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(El circo de) la transparencia

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Hay muchos momentos en la vida comparables con comer pipas. Puede que no sea la mejor frase inicial para un artículo que pretende ser serio, pero es tan cierto como que la Tierra gira alrededor del Sol, y éste a su vez alrededor de Esperanza Aguirre –o eso cree la susodicha-.

Uno de estos momentos consiste en acomodarse en una silla –preferiblemente giratoria-, encender el ordenador –preferiblemente portátil- y disponerse a navegar por la red pasando de un enlace a otro –preferiblemente hasta altas horas de la madrugada-. Como el que se promete a sí mismo que la siguiente será la última pipa, y acto seguido vierte unas cuantas más en su mano sintiéndose a la vez débil y satisfecho.

Pues bien, uno de los últimos ‘momentos pipa’ que servidora ha tenido desembocaron en el descubrimiento de ‘Transparency International’. Más vale tarde que nunca. Según explican en la página web, “es una organización internacional, no gubernamental, no partidista, y sin fines de lucro, dedicada a combatir la corrupción a nivel nacional e internacional. (…) TI tiene como objetivo principal infundir al sistema global de valores la transparencia y la rendición de cuentas como normas públicamente reconocidas. La Secretaría Internacional de TI trabaja con el sector privado y organizaciones internacionales tales como la OCDE, para fortalecer el marco político y legal de los negocios internacionales.”

Con esta misión, TI publica informes y análisis varios sobre corrupción, inseguridad y violencia globales. El estudio más reciente que se ha publicado es el ‘ Corruption Perceptions Index’, que mide los niveles percibidos de corrupción en el sector público en 175 países. España ocupa el trigésimo séptimo puesto en esta lista de la vergüenza, siendo el primero –y por tanto el país cuyo sector público es percibido como menos corrupto- Dinamarca y el último Somalia.

En un primer soplo de alivio, podríamos pensar en vistas de este resultado que no estamos tan mal. Sin embargo, si nos fijamos en los datos de la Unión Europea y Europa Occidental –31 estados según el estudio en cuestión-, España se encuentra en el décimo noveno lugar, por lo que sólo doce países de la zona nos superan en corrupción percibida; en orden creciente: Lituania, Eslovenia, Letonia, Malta, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Croacia, Bulgaria, Grecia, Italia y Rumanía.

Estos resultados se complementan con los del ‘ Global Corruption Barometer’, la “mayor encuesta de opinión pública sobre corrupción desarrollada hasta la fecha a nivel global.” Entre la cantidad de variables reflejadas, en el caso de España destacan ciertas cifras.

 

¿Qué tiene de débil la debilidad si no es que se rinde ante la promesa?

 

El 65% de los encuestados afirma que la corrupción del sector público es un problema serio para el país. El 67% cree que el nivel de corrupción ha aumentado en los últimos dos años –de 2012 a 2013. Quizá a día de hoy este porcentaje aumentaría-. El 83% cree que los partidos políticos son corruptos/extremadamente corruptos, y el 67% cree lo mismo acerca del poder legislativo. Para más inri, el 66% cree que el Gobierno está controlado por los intereses empresariales de unos pocos.

Aquellos llamados a representar al pueblo y defender sus peticiones son vistos por este como vigas de madera carcomidas que sostienen un sistema cada vez más quebradizo. Vigas que, lejos de converger en un andamiaje de estrategia común, sólo se unen para astillarse las unas a las otras. Pese a quien pese. Caiga quien caiga.

El pasado martes 17 de febrero, en el programa ‘Las mañana de RNE’, Rosa Díez tildaba a Ciudadanos de ser un “partido opaco”, mencionando precisamente indicadores de Transparencia Internacional. La portavoz de UPyD afirmaba que, mientras que el partido presidido por Albert Rivera ha obtenido tres puntos en las valoraciones de transparencia realizadas por la organización, UPyD ha sido calificada con un nueve.

Por su parte, Transparencia Internacional España publica en su página web la firma de un convenio por la transparencia con Ciudadanos. El artículo lo acompañan varias instantáneas en las que un relajado -y, por qué no, algo pagado de sí mismo- Rivera sonríe con esa foto/telegenia que le ha granjeado la simpatía de no pocos.

En el Convenio, Ciudadanos se compromete a “dotarse de una política de funcionamiento transparente”, para lo cual debe implementar una serie de medidas, tales como la publicación en internet de las Cuentas Anuales del Partido, de los presupuesto anuales, desglose de los gastos e ingresos y de los bienes patrimoniales, declaración de inexistencia en las listas electorales de procesados por corrupción… entre otras.

Porque ahora lo que se lleva son los porcentajes, las cuentas de cálculo, los documentos rebosantes de números que puede que no lleguemos a desglosar ni entender del todo. Pero, si los partidos los publican… será porque son transparentes, ¿no?

Transparencia. La palabra de moda. La piedra filosofal de los políticos. La autopista hacia la simpatía de los votantes y, por ende, hacia sus votos. Transparencia. ¿Se ha convertido esta cualidad en una utopía circense? Ante el monstruo de la corrupción, que hace tiempo que salió de debajo de nuestras camas y campa a sus anchas por nuestros barrios, nuestros ayuntamientos y nuestras comunidades de vecinos, la transparencia se aparece como el opio del pueblo. Porque, ¿qué tiene de débil la debilidad si no es que se rinde ante la promesa?

Transparencia y corrupción irrumpieron en las sobremesas y los debates españoles casi a un mismo tiempo, como un Dr. Yekyll y un Mr. Hide cuya supervivencia individual depende de la supervivencia del otro.

De ahí que la transparencia no sea la cura a todos los males corruptos, aunque se nos intente presentar como tal. Es sólo un peldaño más hacia la resurrección. No uno prescindible, pero uno más. Uno que se ha convertido en una piedra que arrojar al ‘contrincante’, más allá de que sirva o no de ayuda para el ciudadano.

Que las palabras den paso a los números. Que los números den paso a los hechos. Y que la transparencia no se convierta en un circo, o se nos acabará de ‘tanto’ usarla.

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