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Delitos y víctimas de segunda

La indignante respuesta de la justicia ante un secuestro con violación

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Nos encontramos en Murcia, verano de 2017. Una mujer conoce a un hombre, él la invita a tomar una cerveza y la droga contra su voluntad. Ella despierta en un parking subterráneo; está secuestrada. El hombre la viola. Le quita el móvil para que no pida ayuda y la amenaza de muerte. Durante un día y medio la mantiene secuestrada abusando sexualmente de ella varias veces. En un descuido del hombre ella escapa y va a una comisaría a denunciar la agresión. La mujer identifica al secuestrador y violador en un reconocimiento fotográfico porque el hombre es reincidente. Cometió un delito similar hace menos de un año. La policía despliega un dispositivo y lo encuentra en el mismo parking en el que la mantuvo retenida, así de preocupado estaba. Total, lo hizo hace un año y aquí sigue, paseándose por la ciudad a sus anchas. La policía lo detiene por fin. ¿Y cómo sigue esta historia? ¿Qué le sucede al hombre que ha violado y secuestrado a una mujer durante día y medio y además, es reincidente?

Que un juez lo deja en libertad con cargos y una orden de alejamiento de su víctima.

Sucedió el 26 de junio y la noticia se publicó en la sección de sucesos de un periódico de provincias unos días después. Efectivamente, es un “suceso” porque a día de hoy, si no hay o ha habido un lazo íntimo entre un hombre y una mujer, ese crimen no se considera violencia machista, no se analiza con perspectiva de género y no se pasa a un tribunal especializado.  Así que, un secuestro con violación perpetrado por un desconocido, ni siquiera se define como violencia contra las mujeres hasta que en España no se aplique el convenio de Estambul.

A día de hoy si no hay o ha habido un lazo íntimo entre un hombre y una mujer, ese crimen no se considera violencia machista

Aún así, seguimos estupefactas e indignadas. ¿Realmente la impunidad en los delitos de violencia sexual es tan flagrante? ¿Aún en el momento en que la violencia de género está en el punto de mira a nivel mediático y por fin genera alarma social?

Resulta que la víctima es una mujer sin hogar. O sea, una “indigente”, como dice la noticia. Ante esto, no podemos evitar preguntarnos qué habría sucedido si en vez de ella, la secuestrada y violada hubiese sido una mujer de otra clase social, menos invisible, menos vulnerable… ¿Y si hubiese sido la hija del juez, por ejemplo?, ¿seguiría el agresor en libertad con cargos y una orden de alejamiento? O incluso, ¿qué habría pasado si el secuestrado y violado hubiese sido el juez mismo? Claro que este supuesto es altamente improbable: la violencia sexual, una de las más impunes, se ejerce principalmente sobre las mujeres.

Todo en este caso es vergonzoso e indignante: no sólo muestra las carencias de la actual ley que no considera una violación y un secuestro violencia de género, también desenmascara el patriarcado que persiste en el sistema judicial, capaz de dejar a un violador reincidente en libertad, aunque sea en espera de juicio. Además, pone de manifiesto el doble rasero de la justicia: si ya muchos de los delitos sexuales suelen quedar generalmente impunes, cuando los sufren mujeres que suman varios factores de discriminación, las perspectivas son aún peores.

Pero lo que más nos preocupa es qué reparación puede tener esta mujer, qué ha sido de ella, ¿ha vuelto a las calles, a las mismas calles que está pisando el violador en estos momentos?  ¿de qué manera podrá sentirse segura cuando el hombre que la ha secuestrado y violado ha sido puesto en libertad por el aparato judicial  que debería de protegerla? ¿Qué reparación y qué seguridad tenemos todas en una cultura patriarcal que permite la impunidad de los agresores y no nos defiende por igual? Si nos tocan a una, nos tocan a todas. El lema lo deja bien claro; seamos la hija del juez o la mujer sin hogar.

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