“Los menonitas tienen miedo al progreso: puede contaminarlos y conducirlos a su final”

El fotógrafo pamplonés Miguel Bergasa.

Carromatos del siglo diecinueve, faldas largas para las mujeres y petos de granjero y sombreros de paja para los hombres, escuelas en que no hay otro libro de lectura salvo los tomos de cuero negro de la Biblia, familias con decenas de hijos e hijas de pelo rubio y de ojos azules que delatan su origen centroeuropeo y una sangre limpia de mestizaje en pleno corazón de Paraguay: son los menonitas, una comunidad anabaptista que durante años fue la obsesión del fotógrafo Miguel Bergasa (Pamplona 1951), quien desde principios de los 80 realizó varios viajes al país atraído por su modo de vida.

En su exposición `Menonitas en Nueva Durango´, que acoge el Museo de la Universidad de Navarra hasta el 24 de marzo, recoge imágenes de una colonia ortodoxa de esta corriente surgida en la época de la reforma protestante, y que desde el siglo XVI inició su éxodo cruzando países y continentes para montar y desmontar una y otra vez su particular patria al margen del tiempo: migraciones sucesivas de Prusia a Rusia y Ucrania; de Canadá a Estados Unidos y México; o más tarde a Paraguay o Bolivia. Existen varias ramas, algunas más integradas y abiertas, pero perviven otras donde todavía rigen sus tradiciones originales, como falansterios que se protegieran de la civilización gracias a unas normas propias y una economía autosuficiente.

Esa es la única tierra prometida que guía a este pueblo nómada: dar esquinazo a la peste del progreso, que podría contaminarlos y conducirlos a su final. Ya en la década de los ochenta, algunas de sus escisiones, de hecho, surgían por dilemas que muestran su lucha contra cualquier forma de cambio: ante la posibilidad de instalar postes eléctricos en sus tierras, varias familias menonitas decidieron escapar del fantasma de la herejía y crear otra colonia donde la pureza no hiciera concesiones. Porque los cables del tendido podrían traer luz y otras comodidades, pero quizá por esa rendija al nuevo siglo se filtrasen otros aires que derribaran una obra cada vez más frágil y acorralada.

Pese a sus cambios-la electricidad ya se utiliza también en Nueva Durango- los menonitas ortodoxos continúan aferrados a tres leyes sagradas: mantener una educación propia sin injerencias del Estado (hasta los 12 años para las mujeres y hasta los 13 para los varones), no prestar servicio militar y comunicarse en su dialecto germano original, el Deistch.

No hay mejor prueba de la eficacia de sus medidas que el testimonio de Bergasa, quien tras cinco viajes al país asegura que no ha logrado hablar nunca con una sola mujer: “Ninguna sabe español”, asegura, mientras que los hombres lo aprenden por la necesidad de comerciar con los productos de sus granjas.

Como una tribu aborigen, pero a la inversa: venían del corazón de Europa y les movía una interpretación libre y heterodoxa del cristianismo que los enfrentaba a Roma y a la iglesia de Lutero, pero protegidos por alambradas tan poderosas han quedado instalados en un ritmo histórico único, al margen de los grandes problemas del planeta mientras ellos pelean por salvar las esencias de su comunidad.

Miguel Bergasa, que no sabía nada de los menonitas hasta que en 1983 sorprendió a un grupo con sus vestimentas de holandeses puritanos en Asunción (capital de Paraguay), volvió a buscarlos cinco años después, hasta que al cabo de veinte días en furgoneta por el interior del país logró adentrarse en la colonia de Nueva Durango.

Sus primeros viajes, en los ochenta, se producen mucho antes que otros reportajes o documentales que han hecho esta realidad más visible, y además logró convivir con los menonitas con bastante intimidad. En alguna de sus fotos, incluso, muestra el funeral y el entierro de un niño, al que pudo asistir. ¿Cómo llegó a adentrarse tanto en una comunidad tan hermética?

Era muy difícil, también por las dificultades de la época, sin internet ni otras formas de dar con ellos. Ni siquiera otros grupos de menonitas más mayoritarios y abiertos, localizados en la región de El Chaco, sabían dónde estaban. Cuando finalmente logré dar con el grupo que buscaba-uno de los más ortodoxos- tuve suerte: el jefe de la comunidad aceptó que tomara fotografías, con la única condición de que no lo hiciera en el interior de la iglesia. Eran muy cordiales: nos prestaban mantas para dormir, nos vendieron comida, nos mostraron sus casas, etc.

 Fue un viaje en el tiempo: un pedazo de otra época en el presente, que es uno de los hilos comunes de su fotografía.  ¿Cómo han logrado protegerse hasta tal punto de la modernidad?

