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“Con todo lo que invita a la reflexión es más difícil atraer al gran público”

El actor Ramón Barea / Foto: Javier Naval.

Garikoitz Montañés

Ramón Barea (Bilbao, 1949) se resiste a llamar a Agustín de Hipona por su nombre religioso. Prefiere considerar a San Agustín como un personaje más real, un filósofo con dudas que se hacía preguntas, y un “pendón” con mucha historia a sus espaldas. Pero, siempre, como un hombre reflexivo cuyas Confesiones están de gran actualidad. Y más en un tiempo de búsquedas rápidas en Google, de repartos de todo mascado, de no pensar demasiado. El actor, que en 2013 logró el Premio Nacional de Teatro, actúa este sábado en Pamplona (Civivox Iturrama, 20:00 horas) con una representación/recital basada en las Confesiones de San Agustín. Y, en esta entrevista, reflexiona sobre el santo/filósofo, el teatro y la sociedad actual.

Presenta una obra basada en los libros X y XI de las Confesiones de San Agustín. ¿No teme perder al público que tema una representación religiosa?Confesiones de San Agustín

No es lo habitual, no es el tipo de texto que los espectadores se suelen esperar, eso es verdad. Pero creo que eso supone un aliciente. Se trata de un acontecimiento teatral, de un recital o no sé cómo llamarlo que, en una sociedad como la nuestra, plagada de mensajes cortos y rápidos, invita a la introspección. Al final, hablamos a un personaje que pasó su vida reflexionando sobre ella.

El actor Gerard Depardieu, que popularizó esta obra, aseguró en una entrevista con Le Monde: “Amo de San Agustín su amor por la vida, su espíritu de apertura, su voluntad de descubrir lo desconocido”. ¿Coincide con él?Le Monde

La verdad es que, cuando me propusieron hacer esta obra y por hacer el chiste fácil, San Agustín no era santo de mi devoción. Pero me interesé por él y descubrí a un personaje reflexivo, a un intelectual.

Pero no deja de ser un santo.

Es que a Agustín le pones el San delante y parece eso. Pero Agustín de Hipona también fue un pendón desorejado durante mucho tiempo de su vida. Pasó por diversas escuelas filosóficas, se dedicó a la docencia, a la retórica… Al final, no fue alguien a quien se le apareció la Virgen, sino que se transformó buscando ideas. Llegó al sentimiento religioso a través de la razón. A mí me interesa menos ese Agustín santificado y me apasionan más sus dudas, sus búsquedas, sus preguntas.

Ahora, sin embargo, reflexionar es sinómino de ‘comerse la cabeza’.

Sí, es verdad que se ejerce menos esa capacidad de reflexión. Incluso te dicen ‘No me hagas pensar’. Esta obra, sin embargo, no es la típica de planteamiento, nudo y desenlace, sino que se trata más bien de un viaje intelectual. Y lo hago acompañado por la música de un saxofonista de jazz [Alberto Guio], que creo que es un acierto del director [Juan Carlos Pérez de la Fuente] porque le da un toque urbano, y la música parece dialogar con las palabras.

Pero con una obra así, con solo usted y un músico sobre el escenario, ¿no resulta más complicado atraer al público?

Sí, es más difícil. Pero con todo lo que invita a la reflexión, desde el teatro a leer, ahora es más difícil atraer a un público mayoritario. Este tampoco aspira a ser un espectáculo para todo el mundo, sino que dentro de la sociedad siempre hay mucho teatro, música o arte que interesan a diferentes partes de ella. De hecho, es engañoso pensar que hay un arte que gusta a todo el mundo.

Con una comedia quizá es más sencillo colgar el ‘No hay entradas’.

No voy a ejercer ahora de purista, porque yo me he movido en muchos territorios, pero sí que creo que puedo presumir de haber hecho cosas porque me interesaban de alguna manera por su contenido. Y el problema es que a veces se confunde el tema cultural con el ocio. Y, si se ve la cultura como algo de consumo rápido, no pesan tanto los valores culturales como los comerciales. Yo, sin embargo, creo que siempre he confiado en la inteligencia del espectador, en no ofrecer nunca algo superficial.

Quizá por eso se llevó en 2013 el Premio Nacional de Teatro. ¿Un premio asegura el prestigio más que los años de carrera?

Suele pasar. Y eso que al final un premio es como me decía mi nieta: 'Aitite, te ha tocado un premio'. Sí es verdad que, de repente, se fijan más en ti. Y eso me ocurre sin ser del todo conocido, porque yo creo que hay gente que no sabe en qué serie me ha visto o que me confunde con un presentador de deportes (risas). Sí creo que ese premio fue un premio a una forma de estar en este oficio. Siempre he pertenecido a grupos en los que hablábamos más en plural, como colectivo, y por eso lo recibí con mucha alegría, como un reconocimiento a esa labor. Pero tampoco te creas que cambia algo, eh. No sirve para que te suban el caché. Seguro que en un par de años ya no se sabrá si me lo dieron o no.

Pero le sitúa en una posición que, por ejemplo, le permite hablar sobre la situación del teatro.

Sí es verdad que he notado que me llaman para participar en más coloquios o mesas redondas. Y yo estoy en una posición curiosa, porque tengo un pie en el Centro Dramático Nacional y otro en una nave autogestionada por un grupo de actores y actrices en Bilbao [se refiere al proyecto pabellón 6]. Y de ahí que vea la situación que afronta el teatro con esta crisis terrible, aunque a mí las crisis me ponen las pilas.

¿Cuál diría que es el estado de salud del teatro español?

Me duele mucho, por ejemplo, cómo se desprecia el cine español cuando se habla de españoladas, y en el teatro me ocurre lo mismo. Creo que el problema no está en el aspecto creativo, en lo que se hace en el teatro, sino en los lugares en los que se celebra.

Ahora el teatro depende de las instituciones.

La dependencia es total. Ha habido un afán proteccionista por parte de la Administración por impulsar el teatro con dinero público, incluso haciendo auditorios y macroestructuras, pero se han olvidado de la profesión y del público, por eso esos recintos están vacíos. La creación de esos auditorios ha sido un espejismo de buena voluntad, yo creo, atribuible a todos los partidos políticos. Y esto no es el show bussiness. El teatro es algo en lo que hay que trabajar desde abajo, desde las escuelas. El error es crear espacios muy grandes y luego pensar en atraer al público y llenarlos.

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