eldiario.es

9

REGIÓN DE MURCIA

Quiénes seremos después del COVID-19

Hoy, seguro, nos preguntamos qué estará siendo de nuestras calles, quién las estará ocupando o si se encontrarán igual que las recordamos cuando las volvamos a ver

La calle Gran vía de Murcia, prácticamente vacía por el estado de alarma

La calle Gran vía de Murcia, prácticamente vacía por el estado de alarma E.C.

La ciencia ficción y nuestro imaginario nos vienen acompañando de la mano desde nuestra niñez. Y siempre en un sentido de progreso tecnológico: los primeros satélites espaciales, las comunicaciones de larga distancia, los relojes inteligentes y los coches autónomos fueron mostrados al mundo a través de la gran pantalla antes de que fueran un hecho. Siempre deseamos que estas cosas de película llegaran a nuestro día a día. Sabíamos que sería posible y…¡voilá!

Sin embargo, siempre nos hemos negado a aceptar que la humanidad se pudiera encontrar en jaque por lo acontecido en cualquier americanada catastrofista. De entre todas las propuestas, seguramente, la de una guerra nuclear siempre había sido la candidata favorita a reducir nuestro mundo conocido a cenizas. Pero ya ven, está siendo una pandemia, un virus letal el que nos diezma y nos mantiene confinados sine die. Se ha parado el mundo y se le han levantado muros al gigante de la globalización…¿Quién nos lo iba a decir? El futuro ya está aquí.

Y con el futuro, una transformación colectiva de la que, quizás, todavía no somos conscientes, se está forjando. Un cambio social en el que los pequeños detalles, la vida mundana, la creatividad, la cultura y la solidaridad serán los pilares del mismo. Pequeños detalles que hoy nos llevan a echar de menos las cosas más cotidianas a las que apenas les dábamos valor, como por ejemplo, aquellas calles en las que paseábamos de vez en cuando, siempre con la cabeza puesta en los problemas personales, familiares o laborales que pudiéramos tener, o incluso pegados al móvil, siempre ajenos a las formas de las baldosas que pisábamos, a la historia pasada del lugar donde nos encontrábamos, a las fachadas de cada edificio, a los comercios existentes, esos que ahora permanecen cerrados.

Anduvimos ajenos a los sonidos, a sus olores o a sus gentes. Hoy, seguro, nos preguntamos qué estará siendo de nuestras calles, quién las estará ocupando o si se encontrarán igual que las recordamos cuando las volvamos a ver. ¿Se acordarán ellas de nosotros? Nos preguntamos, igualmente, a qué saben los rayos del solde Murcia con una marinera y una Estrella de Levante entre las manos. Y, sobre todo, nos preguntamos hasta cuándo. Hasta cuándo.

Lo cierto es que volveremos a valorar como sociedad la esencia de las cosas que nos rodean: cada sonido, de cada paso, de cada rayo de sol; cada soplo de viento. Quizás, después de otro repunte de sobreexposición en las redes para mostrar nuestra vuelta a la normalidad, prescindamos de ellas para acabar así con vicios actualmente adquiridos y dedicarnos a vivir de las pequeñas grandes cosas que nos aporta la vida, aquellas que el confinamiento nos hace volver a sentir, como el echar de menos a familiares y amigos, echar de menos los abrazos, esos que hoy en día se han roto arrebatados entre semejantes, entre familiares.

Y, especialmente, aquellos de la comunidad sanitaria, que se exponen en primera línea al virus, y que, incluso bajo un mismo techo, guardan distancia para con los suyos por el miedo al contagio. Afortunadamente, pronto revertirán con la contundencia necesaria para que duren toda una vida.