Su cultura es muy elemental. Sólo leen la Biblia, y su conocimiento de otras realidades o fenómenos históricos o actuales es muy vago. Las televisiones, los teléfonos o internet están prohibidos. Incluso los carromatos tienen ruedas de hierro, en parte porque el suelo es de barro y en parte también para que los jóvenes no salgan a las carreteras y conozcan otras poblaciones limítrofes. Llevan una vida muy dura, al menos vista desde nuestros parámetros. Trabajan todo el día, en jornadas de doce horas. La colonia consiste en una granja tras otra, sin un núcleo común, en una amplia extensión que puede tener veinte kilómetros de ancho por veinte de largo. La colonia esta formada por 22 campos. Cada campo agrupa un número de 15 a 20 granjas. Y cada dos campos tienen su propia escuela y hay cuatro iglesias para toda la colonia. Son familias muy numerosas que los domingos se juntan a comer, y el resto del tiempo trabajan.

Es un pueblo que se ha visto obligado a trasladarse una y otra vez para vivir conforme a sus reglas. ¿Cuál es su relación con los gobiernos?

Lo cierto es que hay comunidades más pequeñas y otras más grandes. En El Chaco, por ejemplo, hay tres colonias menonitas. La más antigua es la Colonia Menno (1928), cuya capital es Loma Plata; Colonia Fernheim, cuya capital es Filadelfia; y Neuland. Estas tres colonias suman unos quince mil habitantes y tienen un potencial económico elevado. Nada tiene que ver con Nueva Durango. En general son muy trabajadores y llevan una vida muy austera. Tratan de instalarse allí donde pueden vivir de acuerdo con sus tres preceptos: educación propia al margen del Estado, no prestación del servicio militar y el uso de su dialecto germánico. Para ellos la educación es fundamental, una forma de control, aunque cada vez les resulte más difícil. De ahí sus continuos viajes. Otra razón que explica su dispersión, claro, es su interpretación libre y no jerárquica de la iglesia, en la que cada comunidad decide cómo adaptarse a su entorno y a su tiempo. En cada colonia, cada dos años escogen un jefe y un obispo, y cada cual evoluciona a su ritmo.

Un personaje fundamental en sus viajes es Jacob Wall, un menonita que fue quien le ayudó a conocer a fondo la comunidad de Nueva Durango en su primera estancia. Luego, sin embargo, se convirtió en una persona crítica y fue expulsado. Y hace poco vino a España a visitar la exposición en el Museo de la Universidad de Navarra.

Sí, cuando lo conocí, Jacob Wall ya era alguien más abierto que el resto, y sus diferencias con el tiempo se agravaron. Así que fue “disciplinado”: es decir, que le obligaron a marcharse de la comunidad. Ahora él dice ser menonita, pero no cree en las religiones. Su caso es paradigmático de las dificultades de un proceso de ruptura de este tipo: se arruinó y se fue a vivir solo a Asunción, mientras que su mujer y algunos de sus doce hijos se quedaron en Nueva Durango. Finalmente, después de muchos años logró convencer a su mujer para que se instalaran en una comunidad menonita aperturista, en El Chaco, pero todavía cuatro de sus hijos siguen en la primera colonia. Ahora él viste normal, se comunica por whatsapp, etc.

Pese a los esfuerzos por evitar que se rompa una tradición tan antigua, hay disidencia interna.

La hay, claro, pero tienden a ocultar sus problemas: es difícil encontrar discursos críticos, o que cuenten situaciones controvertidas. Por ejemplo, rara vez hablan de sus dificultades genéticas, que deben darse en un colectivo tan pequeño y endogámico, donde apenas ha habido cruce durante siglos. Es llamativo: las mujeres, por ejemplo, emplean gafas por problema de visión, que se da en un número elevado de la población.

La principal preocupación, claro, son los jóvenes: cada vez es más difícil esconderles la realidad que se abre a las puertas de sus colonias.

Sí, y en eso se da un fenómeno natural a todas las culturas: la de rebelarse. Como no son bautizados hasta ser mayores de edad, los domingos, los más jóvenes, todavía antes de casarse, se van en carromatos. Se marchan hasta llegar a los pueblos más cercanos, a decenas de kilómetros, y ahí beben alcohol y ven el mundo que les rodea. Por eso cada vez les resultará más complicado evitar nuevas disidencias. Tienen un control muy estricto de la educación y apenas hay contacto con el exterior, pero de vez en cuando viajan, pues algunos tienen familiares en otras comunidades en México o Bolivia, por ejemplo, y en sus intercambios comerciales, por la llegada de periodistas, etc., toman mayor conciencia del exterior.

Siempre ha fotografiado el tiempo que se va: realidades que parecen abocadas a extinguirse. Desde sus primeros trabajos, en `Después de tiempo´, o `Ritos y otras tradiciones´, hasta esta última exposición. Le atrae registrar lo que está a punto de desaparecer. ¿Qué será lo siguiente?

Está claro que todo tiende a extinguirse, y cada vez más rápido. Aunque los menonitas que viven en Nueva Durango hoy tienen prácticas muy similares a las de los 80, que en su caso son similares a las de hace varios siglos, sí hay comunidades próximas, más aperturistas, que poco a poco ejercerán influencia en la colonia. Actualmente, quizá los grupos más ortodoxos estén en Bolivia, por lo general donde menos contacto hay con la civilización. Pero que los cambios se han acelerado es evidente, y tal vez esto ya dure poco de este modo.

 

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