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La moral del esfuerzo

El esfuerzo tiene su lugar cuando subimos una montaña o cuando estamos realizando una tarea que requiere de mucha energía y atención. Pero el esfuerzo ocupa un lugar equivocado cuando se convierte en un principio de vida

La moral del esfuerzo premia la pereza de indagar quién eres y qué quieres realmente. Lo más chocante es que esta es la moral de un mundo particularmente “activo”, hiperactivo. Pero, ¿no estaremos llamando “actividad” a un modo de servidumbre voluntaria?

Da la impresión de que vivimos en una época de libertad frente a las viejas tradiciones moralistas, pero una mirada más atenta nos revela lo contrario. La vieja moral del deber ha sido sustituida por la nueva moral del esfuerzo: moral en el sentido de “hay-que...”. Pero, ¿de dónde viene ese “hay-que...”?

El esfuerzo tiene su lugar cuando subimos una montaña o cuando estamos realizando una tarea que requiere de mucha energía y atención. Pero el esfuerzo ocupa un lugar equivocado cuando se convierte en un principio de vida, en una regla impuesta: ¿acaso la naturaleza se esfuerza? ¿Se esfuerzan las gaviotas al sobrevolar el mar o los juncos para crecer junto el río? En el caso de los humanos, ¿tenemos que esforzarnos cuando amamos o cuando encontramos algo que nos gusta, o directamente amamos o realizamos eso que nos gusta? ¿Queremos algo después de esforzarnos en quererlo, o ese querer brota de forma espontánea?

La vida tiene una fuerza propia, un impulso natural, una inclinación a expresarse sin esfuerzo. Los chinos denominaron esta dinámica como wu-wei, que significa algo así como “no-acción” o “acción sin esfuerzo”. Cuando conectamos con este impulso natural que nos mueve es cuando sí tiene lugar el esfuerzo y la constancia.

Cuando no sucede así, lo cual es más que frecuente, el esfuerzo se convierte en una forma de represión de nuestra esencia, de nuestra vitalidad, de nuestra autenticidad. Aceptamos un molde impuesto, un “cómo-hay-que-ser”, nos olvidamos de nosotros mismos y nos forzamos a encajar de la mejor manera dentro de ese molde. Pero, ¿cómo encajar las curvas de la vida en las líneas rectas de un molde impuesto? A base de mucho sufrimiento, revestido con el eufemismo del “esfuerzo”... Pero, ¿qué tiene de admirable negarnos la conexión con la fuente espontánea de vida?¿Qué tiene de admirable adaptar nuestro ser a un modo-de-ser, a un molde que niega nuestra libertad?

Los sistemas morales parten del principio de que los humanos no son aceptables por sí mismos, por eso definen un modelo dentro del cual sí pueden serlo. Aceptar estos sistemas morales y tratar de encajar dentro de sus moldes es la base del sentimiento de culpa: “no he cumplido con mi deber”, “no me he esforzado lo suficiente”, “no soy válido”, etc.

Si lo examinamos un poco más de cerca, el “esfuerzo” que hoy está tan de moda es una forma de pasividad, como dice E. Fromm, pues nace de la negación de uno mismo; nace de la pereza de conectar con nuestra fuerza real, con aquello que nos mueve de un modo más espontáneo y natural, con una energía que nos da más energía y nos lleva más allá de nuestros supuestos límites. El esfuerzo que no cabalga sobre las alas de esta energía, de este querer y de esta vocación es una modalidad más de la pereza, eso sí, revestida de “actividad”.

La moral del esfuerzo premia la pereza de indagar quién eres y qué quieres realmente. Lo más chocante es que esta es la moral de un mundo particularmente “activo”, hiperactivo. Pero, ¿no estaremos llamando “actividad” a un modo de servidumbre voluntaria? ¿No es esta moral desconectada de nuestra esencia una fuente enorme de desdicha?

Las acciones libres no nacen del esfuerzo impuesto, nacen de escucharnos mejor, de sentir más, de apreciar la energía que contiene el propio movimiento de la vida. Sin moldes, sin “hay-que”... Las acciones libres nacen de un querer que habita en lo más profundo de nuestro ser, y que clama por ser escuchado. Entonces, ¿cuál es tu verdadero querer? ¿Cuál es el molde en el que niegas tu frescura, tu auténtica energía y vitalidad?

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