Nos volveremos a enamorar, como ya está sucediendo, de balcón a balcón, donde las miradas se cruzan y se entrelazan entre deseos y sentimientos. Lo que empezó como un replique de agradecimientos a las 20:00 horas de cada tarde está suponiendo la apertura de ventanas y balcones, la pérdida de la absurda vergüenza adquirida tras convertirnos en seres virtuales y que nos llevó a no tener la menor idea de quién habitaba al frente y al lado de nuestras fauces. Volvemos a ser vecinos, conocidos del barrio y de la comunidad. Y serán esos los primeros abrazos, cuando al unísono bajemos a nuestros portales y, ya en tierra firme, nos fundamos con gentes que hasta hacía unos días eran unos auténticos desconocidos. Esa será la base del futuro. 

Seremos menos tecnológicos y más humanos. Podríamos ser los que volvamos a generar y a consumir lo que realmente importa. Como esa cultura que cada día sentimos que es más productiva a nivel social, esa que emana de las voces de cuantos cantan en los balcones, escriben libros o crean para entretenernos en los peores momentos. Y así, de forma solidaria, seguiremos ofreciéndonos a hacer la compra a gentes que el tiempo y las circunstancias las tienen impedidas; mantendremos en alerta a nuestros oídos, por si alguna mujer hoy confinada con su bestia necesita que derribemos la puerta de barrotes de su celda; saldremos a manifestarnos en nuestra próxima #NormalidadModoOn, a gritar contra las negligencias, no solo morales, sino también sociales, que por ejemplo llevan a cabo algunas empresas en estos días, obligando a sus empleados a tomar unas vacaciones muy poco idílicas; resurgiremos ilusionados y agradecidos, pero sobre todo, reivindicativos, a fin de que la sanidad pública se refuerce de héroes y heroínas como las que tanto ponemos en valor en estos días.

Para que ni la falta de recursos, ni de personal que salva vidas, suponga la implantación de una cuenta matemática que determine quién merece o no vivir. Saldremos, en definitiva, a celebrar los días no vividos. No, no son los ya pasados, sino los que nos quedan por vivir. Saldremos con más ganas de no perder un instante de este misterioso regalo que llamamos vida.

¿Saben los murcianos? Dicen que los árboles del Jardín de las Tres Copas hablan entre ellos y se preguntan dónde está el sonido ensordecedor de los padres y las madres que veían sonrientes el juego de sus niños. Dicen que las palomas de Santo Domingo nos esperan radiantes, alimentadas por el alma del ficus centenario que ahora solo las tiene a ellas. Dicen que, por las noches, en el Puente Viejo una llamarada sardinera emerge de su letargo a través del asfalto pidiendo poder ver a Morfeo en la noche abrileña.

Dicen que en las puertas del Museo Salzillo se oye de fondo el canto de Los Auroros y el replique tamboril de los moraos. Y que en la plaza del Romea se escucha el eco de las pisadas de cuantos artistas pisaron las tablas de su teatro; y que en la plaza del Cardenal Belluga se escuchan los sollozos de La Morenica en la Catedral, esperando poder llegar en fecha a su santuario.

Se dice que es posible oír el encendido de las farolas de la Gran Vía tras el sonido de los cascos de cuantos caballos galoparon en los últimos bandos de la huerta. Se dice que la niña de la Plaza de las Flores, de vez en cuando, abandona su asiento en la repisa de la fuente para acudir con su ramo a visitar el arte de Ramón Gaya entre esculturas y cuadros. Se dice que desde el Infante a Juan Carlos I y de San Antón a La Fama, resuenan las palmas de los murcianos y las murcianas como tambores de guerra contra el mal que nos ataca. #Yomequedoencasa. La vida también nos espera.

Muy Bien, has hecho Like

¿Qué tipo de error has visto?
¿La sugerencia que quieres realizar no está entre estas opciones? Puedes realizar otro tipo de consultas en eldiario.es responde.
Error ortográfico o gramatical Dato erróneo

¡Muchas gracias por tu ayuda!
El equipo de redacción de eldiario.es revisará el texto teniendo en cuenta tu reporte.

Comentar

Enviar comentario

Comentar

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha