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El trabajo sexual y el trabajo doméstico, los dos grandes olvidados del primero de mayo

Con más putas que putos y más amas de casa que amos, parece evidente que las mujeres seguimos teniendo mucho que reivindicar y visibilizar en este primero de mayo

En Murcia, la Coordinadora Anti Represión Región de Murcia, de la que una servidora es miembra, y CATS también se han sumado para apoyar como organizaciones aliadas

Los sindicatos machos no están por la labor de asumir ni interiorizar parcelas tan patriarcalmente femeninas como el trabajo doméstico o el trabajo sexual

Cartel de la manifestación del Colectivo de Prostitutas de Sevilla, diseñado por María Michel

Cartel de la manifestación del Colectivo de Prostitutas de Sevilla, diseñado por María Pichel

El activismo feminista ha llegado donde jamás soñaron llegar los sindicatos con todos sus micrófonos y todas sus subvenciones. No he escuchado nada interesante o novedoso de ningún (ni ninguna) sindicalista en los últimos treinta años. Con más putas que putos y más amas de casa que amos, parece evidente que las mujeres seguimos teniendo mucho que reivindicar y visibilizar en este primero de mayo.

Aunque me parece que desde las mesas redondas donde se autopsian las cuestiones patriarcales no es lícito abordar -ni siquiera desde la teoría- las relaciones que se establecen entre sexo y poder obviando deliberada y perversamente las relaciones entre amor y poder, me gustaría hablar aquí desde el punto de vista exclusivamente laboral de las demandas que llevo ya un tiempo escuchando desde los colectivos de trabajadoras sexuales y de los debates que no se dan jamás en torno al trabajo doméstico. ¡Qué lejos queda ya la militancia de la Federici en la campaña Salario para el trabajo doméstico o las siempre futuristas vascas con sus Asambleas de Mujeres de Euskadi para la preparación del 8M en 1993 donde se acuñó el lema «No al servicio familiar obligatorio. Insumisión»!

Me dejo para otra ocasión, pues, cuestionar la heterosexualidad o el amor pasional/romántico como sistemas de opresión que subyugan a la mujer, así como el enaltecimiento de la familia o el matrimonio heterosexual como ejes castradores desde donde se poetizan, ordenan y eternizan toda suerte de desigualdades. Tampoco voy a entrar en los idearios argumentativos en torno a la libertad, la volición y las alternativas laborales unicornias de las mujeres en situación de prostitución ni en la harto jugosa dicotomía marido/proxeneta. El feminismo caníbal de las obsoletas radfem no me da la impresión de que esté construyendo nada.

En este primero de mayo imposible olvidarnos de aquellos sindicalistas anarquistas ejecutados en 1886 por participar en la huelga que reclamaba la jornada laboral de 8 horas. Imposible olvidarnos de Karl Heinrich Marx, líder intelectual de las luchas de la clase trabajadora y del movimiento obrero. Imposible olvidarnos de cómo el Sociólogo Karl ninguneó la emancipación real de la mujer (sin duda por parecerle algo secundario y marginal en la lucha contra el capital) en todos sus tomos y se desocupó del género, del trabajo doméstico y reproductivo salvo por un par de pinceladas de brocha gorda. El hogar le parecía al Filósofo Karl el hábitat natural de la mujer, por aquellos pilares argumentativos de corte biologicista que naturalizaban el trabajo doméstico: cariátides todavía hoy de antiquísimas y romantizadas estructuras patriarcales. Al Economista Karl se le pasó, pero a Silvia Federici no, considerar la externalidad positiva del trabajo doméstico de la mujer como factor básico sin el cual las ideas contenidas en todos los tomos políticos del Pensador Karl están condenadas a errar cojas por siempre jamás: «El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos –los futuros trabajadores- cuidándolos desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo. Esto significa que tras cada fábrica, tras cada escuela, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres que han consumido su vida, su trabajo, produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, escuelas, oficinas o minas» (El patriarcado del salario, Traficantes de sueños, 2018).

