeres, y con una libertad y alegría innombrables e inagotables, en el tiempo de esa vida que nace, creo yo, de la escritura. Lucia Berlin convertía todo en una fiesta viviendo una durísima vida, cuenta su hijo. Nosotras podemos compartir con ella ahora esta fiesta de la literatura, melancólica y vitalista, siempre en el tiempo presente, rasgado, de nuestra libertad.

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