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No son amigos, son amores: reflexiones en torno a un grupo de hombres

En el grupo de hombres hay momentos en los que nos cuesta tanto hablar de nosotros mismos que toda criptografía es útil

Mas ayer a todos nos pasó la despedida, su despedida. Sentimos como irnos por un momento. Nos alcanzó ese tema, a veces innombrable, que es el de que todo se termina porque todo comienza

Dos amigos sentados en una calle del centro de Atenas / Elisa Reche

Dos amigos sentados en una calle del centro de Atenas / Elisa Reche

“Yo no tengo amigos, tengo amores”

Pedro Lemebel

Cuando me preguntan si el grupo de hombres es un grupo de amigos, les digo que no. Que un grupo de hombres solo se junta para esto: reunirse una vez al mes y hablar de las cosas que les pasan, pero que no se pueden contar en el ámbito cotidiano. Las cosas que se dicen en el grupo de hombres no son cosas que se puedan contar en el bar, en la casa, en la familia, en el trabajo… Porque se habla de temas que en esos ámbitos sonarían discordantes, hasta ofensivos. Hay una serie de expectativas que cumplir para ser hombre, y esos ámbitos son el nido de esos supuestos.

En el grupo de hombres se empieza por un cómo estás. En el que no cabe el bien, gracias, o el mejor ni me preguntes. Cuenta. Esa es la palabra. Cuenta desde ti mismo. Si es posible en primera persona. Y si no, pues utiliza caminos oblicuos, rodeos, pero que lleven a ese yo, que dejen tu rastro. Escuchamos, aprendemos a escuchar, nos dejamos escuchar. Nos resuenan los ecos de lo que algunos dicen. Y a veces callamos. Sucede; un silencio cruza el espacio del encuentro como si hubiera tantas cosas que decir que no sabemos ni por dónde ni con qué palabras empezar. Es muy difícil cuando nadie te ha enseñado.

Como ayer. La reunión del grupo de hombres de ayer se resumió en esto. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… y más abrazos. Silencios. Y más abrazos. Era lo que tocaba. Porque un hombre del grupo de hombres se había despedido. Despedirse no es irse del grupo de hombres. Nadie se va del grupo de hombres, una vez se entra se queda. Se queda en la memoria, pero una memoria que baja desde la garganta hasta el corazón, que se mezcla con el estómago y acaba muy adentro, en la entraña. Donde nada se pierde y donde nada se olvida.

Nada. Desde la delicadeza de sus gestos –el tono de su voz nos cuidaba- hasta la sencilla hospitalidad, sencilla pero inmensa, con la que ponía su casa para reunirnos. Su sabiduría. Cada cual tiene su sabiduría. Y esa capacidad para expresarse a veces no era en primera persona. Nos hablaba de libros, de lecturas, de historias, de experiencias… pero no con ánimo de erudición ni de colocarse arriba de nadie, sino porque ese era el lenguaje del que disponía para poder contarse. Cada cual tiene lo que tiene para poder contarse. A veces son cinco palabras, otras veces diez, a veces son palabras leídas, otras que te llegan y otras que te salen. Pero lo importante es que sabíamos que hablaba de sí mismo. En el grupo de hombres hay momentos en los que nos cuesta tanto hablar de nosotros mismos que toda criptografía es útil. Y los códigos se descifran porque al final nos pasan las mismas cosas. Una intimidad extrañamente compartida.

Mas ayer a todos nos pasó la despedida, su despedida. Sentimos como irnos por un momento. Nos alcanzó ese tema, a veces innombrable, que es el de que todo se termina porque todo comienza. Nos desgarramos. Y sentimos el vacío. Y nos preguntamos: cómo hablará un hueco en una mesa. Y nos preguntamos: de qué manera se escuchará una voz cuando no está. Y la presencia de una ausencia, ¿cómo será? Pero sabemos que nada de eso tiene respuesta porque en el fondo no se ha ido. Se ha quedado. Se ha despedido para seguir un viaje interminable. Seguirá visitando almas y escuchando corazones, seguro. Y nosotros estaremos ahí con él, y él con nosotros, no como sus amigos, sino como sus amores. Porque en el grupo de hombres, ya está dicho, no hay amigos, sino amores.

Para Esteban, para siempre.

18 de mayo de 2019

Grupo de Hombres “El Rebochu”

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