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Sobre este blog

Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

Si aún no tienes Instagram

“Si aún no tienes Instagram, ya estás atrasado”. Me lo dijo una amiga, con esas palabras u otras parecidas, para reírse de mi habitual torpeza en las redes sociales. Es algo por lo que muchas veces me he sentido miembro de una generación fronteriza, una impresión que tal vez compartan muchos otros, sin saber si zambullirse en los estímulos de las fotografías y los comentarios en las pantallas o quedarse en el sofá con los libros de papel y la chimenea imaginaria y fruncir el ceño ante el exceso de tecnología.

Me ha pasado ya y creo que pasará en más ocasiones en el futuro. En cuanto me incorporo a una red social y creo manejarme sin las confusiones iniciales, que al principio me hacen parecer un padre de familia que diera vergüenza a sus hijos al esperarles a la puerta del colegio, enseguida irrumpe otro nuevo invento que desplaza a mis contactos a otro formato y provoca que todo el mundo se haya ido de donde yo acabo de llegar. Así que todavía tardo un tiempo en decidirme a la mudanza al nuevo sitio, donde de pronto parecen estar puestos todos los altavoces, como si al dar de alta a sus usuarios y colocar su icono en sus teléfonos estas comunidades se apropiaran de otra parcela de esta plaza pública en que nos ha tocado despachar.

Es tanto el tiempo y la exigencia que el fenómeno reclama, que no creo que sea yo el único que dude entre desistir y convertirme en un abstemio digital o aceptar el chantaje y subirme a la rueda frenética de nuestros días. Incluso los más reacios saben que algún beneficio y entretenimiento nos aportan, pero el debate entre la felicidad y las fricciones de cada nueva corrala en que ingresamos nos genera una sensación de escepticismo y absurdo a casi todos. No sólo a los rezagados y poco dotados como yo para este nuevo arte, en el que la destreza principal parece consistir en saber agitar la pequeña ficha de cada cual para asomar el cuello por encima del tablero y erigirse en el faro más visible.

Si además uno escribe artículos como este, o hasta novelas, como es mi caso, igual que sucederá en muchos otros ámbitos, entonces ya la opción de la retirada a la cabaña en el campo de vivir al margen de las redes es más complicada, porque estamos obligados a ser los primeros mercaderes de nosotros mismos. Obligados no a hacer los mejores productos que podamos, sino a ingeniar tácticas de contagio que generen la atracción de las cabezas giradas hacia los cascabeles con que adornamos nuestro puesto.

Quizá esta época tenga la virtud incomparable de haber creado espacios antes imposibles para establecer alianzas o expresar inquietudes particulares o colectivas: como si en vez de quedar relegados a los balcones a observar un discurso dado, ahora al fin cada uno de nosotros pudiera abandonar su papel de espectador y acercarse al mercadillo de la plaza pública con las baratijas que antes no tenía más remedio que guardar en casa.

Pero al advertir que sufrimos la esquizofrenia de revisar el teléfono cada pocos minutos en busca de urgencias que sabemos que no existen recordamos los peajes que pagamos.

Entonces es imposible no pensar en los pocos paréntesis de paz y aislamiento que nos quedan. Cuando uno viaja al extranjero y pierde el acceso al teléfono y al ordenador durante días, o cuando se le rompen todos los aparatos a la vez, y durante ese tiempo parece que de algún modo vuelve al pasado, a un lugar silencioso y protegido donde no había tanto que decir ni que opinar y bastaba con el mundo acotado del tamaño de una aldea.

Y tal vez sea en esos momentos cuando uno agradezca ser de los que llegan siempre algo tarde a Instagram: haber nacido en una franja que nos permite ver los dos mundos existentes, el de ahora y el de antes, cuando uno podía pasar horas y horas sin recibir noticias de nadie y todo era normal, cuando cada tarde encerrado en casa tenía la intimidad que ahora sólo se consigue con un teléfono roto o un viaje al extranjero donde no llega la conexión.

 

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