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José Antonio Pujante: in memoriam

Vivimos en un mundo terrible en el que lo mejor se nos va como la arena entre los dedos, las personas y los sueños

Formaba parte, como escribió en su momento Galeano, de “esa mucha gente pequeña (que) en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”

José Antonio Pujante reunía en él muchas cosas, todas buenas, y cuando esto ocurre el olvido no es el desenlace definitivo de la vida

Jose Antonio Pujante Diekmann

Fallece el exdirigente de Izquierda Unida en la Región Jose Antonio Pujante Diekmann

Ayer a mediodía, mientras en muchos hogares se escuchaba el tradicional Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, falleció José Antonio Pujante Diekmann, activista estudiantil en su tiempo, dirigente de IU en la Región de Murcia y extraordinario representante de los valores de la izquierda en el Ayuntamiento de Lorca y en la Asamblea Regional, militante también de las CCOO, además de, y esto siempre supone un valor añadido, profesor de filosofía en el IES Principe de Asturias de la Ciudad del Sol.

Nunca se sabrá si en ese momento triste sonaba desde Viena La Marcha Radetzky de Johann Strauss o si alguien, en algún lugar del mundo, leía la novela homónima de Joseph Roth o acaso El Mundo de Ayer de Stefan Zweig. Vivimos en un mundo terrible en el que lo mejor se nos va como la arena entre los dedos, las personas y los sueños.

No voy a escribir una elegía a José Antonio porque no lo conocí lo suficiente para arrogarme un papel que no me corresponde, pero sí puedo hablar de sus ideas porque intuyo que eran semejantes a las mías, aunque el compromiso se desarrollara de otra manera.

Aunque José Antonio fue un hombre público se puede decir de él, y no tanto de personas con otros compromisos políticos, que formaba parte, como escribió en su momento Galeano, de “esa mucha gente pequeña (que) en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

El pensamiento que defendía José Antonio, me atrevo a aventurar que descendía directamente de la “gente peligrosa” de la Ilustración, era grande como pequeña era la gente que lo defendía. El mismo Galeano que también nos abandonó, nuestro Pepe Mújica forman parte, como José Antonio, de esa mucha gente pequeña. La humildad y la decencia de un mundo que parece irse llevándose todo lo bueno que habitaba en él.

Frente al tiempo de los “líderes”, de la grandilocuencia, del retorno a los llamados valores eternos y a la estigmatización de “el otro”, una ideología fuerte, universal, integradora, asertiva, con raíces históricas muy profundas y que ya no liben de los horrores del siglo XX, es imprescindible. Resulta patético que personas que tienen que decir mucho sobre las enseñanzas del pasado y mucho también que aportar al debate-crisis en el que nos desenvolvemos, hayan sido arrinconadas en los parlamentos y ayuntamientos, en los medios de comunicación y en el debate sobre el futuro.

Me atrevo a afirmar que son precisamente las personas que han sido ladeadas del ágora y del discurso dominante que se desarrolla en el mismo, las que más tienen que decir y aportar sobre el presente y sobre sus necesidades. El tiempo de los nacionalismos, que ahora parece resurgir por doquier, del cierre de fronteras, de la fe ciega en el neoliberalismo económico, de la defensa de las diferencias raciales y culturales, del apartheid, de la insolidaridad como método de supervivencia, no parecen las recetas del siglo XXI, aunque ahora veamos ondear sus banderas y su iconografía por todos los lugares del mundo.

No, la respuesta a la Gran Recesión debió llegar por otros canales del pensamiento, no por el reforzamiento de los consensos económicos de los años setenta y ochenta del siglo pasado ni por las reacciones radicalmente insolidarias, quisiera también escribir asociales, a sus efectos.

Decía que hay gente pequeña que merece monumentos en las grandes avenidas. Gente que se nos va con un gran bagaje intelectual y de interrelación con la realidad que no merecemos perder. La muerte es así de injusta. Siega en un momento cualquier vida y aunque todas tienen el mismo valor, no todas son lloradas de la misma manera o su ida desorienta con tanta intensidad.

Pero cuando perdemos a personas que nadan a contracorriente, con las que puedes mantener una larga y fructífera conversación sobre la esencia de la Humanidad y su futuro, cuando te encuentras a gusto contemplando los grandes escenarios de la historia, también de la naturaleza, e instantes después entiendes que ya no habrá complicidad y que el tiempo va de puñetazo en puñetazo hasta noquearte, comprendemos de qué va todo esto: de una lucha permanente entre duelo y duelo (por las personas, por las ideas, por los sueños, por las voluntades que aúnan ideas y sueños en un mismo mundo terrible).

José Antonio Pujante era una persona optimista. En general, la gente de la izquierda es optimista porque cree en la bondad última de la humanidad y en un progreso continuo en lo material y en lo, démosle una acepción no religiosa, espiritual. La que deja de serlo se desliza rápidamente hacia la derecha o se mantiene en ningún lado pero siempre aferrada a la esperanza. Pero a veces resulta difícil mantenerse como un olmo erguido en mitad de la tempestad, sobre todo cuando nos abandona la razón y permanece, levantando vientos, la barbarie.

Seguro que la despedida de José Antonio será también un momento de optimismo, como la fue hace unas semanas la de otro luchador de la izquierda, Manolo Lario. Un adiós de valores y sueños, una despedida que no lo será total porque siempre permanece entre nosotros el recuerdo y sobre todo el entusiasmo de la juventud y la edad adulta, las lecturas, la aprehensión de la razón, la creencia en la unicidad del género humano, el amor, la familia, la convicción en las ideas, la amistad, la eterna y profunda amistad que permanece como un faro a lo largo de las edades de la historia… José Antonio Pujante reunía en él muchas cosas, todas buenas, y cuando esto ocurre el olvido no es el desenlace definitivo de la vida. Es otra forma de vivir y estar entre nosotros.

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