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Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

Turistas que odian el turismo

Si a lo largo de buena parte del siglo veinte le acompañó la aureola de archipiélago protegido del exceso de civilización, con una atmósfera apátrida y contracultural que parecía plantear un modo de vida alternativo a la rutina de las grandes ciudades europeas, esa condición de territorio virgen ha actuado como el veneno que parece haberla transformado hasta destruirla. Explotada por la afluencia creciente de turistas año tras año, su mito entero ha quedado tan arruinado que ya no queda ni la más mínima columna del antiguo templo de proporciones perfectas que en algún momento debió de ser: lo que hace mucho tiempo tal vez se tratara de un retiro tranquilo para pintores y escritores de cualquier nacionalidad, ahora se asemeja más bien al epicentro del lujo y el consumismo más encarnizado.

Ese riesgo a que se perdiera su encanto original, el temor al aluvión de yates y discotecas que han terminado por conquistar la isla, ya lo pareció detectar de manera muy anticipada Walter Benjamin en la década de los años treinta del pasado siglo XX. Lo recuerda así Vicente Valero en su libro Extranjería y pobreza, un excelente repaso por el periplo balear del autor alemán en el periodo de entreguerras, donde cuenta cómo en su segunda estancia en la isla, en 1933, Benjamín descubrió desencantado algunos cambios que le atemorizaron: subidas exponenciales en los precios de alquiler y una presencia cada vez más numerosa de extranjeros, hasta el punto que la isla había quedado ya invalidada para alejarlo de los nazis, como sí pensaba que ocurriría en su primer viaje de apenas un año antes.

Las apreciaciones de Walter Benjamin responden más bien a un desencanto personal que a una advertencia sobre los peligros del turismo como fenómeno masivo. Así lo demuestra otro texto literario posterior, Ave del paraíso, escrito por Ignacio Aldecoa en la década de los sesenta, un cuento donde el autor vitoriano describe una Ibiza situada todavía en el alambre fronterizo de la pérdida: en su relato muestra una isla en que aún quedan restos de la tribu auténtica que se instaló allí en primer lugar, aunque cada nuevo barco y cada nuevo avión amenazara con destruirla por completo.

En cualquier caso, en los dos se aprecia la misma nostalgia y la misma conciencia de la fragilidad de aquel secreto de Ibiza, que de tanto repetirse quedó condenado a su extinción.

El mal de Ibiza no sólo es común a muchos otros lugares, sino que cada vez hay menos rincones que mantengan esa pureza de arcadia primitiva que tan sugerente resulta para todos. Por alguna razón, a cuanto más exóticos y recónditos los destinos estos parecen mejores, y a cuanto menos afectadas por la homogeneidad cultural que en cambio llevamos nosotros mismo de un lado a otro en el rebufo de nuestros viajes, también más atrayentes.

Somos, o así parece, el mismo enemigo del que huimos. Como si buscáramos aldeas galas en el mapa, pero siendo millones los que estamos lanzados a la misma exploración, resulta difícil dar con un rincón a donde no llegue el eco de nuestro imparable expansionismo. Así es como destinos que alguna vez fueron inusuales o arriesgados, como las playas de Oceanía o el interior del continente africano, ahora resultan tan dóciles y próximos que cualquiera puede darnos consejos sobre cómo encontrar el mejor restaurante o el alojamiento más barato.

Y en ese estado surgen las contradicciones del fenómeno: no es raro que el que hace turismo trate de desmarcarse de su condición de turista, o que esquive los lugares más frecuentados por turistas como él. Ni tampoco que se busquen destinos que aún no estén en las rutas más masivas, aun cuando el efecto final no sea sino ayudar a incluirlas entre los nuevos focos de atracción.

Nosotros, los hombres de civilización, parecemos encontrar alivio allí donde logramos darle esquinazo, o al menos donde quepa la posibilidad de bajar la persiana y no ver su panorama de cables y hormigón durante un paréntesis de tiempo, pero basta con aterrizar para descubrir que el espejismo hacia el que acudíamos con nuestra emoción de descubridores se ha desvanecido.

Como si mancháramos con nuestra llegada el pedazo de tierra aún libre de nuestra propia huella, en una paradoja de destructores de los mismos monumentos que hubiéramos ido a contemplar.

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