Sobre este blog

Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

El gran sueño de la startup  

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Uno sabe que las ilusiones a las que ha dedicado gran parte de su vida no son las más comunes, y aunque es bien consciente de que supone una singularidad fantasear con ocupar un buen espacio en el escaparate de una librería o aguardar una reseña de cierto crítico en el suplemento cultural de cada sábado, hay ocasiones que sirven para recordar lo alejadas que pueden estar estas aspiraciones de las más habituales.

Esa sensación me asaltó hace poco tras la charla que mantuve con el hermano de un amigo al que llevaba años sin ver, una tarde en que le visitamos en su casa y en que la deriva de la conversación provocó que él revelara unas ambiciones empresariales que yo nunca le hubiera atribuido, y que explicó en todo momento sin quitar el ojo de la televisión, como si esa caja parpadeante fuera la bola prodigiosa que hiciera las veces de un oráculo. Tenía dos grandes ideas en mente, tal como esbozó con los pies puestos en la mesa y echando la ceniza del cigarro en un vaso vacío. Una, que se le había ocurrido por la reciente paternidad de unos viejos compañeros del colegio, consistía en localizar jóvenes que buscaran obtener un sobresueldo con el cuidado de bebés y ofrecer su perfil con la garantía de otros usuarios anteriores a las parejas que planearan cenar el viernes o el sábado fuera de casa; y la otra, que me pareció más original y hasta cubierta de alguna clase de intención humanitaria, trataría de enlazar a los dueños de alguna camada amplia de gatos o perros u otro tipo de mascotas con un segundo grupo de personas que quisieran recibir los cachorros sobrantes en adopción. “Es perfecto”, decía aquel tipo cuya indolencia natural le impediría llevar a la práctica ninguno de sus propósitos, que aspiraba además a vender sus negocios a algún inversor por una cantidad suficiente para no tener que hacer ni un solo esfuerzo más en adelante.

Como yo no tenía una posición muy definida sobre el tema, apenas participé en la discusión de mi amigo con su hermano transformado de repente en empresario, quien parecía mostrar tanta fascinación por el funcionamiento de aquellos emporios fulgurantes como por la figura de sus creadores, a los que habría visto en algún vídeo con un pinganillo tras la oreja y aquella escenografía sacerdotal de las conferencias públicas en que hablaban como nuevos profetas laicos. A él desde luego le habían contagiado de aquel sueño de hacer que su startup fuera pronto usada en el mundo entero, por lo que no le costó hacer un recuento de modelos semejantes a los que había esbozado hacía un rato que corroboraban el acierto de sus reflexiones. Su enumeración fue interminable: propietarios que alquilaban sus viviendas a turistas, sin que hubiera gasto en compra ni alquiler de pisos; comida de reparto, sin que fuera necesario cocinar ni buscar un local para el restaurante; coches de particulares que llevaban a la gente de una ciudad a otra, sin ningún accidente que evitar; redes sociales que abrían sus puertas a la interacción gratuita entre sus usuarios, para luego vender sus datos a terceros; y un largo etcétera de casos que habían hecho sus apuestas en el momento oportuno y la determinación debida en el gran casino de nuestra época, aquella enorme timba digital sin luces parpadeantes en el pórtico de entrada que desde hacía tiempo a mí me parecía que estaba escondida en algún rincón profundo de internet.

En su largo análisis del fenómeno, el hermano de mi amigo insistió además en que había detectado el patrón de las tácticas que conducían al toque de campana del doble cero en la ruleta y la bancarrota de la caja. “Las que no piden gastar dinero en sillas ni uniformes de empleados, ni montar fábricas u oficinas que ya han abierto antes otros por ti”, dijo riéndose, al explicar aquel truco elemental. Como si su verdadero objetivo fuera levantar una aduana virtual en una frontera nueva en que no hubiera banderas ni pasaportes que tramitar y en que sólo él tuviera la llave maestra que permitiera llevar a cabo el trueque.

Me marché sin poder dejar de dar vueltas a todo lo que había escuchado, y hasta pensé que si contaba con cierta imaginación, como me suponía, quizá debiera aplazar mis caprichos literarios para más adelante y poner mis esfuerzos al servicio de algo más útil que escribir historias de escritores muertos que apenas leía nadie, aunque sólo fuera para poder dedicarme luego a mis relatos con mayor holgura de tiempo y dinero.

Pero no tardé mucho en entender que aquella lucha no era para mí. Yo, poco inclinado a las apuestas desde que en una partida de póquer a los quince años perdiera parte de mis ahorros, por mala suerte o tal vez por un amaño del que no me percaté, advertí las enormes dificultades de aquella disputa de miles y miles de personas con el brazo estirado en busca del boleto ganador. También, claro, que aunque fuera yo quien obtuviera el premio ése nunca el dinero de que más orgulloso me habría de sentir, porque sospechaba que aquellas fortunas que se multiplicaban de un día para otro sin otra estructura que una telaraña en que quedaban atrapadas tropas de ciclistas y limpiadores de viviendas escondían algún tipo de engaño.

Eso, y que puestos a asumir riesgos, mejor poner las fichas allí en donde se jugaba la timba que me había importado desde siempre: la del viejo casino donde se repartía la suerte que yo esperaba para algún libro que escribiera alguna vez, al igual que el hermano de mi amigo tenía puestos los ojos y sus sueños de un retiro acomodado en esa otra tómbola que atendía desde su puesto en el sofá.

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