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Andoni el pescatero y los votos ultras

Unai Rementeria junto al presidente del PNV, Andoni Ortuzar

El otro día el candidato del PNV a la reelección como diputado general de Bizkaia, Unai Rementería, se fue al mercado. Allí conoció a Andoni el pescatero, que tiene un segundo trabajo y se levanta a las cuatro de la mañana y no para hasta las diez de la noche. Todo un ejemplo para Unai Rementería porque Andoni “no se queja” y, citando a Maroto, “no pide ayudas”.

El político lo tuiteó con orgullo junto a los consabidos hashtags de campaña y el lema “esta gente merece intentarlo” que no se sabe muy bien a qué se refería, pero en todo caso no era precisamente a que Andoni merezca dormir al menos siete horas por la noche.

Andoni es pescatero en el mercado de Barakaldo. Se levanta a las 4.30, atiende el puesto y por la tarde trabaja en otra tienda. Cierra la persiana a las diez de la noche. No se queja, no pide ayudas; solo pide ideas. Esta gente merece intentarlo #Comerciolocal#SomosOnoSomos#26Mpic.twitter.com/dpjSfnyFjY

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El drama nacional de tener que pagar las horas extras

Perdón, ¿pero no habíamos quedado en que el currela español es siestero y con tendencia genética al escaqueo, que si puede se pasa la mañana leyendo el Marca, que enferma sospechosamente, que el café se le alarga tanto como la última de los Vengadores y no hay charla motivacional que lo saque de su zona de confort? A mí los portavoces empresariales, los coachers y los eufemismos laborales en inglés que publican los periódicos habían terminado por convencerme de que los trabajadores en España éramos lo suficientemente jetas para meter menos horas que las que estipulan nuestros contratos y que, por nuestra irresponsabilidad, la economía estaba al borde del abismo, mientras los dueños de las empresas se jugaban su patrimonio para darnos trabajo de forma desinteresada y, a veces, por nuestra culpa se veían obligados incluso a veranear en Benidorm con la chusmilla.  

Pero fue llegar el Gobierno de Pedro Sánchez y anunciar que en España las empresas estarían obligadas a registrar las jornadas laborales de sus trabajadores, y los primeros en quejarse no fueron los trabajadores vagos sino los afanosos empresarios -y sus portavoces mediáticos- que empezaron a ver problemas por todos los sitios. Que si el teletrabajo no se puede controlar, que si el mismo café para todos no funciona, que si va a suponer un caos y un perjuicio. Que vaya drama nacional. Que si la abuela fuma.

La cosa es que hay muchos empresarios a los que no les gusta contar las horas que curran sus trabajadores porque sus trabajadores curran más de lo que deberían currar y muchas veces ni siquiera lo pagan. En España se hacen 2,96 millones de horas extras a la semana sin cobrar. Es la estafa perfecta. Pero no una estafa conseguida con las artimañas de un tahúr. No es un engaño sofisticado. Es una estafa provocada por el miedo que impera en el mercado laboral español. El miedo a sufrir represalias o ser despedido. El miedo que han inoculado los recortes sucesivos de los derechos laborales en las últimas décadas. En esencia, un miedo muy mafioso y muy matón.

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Todos mis amigos se llaman Cayetana

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Por lo general, uno se suele arrepentir de lo que ha votado tiempo después de que se hayan conocido los resultados, pero los que ya hemos votado por correo -yo lo hice ayer- vivimos con la incertidumbre de arrepentirnos de nuestro voto antes incluso de que llegue la jornada oficial que la democracia nos regala para reflexionar.

Para los que hemos votado por correo, la campaña electoral vivida hasta ahora ha sido un día cualquiera en Gran Hermano: bastante show, dos o tres sandeces al día, poca chicha y el pollo del debate. Como artefacto de entretenimiento, la campaña está siendo exitosa: Atresmedia y Mediaset -que han normalizado la ultraderecha en España, por cierto- no se podrán quejar ni tampoco los periodistas de las cloacas del Estado a los que invitan a sus tertulias. Como campaña política en la que contrastar, aunque sólo sea un poquito, lo que unos y otros proponen, está siendo todo un erial. Espero que vuestra campaña -lo que queda a partir de hoy de la campaña- sea mejor.

Nadie se lee los programas electorales, se suele decir, pero recuerdo que en otras campañas los giros de guión surgían, en ocasiones, de esos programas electorales. Alguien proponía una propuesta audaz, atrevida, equivocada o novedosa, y eso marcaba la campaña en las siguientes horas. Hasta ahora, sin embargo, la campaña ha sido una competición por ver quién soltaba la majadería más bizarra. En esto las triderechas han peleado con ahínco, aunque el PP se está esmerando de forma abnegada: Cayetana Álvarez de Toledo mofándose de las violaciones, Suárez Illana hablando del aborto de los neardentales, Casado cualquier tarde.