`Es el momento de hablar de nosotras´ de Inma Pinita

`Es el momento de hablar de nosotras´ de Inma Pnitas

La negación de la condición de trabajadora de la prostituta por parte del Cuñao Karl, que no sólo quería dejarla sin salario, sino que también gustaba de degradarla cuando la describía como «la escoria de todaslas clases» (El 18 brumario de Luis Bonaparte, Cuñado Karl, 1852), dejaron sentadas las bases del odio del movimiento radfem, propiciando a su vez la aparición de la posterior katana como respuesta a tanta mala baba hacia las putas: cuestionar el estigma es la incansable gimnasia feminista de la voz puta para reclamarlo escenario laboral legítimo. Es con entrenamiento feminista que se desarrolla el músculo y la elasticidad para repensar(nos), redefinir(nos) y reconceptualizar(nos) y favorecer el nacimiento de nuevos sujetos políticos. Sí, seguimos siendo nostras las que parimos. Superado ya el farragoso debate sobre la vulva, aniquilado ya para siempre el pecado, re-revisado el lugar donde habita la dignidad de las mujeres, y aceptada la existencia de la prostitución libre (libre, sí; libre como las amas de casa que se dedican al trabajo doméstico y al cuidado del mundo, libre como las que limpian culos en los hospitales, libre como las que trabajan en las fábricas de conservas o en la agricultura o libre como las camareras de bodas, bautizos y comuniones en jornadas de 12 horas, libres todas ellas, sí), en los circuitos de reconocimiento de la voz puta se nos despliega ante los ojos y las conexiones neuronales todo un mapa sociopolítico por explorar.

Aquí  en Murcia que rima con furcia, CATS (el Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo) ha organizado para este primero de mayo una manifestación por el reconocimiento de los derechos laborales de las trabajadoras del sexo. Allí estaremos las putas profesionales y las amateur y las aliadas feministas ocupando calle y aplaudiendo discursos sobre la autogestión de nuestros cuerpos como fuerza de trabajo asalariado. En Sevilla, Madrid y Barcelona, los colectivos pro-derechos denuncian, en el texto que han elaborado para esta jornada de reivindicaciones laborales, que se encuentran «ante una actividad que no posee ningún tipo de reconocimiento legal ni de derechos, pero se contabiliza a la hora de calcular el PIB nacional como cualquier otro sector», y denuncian el acoso y la persecución a la que se ven sometidas a través de las ordenanzas municipales y de la Ley Mordaza. En su manifiesto, reclaman la despenalización completa del trabajo sexual, exigen un marco legal específico para combatir la trata, el cese de las redadas racistas, el cierre inmediato de los CIEs y la modificación de la actual Ley de Extranjería, entre otras cosas. El manifiesto está firmado por AFEMTRAS, APROSEX, Colectivo Caye, el Colectivo de Prostitutas de Sevilla, IAC-FAA Secció Sindical Traballadores Sexuals, las Putas Libertarias del Raval y el sindicato OTRAS. Además, suscriben y apoyan la iniciativa otros 26 colectivos y asociaciones feministas, transfeministas y antirracistas. En Murcia, la Coordinadora Anti Represión Región de Murcia, de la que una servidora es miembra, y CATS también se han sumado para apoyar como organizaciones aliadas.

Esto demuestra la interseccionalidad y la transversalidad de la lucha feminista y su capacidad para articular respuestas y organizar la calle con voz propia, sin intermediarios. La batalla de las putas por la conquista de un marco laboral legal está dando una buena lección de lucha a los sindicatos mayoritarios, viejos ya, sin resuello, ideas ni ideales, que viven totalmente ajenos y de espaldas a la realidad de estas trabajadoras. Los sindicatos machos no están por la labor de asumir ni interiorizar parcelas tan patriarcalmente femeninas como el trabajo doméstico o el trabajo sexual. Los sindicatos machos han devenido prolongación chuchurría de los otrora erectos y vigorosos discursos sobre la clase obrera de Marx; ciento treinta y seis años más tarde, el relevo fálico-sindical sólo nos ha traído flacidez política. Los desfiles sindicales machos y sus quejas lastimeras con el exclusivo empuje de la nostalgia calendaria quedan así expuestos y fotografiados como suceso lamentable y testimonio machista de fracaso y descrédito.

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