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Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

'Los niños perdidos': un libro tan molesto para Trump como para Obama

Recorriendo la frontera sur de los EE.UU, en un viaje familiar por Nuevo México y Arizona en que las horas de conducción se pasaban escuchando emisoras locales de radio y hojeando periódicos comprados en las gasolineras, Valeria Luiselli oyó una noticia recurrente a la que los periodistas volvían una y otra vez con la gravedad de una emergencia nacional: era la historia de decenas de miles de niños que cruzaban solos la frontera entre México y EE.UU y resultaban detenidos, en una atmósfera de nerviosismo por parte de la población que muchos medios parecían recoger y alentar al mismo tiempo.

A la autora mexicana le espantó tanto el hecho de pensar en aquellos huérfanos empujados a luchar por su porvenir a una edad tan temprana entre las patrullas que custodiaban el desierto, como algunos artículos de prensa en los que abundaba el tono apocalíptico. “¡Las langostas! (…) Traerán consigo su caos, sus enfermedades contagiosas, su mugre bajo las uñas, su oscuridad”, escribe Valeria Luiselli en Los niños perdidos (Sexto Piso), al ridiculizar algunas de aquellas piezas informativas que parecían más apropiadas para realizar el anuncio de una plaga bíblica que para cubrir una emergencia humanitaria.

Era el año 2014, y fue tal la alarma desatada al registrarse unas cifras próximas a los 100.000 niños y adolescentes migrantes cada año, que el gobierno del entonces presidente Obama aprobó la priority juvenile docket, un cambio normativo con el que se redujo de 365 días a tan sólo 21 el plazo del que disponían los menores para obtener un abogado que defendiera su petición de asilo. Luego, como es sabido, Trump, en un acoso decidido a la comunidad hispana, amenazó con un freno a la migración a través de una serie de medidas entre las que conocida tal vez sea la construcción de un muro divisorio con México, cuyas proporciones faraónicas no parecen motivadas sólo por la eficacia defensiva, sino también por la personificación del poderío de un gigante cuyas normas conviene no ignorar.

Fue esa realidad entrevista por Luiselli a través del parabrisas como una pesadilla que rondara el coche en que viajaba con su marido y con su hija lo que al cabo de un tiempo resultaría en la escritura de Los niños perdidos (Sexto Piso), libro con el que la narradora mexicana acaba de resultar premiada en los American Book Award. En parte crónica personal de su condición de profesora en Nueva York y el inevitable cuestionamiento de su batalla por la pertenencia en el país vecino, en parte investigación periodística y en parte ensayo sobre los movimientos migratorios de la región, Los niños perdidos está escrito con la inmediatez y el escándalo de un drama cuyos detalles ella conoció de primera mano al ofrecerse como voluntaria para traducir las declaraciones de los menores. Así que el libro también refleja la impotencia de muchos de estos esfuerzos, porque la balanza burocrática decreta la devolución o el asilo con parámetros que excluyen la emotividad de cada historia singular.

Los niños perdidos recoge en buena medida los testimonios que ella traduce en La Corte de Nueva York, donde a través de un cuestionario de cuarenta preguntas se trata de buscar pruebas que hagan posible la solicitud de un permiso de asilo. En su experiencia como intérprete, Luiselli entrevistará a unas hermanas guatemaltecas de cinco y siete años que hicieron aquel trayecto inmenso con el número de teléfono de su madre cosido en el reverso del vestido, quienes pese a cumplir la proeza de llegar hasta Nueva York sin embargo son tan jóvenes que apenas pueden hilvanar un relato consistente que favorezca su permanencia. También conoce así la historia de un pre adolescente hondureño de once años, huido a EE.UU después de que a su mejor amigo lo mataran a tiros a la salida del colegio, para quien aquel peligro de cacería que él había denunciado ya en su país se convertirá en su mejor argumento para evitar la devolución. Ese aprendizaje de la fría lógica que rige los juicios rápidos del formulario de cuarenta preguntas deja un regusto amargo: a cuanta más violencia y abusos y desarraigo acumule cada niño, más fácil resultará su defensa, y viceversa, sin que quepa encontrar inocencia o culpabilidad en el impulso infantil de querer escapar de unos orígenes peligrosos y miserables o en el deseo elemental del agrupamiento familiar.

El libro de Luiselli, que siendo un texto breve sintetiza muchos de los debates en torno a la migración, contiene además reflexiones sobre el carácter hemisférico del problema, que no puede desligarse ni de las redes supranacionales que gobiernan el tráfico de armas o de drogas y el consiguiente surgimiento de las organizaciones criminales, ni del devenir político y económico que a lo largo de los siglos han determinado una desigualdad material y de expectativas vitales inaceptable para los hombres y mujeres nacidos en el presente y con la pobreza ya como único horizonte dado.

Tampoco excluye de culpas a su país natal, México, donde se han encontrado numerosas fosas comunes de grupos de migrantes asesinados a cargo de las mafias a mitad de su camino, y que ha aceptado convertirse en el socio de EE.UU para ejercer de tapón de Centroamérica, en un intento de establecer una primera frontera previa que reduzca el trabajo de vigilar el desierto que separa ambos países. Un alianza similar a la de Europa con Turquía, que sirve tanto para establecer controles adicionales como para llevar las imágenes molestas de los rostros concretos de los detenidos hasta allá donde no se alcancen a ver.

En fechas recientes, el también escritor mexicano Emilio Mongue se refirió a la migración como el Holocausto del siglo XXI. A tenor de los datos, la afirmación no resulta exagerada: solo en la ruta de México sobre la que se centra Luiselli se calculan unos 120.000 desaparecidos desde el año 2006, a los que habría que sumar los que correrán la misma suerte tratando de alcanzar las fronteras europeas, o en el trayecto hacia cualquiera de las innumerables fronteras interiores de la gran ruta de la migración que hay repartidas por el mundo y que con su despliegue de coches de patrulla oficiales y cayucos fuera de la ley y traficantes de personas cobrando el peaje en cada aduana tal vez conforme el verdadero mapa político de nuestros días.

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