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Un domingo en Ritsona

En esta segunda entrega del Diario de Ritsona se cuestiona por qué las ONG cierran su actividad los domingos, a sabiendas de los problemas respiratorios que sufren muchos de los niños en el campo de refugiados griego.

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Campo de refugiados de Ritsona, Grecia / María Carrasco Muñoz

Campo de refugiados de Ritsona, Grecia / María Carrasco Muñoz

Ahora sí , conociendo Ritsona.

La gran mayoría de nosotros creemos tener una idea de lo que vamos a encontrar cuando lleguemos allí, asumimos que la imagen que nos hemos creado del transcurso de esta historia es tal y como hemos decidido que sea.

Nada más lejos de la realidad.

El pasado domingo fue mi primer día en un campo de refugiados, más concretamente en el de Ritsona. Nada más llegar me surgieron un montón de dudas acerca de cómo se organiza el campo y quienes son las organizaciones que están aquí. Para mi sorpresa, la ausencia de movimientos no era una casualidad, como cada domingo las casetas de obra que pertenecen a algunas organizaciones están completamente cerradas y sea cual sea la necesidad que surja durante esas 24 horas, incluso si se trata de una emergencia médica no esperes encontrar a nadie; a ninguna de esas personas que pertenecen  a las organizaciones que sí reciben fondos por parte del gobierno griego y que deberían de velar por estas personas, por garantizar su seguridad, en resumen, cumplir sus funciones y no entender esto como un trabajo más porque simplemente no lo es.

Campo de refugiados de Ritsona / MARIU CÁNOVAS

Campo de refugiados de Ritsona / MARIU CÁNOVAS


No logro  comprender por más que lo intento cómo es posible que sean capaces de echar el candado y dejar a un lado a cada una de las familias que viven aquí, porque eso es justo lo que pasa. Pero no es sólo ese día, el resto de días la apertura de puertas de estas organizaciones tiene el horario tan deseado por muchos trabajadores, de 9 a 17.00, porque después de esa hora se para el mundo ¿sabes?.

Ese mismo día íbamos a reunirnos con una voluntaria independiente, pero no se encontraba en el campo porque la noche anterior había tenido que llevar a una familia al hospital porque un bebé estaba enfermo. La mayoría de los peques tienen problemas respiratorios asociados a su vida en el campo, el polvo y la mala ventilación no es precisamente lo mejor. Yo conocí esta situación a las dos horas de estar en Ritsona, por lo que entiendo que cada una de estas ONGs saben de sobra que el número de niños con este problema es alto y que si tienen un problema y necesitan que se les ponga una mascarilla de oxígeno, perdónenme, pero esto no entiende de horas ni días.

Campo de refugiados de Ritsona / MARIU CÁNOVAS

Campo de refugiados de Ritsona / MARIU CÁNOVAS

Por suerte para mi, la indignación que sentí paso a un segundo plano al conocer a algunos de ellos. Su hospitalidad y generosidad es envidiable, envidiable porque pese a todo el sufrimiento que les acompaña siguen creyendo en las personas, te reciben con la mejor de sus sonrisas y te brindan lo poco que tienen como si te uniera una amistad de años.

Tras escuchar algunas de sus historias, creo entender cómo se sienten pero más tarde me doy cuenta que no podré llegar a entender que significa dejar de ser uno mismo para pasar a ser reconocido sólo como un refugiado.

Y termino  el día admirando la belleza que rodea el campo y preguntadome como es posible que puedan compartir lugar dos realidades tan distintas.

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