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Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

'Ana de día' o cómo hacer una primera película en España

Contra todas las sospechas que rodean la cultura, que parece una actividad alimentada de subvenciones desmedidas, con artistas instalados bajo la placidez de unos focos hollywodienses en que la fama y la buena vida coinciden por igual, el ejemplo de la película Ana de día sirve para desmentir estos mitos.

En todos los ámbitos sucede: muchos editores se lanzan a la aventura de producir libros con el colchón de una herencia, y ese dinero y el romanticismo del olor del papel de los primeros ejemplares pronto se esfuma entre pagos a imprenta y cajas de novedades acumuladas en el almacén. Escritores, músicos o actores racanean horas al sueño y a sus familias para dedicar las fuerzas que les quedan a su otra vida clandestina, y hasta ha habido prestigiosos directores de cine que han hipotecado su vivienda para sufragar sus películas y en cambio son recibidos con un recelo de jauría.

Ana de día, la ópera prima de la directora Andrea Jaurrieta, ha exigido el equilibrismo en que se combinan los destellos de la creación artística con las habilidades de un empresario obligado a explorar un mercado hostil. A falta de ayudas públicas pensadas sin una burocracia aferrada a la letra pequeña de las normas, la película ha sido posible gracias a un largo peregrinaje cibernético que ha incluido campañas de crowfunding o tutoriales de Youtube, en los que Jaurrieta ha explicado la carpintería de un presupuesto imposible de cuadrar para un primer largometraje en nuestro país.

Ana de día fue seleccionada en el Festival de Málaga en abril, y en mayo cerró el festival de cine de autor D´A de Barcelona. Ahora se proyectará en algunos festivales nacionales e internacionales, entre otros en Londres y en Toulouse, y en noviembre se estrenará en los cines de varias ciudades españolas: entonces se producirá uno de esos pequeños milagros que por momentos habrá parecido inalcanzable durante tantos años de trabajo, cuando el cartel de una película con secuencias grabadas en pisos de un amigo convertidos en improvisados estudios se sitúe al lado del de alguna producción millonaria.

La propia película es un elogio a la vida vivida con riesgo y atrevimiento, en el que la protagonista se ve en el alambre vital de dos caminos contrapuestos: continuar por la senda convencional de la estudiante ejemplar, o responder a otra palpitación más profunda, una llamada a sumergirse en un abismo de pensiones y teatros nocturnos poblado de personajes endurecidos por una existencia sin las ocupaciones edulcorantes de la universidad o los trabajos de oficina. Ana, la protagonista, interpretada por Ingrid García- Jonsson, con su belleza escandinava alterada por un tinte rojo en el pelo que es el color del peligro y la emoción de la vida verdadera, se subirá a un modesto escenario y disfrutará de la gloría ínfima de las luces de neón de un tugurio decadente, pero al tiempo se encontrará atrapada en el pozo oscuro de la supervivencia de la lucha diaria de Madrid.

Una lucha que es la de la protagonista de `Ana de día´ y que podría ser también la de muchos actores o directores, o editores y escritores o músicos, en su otra vida al otro lado de la pantalla, la única cierta y valiosa, porque esa misma senda del riesgo pese a todas las dificultades es la que han escogido seguir en la bifurcación determinante de su porvenir. Como si se cerrara el círculo y la directora y algunos técnicos y actores participaran en una película que les retratara a ellos mismos, un espejo vibrante en el que reflejar los esfuerzos de años dedicados a una primera película en lugar de a otras ocupaciones más lucrativas, en una expresión de rebeldía contra el estricto pragmatismo del exterior.

Ese será el único premio. Saber que aunque los sacrificios sean muchos y las cuentas negativas, que aunque después del orgullo por un aplauso en algún cine londinense luego resulte igual de difícil asumir el alquiler, se ha protagonizado una pequeña hazaña digna de contarse, aunque sólo sea porque haya una historia más.

Una historia, esta, la de hacer una primera película, como la fundar una editorial, o la quitarse el traje de abogado al llegar a casa para ensayar las canciones del próximo concierto, que encuentra su dignidad en todas las barreras a las que se enfrenta: a cuanto menos útil y menos probable el éxito, mayor el mérito por ser fiel a los impulsos propios. Y a cuanto mayor la adversidad, mayor también el aplauso y el respeto ganados a pulso.

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