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Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

A una sola carta

Hay un rasgo compartido por muchos personajes que provocan nuestra admiración, y no tiene que ver con ninguna forma de éxito, ni con la fama ni el dinero, ni tan siquiera con la excelencia en su trabajo, sino con una grieta común en su biografía: haber conocido el fracaso antes de tocar el cielo, y haberse mantenido firmes frente a la adversidad fieles a la apuesta de cada cual.

Los ejemplos se dan en todos los ámbitos. García Márquez, tras algunos libros iniciales de escasa repercusión, con 37 años y dos hijos pequeños, abandonó el trabajo en el periódico y se encerró a cal y canto a escribir Cien años de soledad. Tardó 18 meses, y en el transcurso de su proceso creador su mujer tuvo que vender el coche y pedir dinero prestado a amigos y familiares, sin saber si su marido había enloquecido o estaba tocado por un genio que no podía discutir. Algo parecido le ocurrió al chileno Roberto Bolaño, aunque no sólo durante dos años, sino durante su vida entera: hasta los 43 su obra apenas se distribuyó en editoriales muy marginales, mientras él vivía ejerciendo de vigilante nocturno, de lavaplatos, de vendedor ambulante, en oficios que dejarían de tener el prestigio de la bohemia con el paso de los años, relegado al papel de mantenido de su mujer en un pequeño pueblo de la costa gerundense, hasta convertirse en el autor en español más reconocido en décadas.

JK Rowling, la popular autora de la saga Harry Potter, sin la brillantez de los anteriores, sin embargo sí cuenta con una trayectoria personal con algunos paralelismos. Ella misma lo subrayó en un discurso ante un grupo de estudiantes que se graduaban en una universidad de élite: ante los recién licenciados lanzados hacia algún porvenir brillante, contó cómo ella, a los treinta años, siendo una madre soltera que sobrevivía con empleos mal pagados, que padecía el infortunio de haberse matriculado en letras clásicas contra la voluntad familiar, no concebía un fracaso mayor que el suyo. Pero habiendo perdido todas las demás batallas, al menos tenía un privilegio: escondía una gran idea, que en verdad era el as en la manga que se había encargado de proteger durante todos esos años, la carta antigua de su deseo de escribir historias y no hacer ninguna otra cosa, y habiendo descartado todas las demás opciones ya no podía sino apostarlo todo a ese propósito.

No sólo sucede en la literatura, donde existen tantos casos que parece una exigencia del oficio. También es conocida la trayectoria de Steve Jobs, ahora entronizado en sacerdote del emprendimiento con sus jerséis de cuello vuelto y sus charlas de iluminado frente a grandes auditorios, quien sabía que su mayor mérito no descansaba en su fortuna, sino en la forja de su leyenda: él también masticó la ruina y el ridículo que acompaña el fracaso verdadero, cuando se encerró en su famoso garaje a crear su compañía igual que si fuera un inventor en cuya idea no creía nadie, y cuyo logo con la manzana mordida se puede señalar ahora como el símbolo del consumismo más atroz. Es inevitable pensar también en lo que sucedería con el fenómeno reciente de Rosalía: empeñada en ser cantante de flamenco habiendo nacido en la periferia de Barcelona, sin lazos familiares que expliquen su extraña vocación, suspendida en concursos televisivos, decidida a no hacer otra cosa mientras todos a su alrededor buscarían un futuro menos estridente, a ojos de muchos habrá sido un elemento fallido durante todo este tiempo.

Unos y otros habrán sido el padre de familia que vende los electrodomésticos frente al desconcierto de sus hijos para escribir un culebrón sin posibilidad alguna de venderse, la madre que tuvo que haber estudiado empresariales en vez de dedicarse a leer a los poetas griegos, el empresario que no supo aceptar su derrota y se encerró en un sótano con ínfulas de alquimista en busca de la fórmula del oro, la aspirante a cantaora aterrizada en una geografía equivocada que no se quitaba de la cabeza sus sueños juveniles.

Todos habrían perdido una partida tras otras hasta encontrarse de pronto así, con una sola carta sobre la mesa, sin otra alternativa que jugarse toda la fortuna a una sola casilla en el tablero: jugar a ganar o a perder, pero al menos haber hecho una apuesta de verdad.

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