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La represión del silencio

La cultura hegemónica es una invitación constante a este tipo de adicción: “toma, aquí tienes tu dosis de ruido para ahorrarte el silencio

Las pocas veces que nos permitimos buscar un lapso de silencio placentero solemos acudir a la naturaleza. Éste es un alivio momentáneo, pero sólo momentáneo

El silencio interior no es pasivo, es receptivo y creador. La ausencia de ruido mental permite que la realidad entre en tu vida con todo su dinamismo y se exprese constantemente

`Tao Te Ching´ de Lao Tse

`Tao Te Ching´ de Lao Tse

¿Alguien sabe dónde está el silencio? ¿Alguien sabe qué fue de él? No hace muchas décadas, tal vez unos pocos siglos, que se marchó del planeta, por lo menos de las zonas más concurridas.

Es evidente que vivimos en un mundo ruidoso, sobre todo quienes vivimos en las ciudades. Pero incluso quienes viven lejos de ellas se rodean voluntariamente de ruidos, principalmente con la televisión y el teléfono móvil.

Vamos de un canal a otro, de un vídeo a otro, de un mensaje a otro, de una noticia a otra, de una web a otra… Pasar dos horas sin recibir información de alguna de estas fuentes lo tomamos como un síntoma de aislamiento y desnudez, como una forma de negligencia hacia la sociedad, incluso una señal de soledad y abandono. Pero más que de “información”, podemos hablar simplemente de ruido: “necesito una dosis de ruido como mínimo cada dos horas”.

Normalmente asociamos la represión a una prohibición que nos viene impuesta por alguien y que limita nuestra libertad. De hecho, la represión es uno de los principales mecanismos de las  dictaduras. Y una de las particularidades de la sociedad postmoderna es su (supuesto) desdén hacia todo tipo de represión y censura. Pero aquí me refiero a otro tipo de represión, pues es un tipo de represión voluntaria, autoimpuesta: la represión del silencio. Tradicionalmente hemos asociado el silencio con la represión, pero ahora lo que está sucediendo es una represión encubierta del silencio.

De por sí el sistema actual es una fábrica de ruido y se alimenta de él. Necesita ruido para funcionar. Esto ocurre tanto a pequeña escala, por ejemplo en muchas familias, como a gran escala, por ejemplo en un país: todo funciona en la medida en que hay más y más ruido, todo “va bien”. A este tipo de ruido adictivo lo denominamos “actividades”, “esfuerzo”, “información”, “noticias” o “entretenimiento”. La cultura hegemónica es una invitación constante a este tipo de adicción: “toma, aquí tienes tu dosis de ruido para ahorrarte el silencio”.

Solemos concebir el silencio en su forma privativa, como ausencia de ruidos, como ausencia de palabras: en una biblioteca, en una conferencia, en la calma de la noche. Pero éste es tan sólo un silencio pasivo, de prevención y respeto a las convenciones sociales.

Las pocas veces que nos permitimos buscar un lapso de silencio placentero solemos acudir a la naturaleza. Éste es un alivio momentáneo, pero sólo momentáneo. Pues incluso huir de la ciudad para evitar el ruido no sirve de mucho porque el ruido fundamental no es exterior, sino el ruido mental que llevamos dentro y que nos persigue allá donde vamos.

Reprimimos el silencio porque no sabemos quiénes somos y nos da miedo saberlo. Mi manera personal de haberlo reprimido durante años fue mediante la lectura empedernida de libros y la especulación teórica, lo cual consideraba una actividad distinguida. Pero ahora sé que había algo más, había una huida del silencio propio.

Este fenómeno de la represión del silencio es relativamente reciente, apenas un parpadeo en la historia humana. Por poner un ejemplo tal vez extremo, en la escuela de Pitágoras, en la Magna Grecia hace 2500 años, los discípulos tenían que asistir a su escuela durante los cinco primeros años en silencio antes de poder abrir la boca, hablar con Pitágoras y hacerle preguntas. Por cierto que la imagen que tenemos de Pitágoras como un matemático y poco más dista mucho de la realidad.

El miedo actual al silencio sólo se puede trascender contactando con dicho temor. El silencio da miedo al principio, porque parece que nos vamos a “perder” y “no sabremos quiénes somos”, pero eso ocurre sólo al principio. Cuando lo conoces realmente, descubres que el silencio es, antes que nada, tu propio hogar, tu templo, el lugar donde reside realmente nuestra raíz viva.

El silencio interior no es pasivo, es receptivo y creador. La ausencia de ruido mental permite que la realidad entre en tu vida con todo su dinamismo y se exprese constantemente. Como dice el Tao Te Ching: “Enseña sin hablar”. Así que te invito a hacerte las siguientes preguntas: ¿dónde está tu silencio?¿Lo sigues reprimiendo o lo escuchas?

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