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REGIÓN DE MURCIA

Los temblores de la existencia: reseña de 'Caballo sea la noche' de Alejandro Morellón

En tan sólo 89 páginas se ponen a cocer temas como la identidad, la memoria, la inexorabilidad del tiempo en el punzante tránsito de la infancia a la adolescencia, las relaciones entre padres e hijos o los demonios que nos corroen las entrañas

'Caballo sea la noche' de Alejandro Morellón

'Caballo sea la noche' de Alejandro Morellón

Su extensión inclina a pensar que te la vas a beber de una sentada. Abres el librito, clavas tus ojos ávidos en la página inicial y observas las primeras líneas. Entonces evidencias que vas a leer despacio porque aquí dentro las palabras son un torrente de profundidad perturbadora que adoptan la forma del soliloquio y en algunos momentos acogen un monólogo interior que no llega a serlo del todo, tal es la fina línea que separa a uno y otro. Se alternan dos voces, dos perspectivas, dos mundos, dos maneras de supervivencia. Y detrás del verbo (ese berrido doble de los protagonistas), la vida. 

Cada capítulo, que sólo tiene un punto final, se convierte en una vomitona demencial e hilarante, pero lúcida y esclarecedora, en la que nos encontramos la poesía como reflejo, la filosofía como entendimiento, la prosa como delirio y la palabra como condena (y salvación). Pasado y futuro, unidos por un presente manchado de pesadillas, de rencores, de contriciones o secretos que acaban estallando por cada esquina de una prosa que cabalga entre la ironía, el absurdo o lo simbólico. El lector, mientras tanto, pasa las páginas sobrecogido, enganchado a esta familia que es como todas, pero un poquito bastante más herida por culpa de las decisiones y de las ausencias.

'Caballo sea la noche' de Alejandro Morellón

'Caballo sea la noche' de Alejandro Morellón

La tragedia se masca en cada frase, las heridas se respiran tras cada coma, la alternancia de las dos voces muestra el anverso y el reverso (pero también la reinvención) de unos hechos que arden con cada pensamiento y en cada enunciación de los personajes. Es la abstracción a partir de la conciencia lo que hace que exploten por los mil rincones del alma las dos soledades de sus protagonistas y, entonces, el lector, entregado a una obra hechicera y tentadora, advierte que dentro del libro lo que prima, por encima de todo, es la radiografía (lúcida y no por ello menos dolorosa) de la desdicha y el desamparo hechos percepción, pensamiento y puro desasosiego. 

Al final, la prosa descarnada pero también liberadora, dibuja un ambiente entre lo fantástico (de tan execrable, vil y aciago) y lo consciente, que acaba por ayudar tanto a los lectores (que respiran al conocer y comprender los horrores) como a los personajes (que encuentran su redención en esa descomposición de la palabra vomitada). Alejandro Morellón nos recuerda que la esperanza es eso que nos reubica en el mundo y que la compensación está siempre a la vuelta de la esquina.

En tan sólo 89 páginas se ponen a cocer temas como la identidad, la memoria, la inexorabilidad del tiempo en el punzante tránsito de la infancia a la adolescencia, las relaciones entre padres e hijos o los demonios que nos corroen las entrañas. Y este magma de temas acaba hirviendo en un enérgico discurso, tan íntimo como delicado, en el que lo poético se transmuta en energía narrativa. Y la novela (nouvelle más bien) se engrandece con este autor osado, poderoso y versátil al que apetece (mucho) seguirle la pista.

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