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Jesús Cañadas: “Quería escribir una historia de terror y aventuras que sólo pudiese suceder en Cádiz”

El escritor, que publica “La tres muertes de Fermín Salvochea”, define el mundo editorial como “un gigante que se derrumba”

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En anteriores novelas, el escritor Jesús Cañadas se había ido a escenarios como Berlín o Nueva York. Sin embargo, en su nuevo libro, “Las tres muertes de Fermín Salvochea” (Roca Editorial), ha elegido Cádiz, su ciudad natal, para recrear una historia de terror, intriga y aventuras en la que antiguas leyendas gaditanas se entrelazan con sus propios recuerdos familiares. Cañadas ha ideado un trepidante fresco pop en el que Galdós y García Márquez conviven con “Los Goonies”, Stephen King, el “steampunk” o los cómics de superhéroes. El personaje vertebral es nada menos que Fermín Salvochea (1842-1907), alcalde anarquista y presidente del cantón de Cádiz durante la Primera República (1873-1874). Hombre fidelísimo a sus convicciones, luchó por los desheredados pese a ser de familia adinerada. Entregó su herencia y posesiones a los pobres y conoció largos años de cárcel. En la novela, convertido en un heroico personaje de ficción, su peor enemigo no son la Iglesia ni la nobleza... sino los vampiros. En esta entrevista, Jesús Cañadas conversa sobre su nuevo libro, el estado del sector editorial, Cataluña y su experiencia como guionista en la serie “Vis a vis”.

Recrear el Cádiz del XIX y de principios del XX, con su habla popular y demás, debe de haber sido una tarea complicada.

Un libro que se llama “El habla de Cádiz”, de Pedro Payán, ha sido mi guía. Tuve que encerrarme en la Facultad de Historia a leer sobre la época. Me he apoyado también en algunos “Episodios nacionales” de Galdós. Pero me interesaba crear una sensación antes que un retrato real, porque al fin y al cabo estamos hablando de un Cádiz de cuento de hadas.

Desde hace unos años se hacen muchas novelas que traen géneros tradicionalmente anglosajones como el terror, la fantasía o el “thriller” a escenarios españoles.

Estamos rompiendo complejos. Yo mismo me había ido a Providence o Berlín en otras novelas, pero esta vez quería hacer algo que no se pudiera contar en Londres o Nueva York, sino sólo en Cádiz. Huir de historias franquicia.

Hay precedentes de Cádiz como territorio de aventura, como “El asedio” de Pérez Reverte.

O “La ciudad enmascarada”, de Rafael Marín, que es un terror lovecraftiano durante los carnavales.

De todas tus novelas, ésta es en la que más se reconoce tu voz.

Lo que tú identificas como mi voz quizá sea la voz de mi abuela o de mi tía Victoria, que es voz de cuentacuentos gaditano antiguo. Con esa voz le contaron a mi padre las historias que él me contó después a mí. He querido recrear ese sabor del Cádiz viejo.

Un Cádiz por el que se pasean vampiros, brujas, piratas, hombres pez y hasta el mismísimo Diablo.

La novela parte del desahucio de las monjas del convento de la Candelaria por parte del alcalde anarquista Fermín Salvochea en 1873. A partir de ahí todo es fantasía. No quería hacer una novela histórica, sino algo que tuviera una pátina histórica más las cosas que me gustan a mí: aventuras, misterio, terror gótico.

En ello has contado con la inestimable ayuda de las leyendas del viejo Cádiz, que pasas por tu tamiz.

Cádiz tiene tres milenios de antigüedad. Ha sido un puerto de mar importantisimo, la entrada al Mediterráneo y la salida hacia las Indias. Por ahí ha pasado un montón de gente que ha ido dejando historias. Y todas esas historias han ido quedando unas sobre otras: Hay una Cádiz tartesa, fenicia, romana, árabe, cristiana. Me apetecía meter toda esa amalgama legendaria en el mismo espacio y tiempo.

Como el teatro romano, uno de los escenarios del libro.

Que sí existe y que al parecer es uno de los más grandes que hubo, lo que pasa es que está enterrado bajo el Cádiz antiguo.

También reciclas para la novela las cuevas de Mariamoco, que en origen fueron el sistema de alcantarillado romano.

Y que con los siglos fueron utilizadas para la guerra, o por piratas. Hay entradas por todo Cádiz. Las madres asustaban a los niños diciéndoles que no entraran porque ahí vivía una bruja que se llamaba Mariamoco que se los comería. A mitad del siglo XX unos niños se perdieron en las cuevas y cuando los rescataron dijeron que habían visto a doce moros jugando a las cartas. Cuando los mayores se metieron a ver, lo que descubrieron fue un mural de la Santa Cena con los doce apostoles, pero lo de los moros ya había quedado para la leyenda.

