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Chalecos amarillos, ciencia y un reto planetario

Puede que estemos contemplando estos días un adelanto de lo posible en el resto de Europa en un tiempo en que las recetas neoliberales han dejado al Estado de Bienestar en sus peores momentos

Hay que rearmarse teórica y comunicativamente porque el fascismo lo tiene todo para sacar rédito y extenderse. Los Trump, Le Penn y Bolsonaro no necesitan contrastar hechos, les basta y les es propicio el desconcierto

Comienzan a llegar a París los manifestantes contra el alza de carburantes

Manifestantes en París contra el alza de carburantes EFE

No sé si hay que felicitar a Emmanuel Macron, pero lo que es innegable es que en poco más de un año ha conseguido que sobre el tablero francés se expresen algunas de las cuestiones más preocupantes que acechan a Europa y al resto del planeta. El hermano político de Albert Rivera, aplicando sin ambages políticas neoliberales, ha bajado significativamente los impuestos a los más ricos, lo que ha supuesto disminuir la recaudación de las arcas públicas en más de 6.000 millones de euros. A cambio, ha aumentado las cotizaciones sociales de los jubilados y ha congelado prácticamente pensiones y ayudas sociales, de manera que desde que gobierna los más pobres han sufrido una caída en su poder adquisitivo del 1%, mientras que los ingresos de los más 'afortunados' han aumentado un 6%.

Pero no solo ha seguido el manual, sino que ha querido ir un paso más allá y, con la excusa de un supuesto interés ambiental (supuesto porque solo una cuarta parte de lo recaudado irá a la lucha contra el cambio climático), ha subido las tasas sobre los combustibles, asestando otro duro golpe a las clases populares.

Así, la marca de referencia de Ciudadanos en Francia ha empezado a alentar un estado de opinión 'antiecologista' que le da alas a los negacionistas y a una extrema derecha que intenta canalizar la indignación desorganizada, algo que a última hora ha intentado también el populismo de izquierdas. Es decir, paradójicamente puede que identificar las medidas para frenar el calentamiento global con la misma élite que ha contribuido más que nadie a provocarlo, y que Macron representa, le sirva al fascismo para terminar de convertirse en el sentido común de la gente común.

Aunque el verde de la medida destiñe y es evidente que fundamentalmente persigue por la vía rápida que una mayoría sustente lo que ha dejado de pagar una minoría, es obvio que lo limitado de las reservas mundiales de crudo y una demanda que no deja de crecer, tarde o temprano, conllevará en otro lugares situaciones similares a los estallidos sociales que traen de cabeza desde hace días al Elíseo. Más allá de la torpeza del presidente francés, puede que estemos contemplando estos días un adelanto de lo posible en el resto de Europa en un tiempo en que las recetas neoliberales han dejado al Estado de Bienestar en sus peores momentos.

Por desgracia para casi todos, parece que en este siglo XXI en el que nuestras propias redes sociales nos aíslan de la realidad, solo el populismo y sus respuestas rápidas echan raíces y las ciencias sociales y naturales, tan necesarias para explicar un presente cada vez más complejo, pasan a ser solo un estímulo más en mitad del torrente de desinformación.

El cambio climático es un hecho científico indisociable de un modelo económico desarrollista y basado en el petróleo que no tiene en cuenta sus propias consecuencias sobre la biosfera y, por tanto, sobre la propia vida de la mayor parte de la población mundial. No en balde, uno tras otro, todos los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático anuncian una mayor presión migratoria sobre los países del norte debido a las catástrofes ambientales en los del sur.

Ante un escenario como este, hay que rearmarse teórica y comunicativamente porque el fascismo lo tiene todo para sacar rédito y extenderse. Los Trump, Le Penn y Bolsonaro no necesitan contrastar hechos, les basta y les es propicio el desconcierto.

El reto para explicar sus propuestas, el de toda la humanidad, lo tienen las opciones progresistas que, hijas de la Ilustración y la Modernidad, necesitan del pensamiento racional para lograr redistribuir la riqueza y frenar el deterioro ambiental. De una manera acertada o no, la mayor de las veces lo han intentado. Pero, como apuntaba hace décadas Kenneth Boulding, va en contra de la lógica de una especie como la nuestra, que creció en praderas interminables, pensar que los recursos abundantes que nos rodean son limitados.

Nos va todo en hacernos entender para que los estados inviertan y legislen sobre una transición ecológica real financiada por quienes más se han beneficiado de los impactos ambientales negativos, pero ¿cómo comunicar ideas complejas cuando la experiencia nos dice que las personas tienden a desconectar de los mensajes poco sencillos, cuando es difícil retener la atención de la gente más allá de los treinta segundos de vídeo, cuando el desencanto que ha provocado la modernidad (Weber) lo ha aprovechado el capitalismo para reencantar a través del consumo desaforado de bienes y experiencias (Ritzer), cuando el pensamiento científico y crítico se asocia desde las clases populares al elitismo (a la izquierda caviar que dicen en Francia) y empieza a generar un rechazo en la mayoría (otra vez Trump)?

Para superar el populismo de conservadores, neofascistas y neoliberales no nos basta con tener razón, hay que comunicar mejor, y hay que hacerlo de igual a igual. Podría parecer que la solución está en la simplificación del mensaje que hace el populismo de izquierdas, pero ¿es posible simplificar el mensaje sin acabar desvirtuando las propuestas?

Quizá el dilema del siglo XXI sea ciencia (ética) o barbarie. Ahí es nada...

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