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Domingo de Ramos sin ramos de olivo

La presencia del excomulgado alcalde de Murcia en la iglesia parroquial de Santa Catalina instó al provisor eclesiástico a suspender la misa y mandarle abandonar el templo

Domingo de Ramos en Murcia / Encarna Talavera

Domingo de Ramos en Murcia / Encarna Talavera

Domingo de Ramos, 1492. Celebrándose con la mayor solemnidad la misa de tan señalada festividad en la iglesia parroquial de Santa Catalina se produjo un lamentable incidente mundano que en poquísimo tiempo llegó a conocimiento de los Reyes Católicos, cuya mediación se suplicó. La respuesta no se hizo esperar: «1492, mayo, 5. Santa Fe. Provisión real encargando a Juan de Cascales y a Álvaro de Arróniz, regidores de la ciudad de Murcia, que recaben información y la envíen al Consejo Real sobre el conflicto existente entre Pedro Ruiz de Montealegre, protonotario apostólico y provisor, y el alcalde [bachiller X] del corregidor Juan Pérez de Barradas, y en los alborotos producidos por haber sido apresado un clérigo de primera tonsura». El texto fue exhumado por Gomariz Marín, en «Documentos de los Reyes Católicos (1492-1504)», del que reconocidamente me sirvo.

Desde la localidad granadina, los monarcas participan a los mentados regidores, Cascales y Arróniz, haber recibido un escrito de Montalegre, protonotario apostólico y provisor del obispado de Cartagena, sometiendo a dictamen real y del consejo el asunto que sigue. A consecuencia de cierta muerte habida en la ciudad, de la que fue hallado culpable un clérigo de primera tonsura, el alcalde le prendió y retuvo en prisión. Mas constándole ser de primera tonsura remitió al reo al provisor eclesiástico. Quien, a poco, dictó sentencia absolutoria. Disconforme con la absolución, el bachiller X [falta el nombre], alcalde de la ciudad de Murcia por el comendador Barradas, aún no teniendo jurisdicción sobre el tonsurado le mandó prender y encarcelar de nuevo. Usando (y acaso abusando) de censura eclesiástica, el provisor Montalegre ni corto ni perezoso excomulgó al alcalde de Murcia, bachiller X.

En domingo de Ramos, el excomulgado alcalde se presentó en misa con los suyos, de punta en blanco. Verle e interrumpirse los oficios divinos fue todo una. El provisor eclesiástico pidió que el excomulgado alcalde abandonara de inmediato el templo. A lo que éste se negó, permaneciendo bajo sagrado hasta que, por ruego e intercesión de ciertas personas, optó por encaminarse a la salida. Contrariado por la situación, el corregidor de la ciudad, Barradas, hizo llegar a la iglesia un grupo de gente armada que organizó gran alboroto, escándalo y ruido dentro y fuera del sacro recinto. Bien que «en servicio de Dios Nuestro Señor», según adujeron con suficiencia los garantes del orden público, por delegación real.

Decidido a cortar por lo sano, el corregidor dio un mandamiento para que el provisor eclesiástico saliese de la ciudad y su término al día siguiente, so ciertas penas pecuniarias y físicas si a la ciudad tornase. Y como éste se resistiera, el corregidor hizo pregonar por la ciudad que así que los ciudadanos oyesen repicar la campana de la iglesia de Santa Catalina se encaminasen todos, así cristianos como judíos, de siete años arriba, a la dicha iglesia. Los así congregados, con gente armada de a caballo y a pie, y el alcalde y los aguaciles al frente, fueron enviados por el corregidor a casa del provisor eclesiástico. Donde entraron por la fuerza, sacaron sus bienes y obligaron al interfecto a abandonar la ciudad y su término.

Agraviado en su persona y bienes, Montalegre se dirigió por escrito a los Reyes Católicos, suplicando su mediación en tan penoso asunto. De suerte tal que, con remedio de justicia real, se le desagraviase, alzase el destierro y se le desembargaran los bienes incautados.

Lo que los regidores Cascales y Arróniz respondieron a los Reyes Católicos, tras informarse al detalle de lo ocurrido, se desconoce. Si ganó el orden civil o el orden eclesiástico o si el tema se saldó con un empate es lo de menos. La moraleja del caso es meridianamente clara. Los poderes siempre acaban siendo terrenales. Corona, Iglesia. Municipio, Episcopado. Cada quien defiende lo suyo. Así sea en día de labor o en riguroso día de guardar. La festividad no evitó el incidente. El domingo de Ramos del año 1492 se saldó en la murciana iglesia de Santa Catalina con gran escandalera pública. Fe de lo cual da la Provisión real de Santa Fe.

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