Todas estas historias las entrelazas con la de tu propia familia.

Mi abuelo Juaíco era peluquero y, aparte, un borracho y un vividor, que le puso los cuernos ochenta veces a mi abuela. Hay un montón de tíos míos desperdigados por Cádiz. A veces íbamos por la calle y mi padre me decía: “Mira, mi hermano Juan, mi hermano Toni”. Tuvo tres peluquerías y las tres las perdió jugando a las cartas. Cuando mis padres o mi tía me contaban historias sobre mi abuelo Juaíco, yo pensaba: “Qué persona más lamentable, pero qué personaje tan bueno para una novela”. Por eso, cuando me planteé escribir “Las tres muertes de Fermín Salvochea”, me di cuenta enseguida de que necesitaba un contrapunto cómico para el alcalde, que es muy flemático. Un Watson de Cádiz, vamos. Al momento lo tuve claro: Juaíco, mi abuelo.

Al alcalde Fermín Salvochea lo conviertes nada menos que en un cazador de vampiros.

Quería recuperar la figura del vampiro como monstruo. Romper con esa visión romántica, lánguida, que se ha puesto de moda en los últimos años. El vampiro es una criatura sagaz, demoniaca y brutal.

Y su archienemigo en la ficción es Salvochea, quien en la vida real se enfrentó a rivales quizá más temibles que los vampiros: la Iglesia, la nobleza... Y siendo él mismo de familia rica.

Se puso del lado de los más desfavorecidos, pese a que, por nacimiento, no era uno de ellos. De joven, cuando se fue a estudiar a Londres, entró en contacto con el anarquismo. Y volvió, como deberíamos hacer muchos gaditanos que nos hemos ido, para intentar arreglar las cosas en su ciudad. Hizo lo que pudo, se chupó muchos años de cárcel después de declarar el cantón de Cádiz durante la Primera República (1873-1874). Intentó cambiar las cosas como buenamente supo.

¿Tiene salvación el Cádiz actual?

No sé si la tiene, pero los únicos que pueden salvar la ciudad son los propios gaditanos. Tanto los que se han quedado como los que nos hemos ido, que deberíamos regresar y echarle cojones. Uno de mis planes es volverme en cuanto pueda y poner mi granito de arena, pero es dificil.

¿Qué le pasa a la ciudad?

Cádiz está enferma de desidia. Hay un conformismo brutal, que es un veneno para la gente. Cádiz fue muy grande, pero ese pasado industrial, mercante, se ha perdido. Muchos se limitan a quedarse en casa jugando a la PlayStation, esperando a que los llamen del Inem. Por desgracia, Cádiz es un sitio donde se vive mal, pero se sobrevive de puta madre: Tienes tu playa, tu “pescaíto”, tu grupo de amigos, pero es una ciudad muerta al fin y al cabo. Que no quiere crecer.

¿Cómo se ve desde Alemania el clima de nacionalismos cada vez más exacerbados que se vive en España?

Europa no va a hacer nada. Y tanto Cataluña como España tienen un gran problema en sus gobiernos, que están fomentando algo que les viene de puta madre como es tener un enemigo. No hay nada más cómodo en esta vida: A tu enemigo siempre puedes culparle de todos los males. Eso es lo que alimentan ambos gobiernos.

Sueles ser muy crítico con el mundo editorial. ¿Ha mejorado tu opinión últimamente?

El mundo editorial es un gigante que se va derrumbando poco a poco en una caída agónica y no hay quien lo levante. Yo ya me limito a centrarme en mis obras. Me encierro como un ermitaño en pijama y escribo. Es lo único que está en mi mano: escribir las mejores historias que pueda. Ya he entendido que no soy un genio, pero intento darlo todo. La satisfacción máxima que recibes en esta profesión es hacer una buena historia.

Está también tu experiencia como guionista en la serie “Vis a vis”.

Una experiencia muy chula. Me sirvió para entrar en contacto con otra manera de contar historias, muy enfocada al ritmo antes que a la búsqueda de la palabra justa. El ritmo es importante en literatura, pero en lo audiovisual, mucho más. Luego escribir novelas es una cosa muy solitaria, así que el trabajar en equipo, aportando ideas, dando réplicas, me ha encantado. Pero no dejaré la literatura por lo audiovisual.

“Vis a vis” sentó precedente en un momento importante de la ficción audiovisual española.

Es lo mismo que pasa con las novelas: Que estamos intentando dejar atrás complejos, hacer “thriller” o intriga con nuestra pátina, porque no tiene sentido ir imitando fórmulas de otros. “Vis a vis” quiso romper con una manera de hacer televisión que se está quedando obsoleta. La ficción es como la sociedad, que no es monolítica, va cambiando. Entonces la manera de hacer ficción refleja necesariamente ese cambio.

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