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Las rubias no somos tontas

Tenemos que viajar hasta la hostil primera década de los 2000. [...] En aquella época, un jovencito Jorge Bonito quiso tintarse el pelo para convertirse en la mejor versión de si mismo

nuestro querido Bonito, que ahora el único pelo que luce es una lustrosa y tupida barba negra con matices canosos, militó durante años en Hermandad Aria

Total, que entre rubias y señoras muy dignas ya tenemos hasta cinco miembros destacables de Vox que militaron en partidos nazis [...] solamente [entre] los más destacados

Vox llena Vistalegre con el objetivo de ganar escaños en las próximas elecciones

Vox llena Vistalegre con el objetivo de ganar escaños en las próximas elecciones EFE

Es un chiste que siempre funciona.

"Un montón de rubias clamando:

-¡Las rubias no somos tontas, las rubias no somos tontas! R- U - V – ¿Y?... mmm… ¡Las rubias no somos tontas!"

Bueno, quizás antes de la época de la corrección política funcionase mejor. Pero es un buen chiste. Es de esos que los niños aprenden y los padres, escuchándolos cada día, lo siguen encontrando gracioso. Quizás porque realmente lo es, quizás porque son padres.

Mi favorito era:

"¿Por qué la gallina cruzó la calle? ¡Porque la perseguía el carnicero!"

Ni era bueno, ni era mío. Se lo copié a Fozzie de los 'Pequeñecos', aquella serie de dibujos protagonizada por las versiones infantes de los teleñecos (sí, antes de ser los Muppets, en España los llamábamos así). El caso: aquel chiste caló en mi pequeña y extraña mente hasta el punto de que podía repetirlo más de una decena de veces al día. Gracias a él, comprendí que la repetición en exceso acaba matando al humor. Así que pronto empecé a añadirle detalles para alargarlo y seguir sorprendiendo a todo aquel desgraciado que tuviese la mala pata de acercarse a mi:

"¿Por qué la gallina cruzó la calle sin que el semáforo cambiase de color y yendo a la pata coja como si le faltase una pierna? ¡Porque la perseguía el carnicero desde más allá de…"

Y seguía durante horas, así que os podéis hacer una idea. Evidentemente, mis padres acabaron por odiar a Fozzie, a todos los ‘Pequeñecos’ y al maldito productor que pensó que esa línea de diálogo era buena (la original, no mi remake).  Y gracias a ese híbrido entre chiste y cuento para no dormir, mis padres acabaron por ponerme límites. No es que contar un chiste sea lo peor que hiciese en mi infancia, pero algunos me conocen como el Hitler del humor así que os podéis hacer una idea: yo no mato el chiste, yo lo masacro.

Pero no nos vayamos por las ramas.

El chiste de las rubias fue bueno un tiempo. Pensándolo bien nunca lo fue, pero el nivel de humor español es '8 Apellidos Vascos' así que ni tan mal. Total: que un coro de rubias diciendo que no son tontas falle al deletrear el color de su cabello parece gracioso. ¿Por qué? No lo sé: quizás porque los tópicos capilares siempre funcionan. La rubia tonta, el pelirrojo que va a ir al infierno, el bigotillo facha, el que se atusa el flequillo para camuflar su inminente calvicie (de eso yo sé un tanto)…

El pelo nos define y es un básico cuando queremos cambiar de look: es lo primero que nos retocamos cuando queremos convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. Ya lo cantó Lady Gaga en su canción 'Hair'.

Y también lo debió pensar Jorge Bonito que, para quien no lo sepa, es el número 7 en las listas de Vox por Alcalá de Henares y hace una década le dio por lucir una reducida melenilla rubia (y creedme que, con melenilla, estoy siendo muy generoso).

Tenemos que viajar hasta la hostil primera década de los 2000. Hostil porque coincide con mi adolescencia y no conozco ningún adolescente que no tuviese momentos de hostilidad. En aquella época, un jovencito Jorge Bonito quiso tintarse el pelo para convertirse en la mejor versión de sí mismo.

¿Una versión rubia a lo Mary-Kate y Ashley Olsen?, se preguntará mi amiga Sara.

No, ¡mejor!, una versión aria a lo Reinhard Heydrich, Konstantin Hierl o Adolf Hitler.

Porque nuestro querido Bonito, que ahora el único pelo que luce es una lustrosa y tupida barba negra con matices canosos, militó durante años en Hermandad Aria, una organización pro-Hitler (en los 2000 se podía ser pro-LoQueTeSalieraDeLaFlor) que nació tras la disolución de la CEDADE (grupo neonazi que fue comandado por otro líder de VOX, José María Ruiz Puerta, que siendo tan fan de Adolf, llegó a publicar un artículo donde negaba el Holocausto).

Pero volvamos a nuestro querido Bonito: tan rubia era ella que no dudó en jurar lealtad a Hitler y participar de los aquelarres de la Hermandad. Que, entre nosotros, yo siempre había asociado los aquelarres con brujería, cultura wiccan y alguna que otra orgía pero también es algo que se estila entre las nazis tintadas, fíjate.

Es curioso porque yo sé de más de una que sigue llamando maricones a los que se tintaban el pelito en los 80 mientas oculta su pasado de rubias. ¡Qué fantasía!

A lo mejor Bonito hizo esto porque, al contrario que a mí, sus padres no supieron ponerle límites. Quizás, e igual que me pasó a mi con el chiste de Fozzie, un jovencito y lozano Bonito escuchó el chiste de las rubias y se le quedó grabado a fuego. Tan a fuego que años después se tintó el pelo, juró lealtad a Hitler y se convirtió en la mejor versión de sí mismo: un ario del 'chinete'. Es que el humor lo carga el diablo.

O quizás simplemente se repintó el pelo para camuflar las entradas que le empezaban a asomar y se dijo: "Pues ya que voy de rubia, ¿qué otra cosa me queda por hacer?" Y se hizo ario porque el tinte no tiene todas las respuestas pero Hitler escribió un libro sin dibujos, así que…

Total, que entre rubias y señoras muy dignas ya tenemos hasta cinco miembros destacables de Vox que militaron en partidos nazis: José María Ruíz Puerta, Kike Méndez Monasterio, José Ignacio Vega, Juan Carlos Segura y nuestro querido Jorge Bonito, el rubio. Y estos son solamente los más destacados. Por ahora. Pero en mi tierra tenemos un dicho:

Cuando el río suena…

En fin, no juzguemos ahora a un partido simplemente porque tenga a neonazis en sus filas. Centrémonos en su programa y su idea de cine patriota.

Yo mientras tanto, y gracias al aprendizaje de mejorar los chistes a base de las correcciones (y límites) que me pusieron mis padres, iré preparándome para la nueva ola de humor capilar:

"¿Por qué el mariquita cruzó la calle? ¡Porque le perseguía la rubia de bote!"

Seguro que entre llanto y llanto, Bertín me lo acaba quitando.

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