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Las reuniones de madres en el cole y las Ofelias de la vida

Con el carnet de madre ya homologado, una se puede (y se debe) preocupar y angustiar hasta reventar. Ver amenaza en cada desliz del dedito por la pantalla es por lo visto algo inherente a esto de ser madre de natives digitales

No soy ajena a la perversa realidad de la utilización de niñes en contextos sexuales, al acoso sexual, al cyberbullying, la sextorsión o el grooming, pero no me creo –ni me quiero- capaz de construir una burbuja alrededor de nadie

Las grietas en la comunicación y en la confianza con nuestres hijos e hijas se pueden traducir en un coto de caza ideal para el que busca abusar y en terreno bien fértil para que crezca la impunidad

La Ofelia de John Everett Millais

La Ofelia de John Everett Millais

En la última reunión de padres con la seño (Spoiler warning: a pesar de que la circular convoca a los padres, cuento con los ojos 21 madres y 2 padres. Los padres son las madres. Los Reyes Magos son los padres. Y en estas seguimos con toda esa fabulación de suplantar identidades) surgió otra vez la más que manida demonización del uso que nuestres hijes hacen de las tecnologías, aunque esta vez no en clave de crítica por la falta de actividad física o por la cosa antisocial (como si leer, actividad bien querida y buscada por todes les mpadres, no fuese de toda la vida una actividad absolutamente sedentaria y tremendamente solitaria... En fin.), sino en clave de peligros, riesgos, abusos, desprotección, sobreexposición o miedo. Estas palabras acampan en los rostros de las mujeres que, una vez han sido socializadas como madres, celebran muy a menudo el Festival de la Angustia: auténticas raves donde una se puede colocar muchísimo con altas dosis de preocupación y tormento. Creepy.

Me sentí como en una suerte de terapia, una reunión de alcohólicas anónimas donde la adicción al alcohol había sido sustituida por un triste mono de angustia y miedos. Así lo enseñaron en la escuela a la que afortunadamente mi madre no me llevó: allí se aprende que ser madre es vivir en un estado de permanente zozobra y las nuevas tecnologías junto con las redes sociales han ampliado hasta el infinito la oferta de este buffet-nada-libre de inagotable ansiedad. Con el carnet de madre ya homologado, una se puede (y se debe) preocupar y angustiar hasta reventar. Ver amenaza en cada desliz del dedito por la pantalla es por lo visto algo inherente inevitable inseparable irremediable indisoluble a esto de ser madre de natives digitales.

Cuando ya se acercaba el final de la reunión y una vez bien sembrado el campo con las semillitas de la fatalidad y la profecía, llegó el momento de compartir propuestas; la madre construida social y culturalmente a base de miedo y espanto tiene claro que la mejor opción es la Ley Mordaza infantil: férrea supervisión, control parental, censura, castigo, represión. Observo, como si fuese una enviada especial a La Tierra procedente de cualquiera de las setenta y nueve lunas de Júpiter para reportar sobre madres humanas, que me leo y posiciono muy alejada de esta curiosa forma de maternidad controladora y censora. No me malinterpreten; no soy ajena a la perversa realidad de la utilización de niñes en contextos sexuales, al acoso sexual, al cyberbullying, la sextorsión o el grooming, pero no me creo –ni me quiero- capaz de construir una burbuja alrededor de nadie.

Creo que mi papel es ofrecer estrategias y herramientas en la enorme responsabilidad que comporta acompañar a alguien en su crecimiento y desarrollo personal. No creo en las conversaciones que terminan con una valla electrificada por una heredada vergüenza católica, no creo en los candados que evitan que se abran temas, y no creo en una relación madre-hije basada en la desconfianza, el control autoritario ni mucho menos en la represión.

Recuerdo –a propósito de cómo socializamos a nuestras hijas y cómo alimentamos su vulnerabilidad- eso que escribió la escritora feminista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, “enseñamos a las niñas a querer agradar y gustar (…) muchos depredadores sexuales se han aprovechado de este hecho”. Las grietas en la comunicación y en la confianza con nuestres hijos e hijas se pueden traducir en un coto de caza ideal para el que busca abusar y en terreno bien fértil para que crezca la impunidad.

Mi hijo de nueve años sabe lo que es un pederasta porque creo que nuestros temores no deben servir de maquillaje para un discurso sobreprotector que está más cerca de dejarlo expuesto a las violencias que de enseñarle cómo prevenir ciertas situaciones estando alerta, sabiendo identificar las alarmas. Hablar con nuestres hijes desde un sitio que tenga más que ver con la construcción de personitas responsables que con el apuntalamiento imperativo de las prohibiciones ayuda a fortalecer la comunicación y la confianza mutuas. Por eso coincido totalmente en lo que expone, desarrolla y argumenta la psicóloga, sexóloga y madre de dos Liz Torres en su artículo `El sexting y la libertad sexual´ cuando habla de la libertad digital de nuestres hijes adolescentes.

De aquellos barros de una educación sexual insuficiente castrada por el tabú y las ideologías conservadoras vienen estos lodos de “a les adolescentes los educa el porno” y el, desde mi punto de vista, desacertado señalamiento de este cine como el responsable de que los modelos de relaciones sexo-afectivas sean tan pobres, tan degradantes, tan alejados de la realidad y tan machistas. ¿Y qué hacemos entonces con el cine gore? O, todavía mejor, ¿a nadie le parece que sea urgente articular un discurso en torno a la violencia normalizada en el fútbol y sus clubes, por poner un ejemplo de espectáculo machuno, homófobo, que reúne todos los tics chungos relacionados con cómo se representa la masculinidad chulesca en su formato más heterocompetitivo y ultracapitalista? ¿A nadie le preocupa que a los adolescentes los eduquen los futbolistas?

Mientras que el porno -el mainstream, heterocentrista y falocrático- es percibido por un sector del feminismo como el origen culposo de las agresiones sexuales contra las mujeres, las voces que analizan los paralelismos entre el amor romántico y las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres reciben mucha menos atención mediática.

`Then he forgot my name (Luego se olvidó de mi nombre)´ de Susan Copich

`Then he forgot my name (Luego se olvidó de mi nombre)´ de Susan Copich

¿Qué paradigma de relaciones románticas se proyecta y construye en anuncios, campañas de publicidad, música, literatura y, por supuesto, en la industria de las series y el cine? Desde que holy Hollywood empezó a hacer caja con el negocio de las historias de hamor, muchos orfidales y ataques de ansiedad han llovido. Como señala la antropóloga vasca Mari Luz Esteban, el pensamiento amoroso se articula en torno a un “mecanismo cultural poderosísimo de construcción de subordinaciones y sometimientos” de larga y tergiversada tradición patriarcal.

Mañana es, otra vez, catorce de febrero y sigo encontrándome con Catherines y Heathcliffs que piensan que es amor lo que en realidad es vertedero. Por favor, dejen de ser personajes intensitos de esa gran tragedia que se han inventado. Me encantaría que algún día dejaran de resultar seductoras las Ofelias de la vida. Ojalá algún día los selfucks de languidez, indefensión y tristura sean bostezo y >next. Ojalá niñas con información y guía para moverse en el mundo virtual, adolescentes emocionalmente autónomas armadas con una educación sexual que las equipe de herramientas críticas y mujeres que no lean las relaciones de pareja en clave de sumisión, tormento y miedo. Ojalá mujeres que no devengan Madres-Ofelias, angustiadas de la vida.

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