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El marrón de la democracia

Nunca antes la policía municipal en Vitoria se había enfrentado a tal rebelión ciudadana. Desde hace dos semanas la gente no abre la puerta a la policía. Literalmente. Los agentes llaman al teleportero y no les abren. Y cuando consiguen superar el acceso del portal y golpean en la puerta de las casas -"¡Policía, abra!"-, la gente sigue sin abrir. Dentro, los vecinos le dan al mute en el televisor, caminan descalzos para no meter ruido y aguantan la respiración. Tras unos momentos de tensión, la policía se tiene que volver por donde ha venido.

Y la culpa la tiene Pedro Sánchez.

"En ejercicio de las facultades que ostento como presidente del Gobierno de España y previa deliberación del Consejo de Ministros, he propuesto la disolución de las cámaras y la convocatoria de elecciones generales para el día 28 de abril", anunció solemne Pedro Sánchez. Y en Vitoria se escucharon unos cuantos nada solemnes mecagoendiós muy vascos. El día elegido por Sánchez para votar coincidía con el santo patrón de los alaveses, San Prudencio, y el temor de que a uno le tocara formar parte de una mesa electoral empezó a contagiarse en las conversaciones.

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Perro no come perro: la ley del silencio del periodismo

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El exdirector de El Mundo, David Jiménez, durante la entrevista con eldiario.es

La mejor manera de conocer lo que de verdad se cuece en el periodismo es coincidir con un sobrino periodista en la cena de Nochebuena. O tener un amigo de la infancia que es un plumilla en un periódico. O una simple coincidencia una noche de borrachera. Porque los periodistas no suelen escribir sobre periodistas. O mejor, dicho, los medios no suelen hablar de los medios. Perro no come perro, se suele decir en el mundillo.

Y David Jiménez ha roto ese tabú con la publicación de El Director. Secretos e intrigas de la prensa narrados por el exdirector de El Mundo. "Los periodistas legítimamente hacemos nuestro trabajo, hablamos de los políticos, de los empresarios, criticamos a futbolistas, a los restaurantes si no nos gustan y, en cambio, jamás hablamos de nosotros mismos. Hay una ley de silencio que ha perjudicado mucho", explicaba este viernes David Jiménez en una entrevista en eldiario.es.

Aunque hay excepciones, esa es la norma. Y las pocas veces que los medios hablan sobre sí mismos es para blanquear sus datos de audiencia o pelotear a los consejeros delegados de sus empresas. Sobre los tejemanejes del sistema de poder que opera entre el periodismo y el establishment político y económico, los medios en España han preferido casi siempre guardarlos en un cajón. Y sólo lo han abierto cuando, de vez en cuando, podía serles útil para sus batallas político-empresariales.

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El regreso de La Polla Records en la era de Vox

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Evaristo Páramos, cantante y cabeza visible de La Polla Records

Vivo en Vitoria, un sitio que es como todos los sitios. Lo único que uno de cada ocho es policía. Y a menudo llueve. En el sitio donde yo vivo, nos tragamos la ficción de que somos más conocidos en el mundo que las pipas Facundo, pero hemos tenido que poner un logo de musgo con el nombre de la ciudad para que puedan identificarnos sin problemas. Seamos sinceros, del lugar en el que vivo, Vitoria y su provincia Álava, hay muy pocas cosas que tengan éxito fuera de nuestro reconfortante ombligo: el Baskonia, La Polla Records y Santiago Abascal. Iñaki Urdangarin estaba en la terna -se crió en Vitoria- pero desde que lo cazaron borboneando, preferimos precisar a los turistas que Urdangarin nació en Zumárraga. No somos nada.

Ha vuelto La Polla Records, los de Agurain. Ha vuelto Santiago Abascal, el de Amurrio. Y lo están petando. Los punkis anarcos y los fascistas están de moda. La nostalgia por el cagüendios y el franquismo ha coincidido en el tiempo y no sé si es casualidad, pero no lo parece. Se están agotando las entradas de unos punkis que cantan que las banderas son trapos de colores cuando estamos a punto de fallecer de sobredosis de banderas de todos los colores, y las listas del partido ultra de moda se llenan de adoradores de las banderas con aguilucho. Han vuelto la Polla y El Pollo.

La Polla Records ha regresado en megarrecintos, con entrevistas en programas progres y una campaña publicitaria que pone cachondo hasta a los hipsters. La Polla ha vuelto a por todas, pero con el riesgo de diluir su rabia en la sociedad de consumo que tanto ataca. Mucho marketing, poca diversión (esta cita es de Eskorbuto, ojo). Ha sido irónico ver a La Polla anunciando en las redes que su último disco está en preventa en El Corte Inglés y recordar que Evaristo cantaba aquello de “punk de postal, punk de escaparate, moda punk en Galerías ¡Muy punk!”. Apunte para la chavalería: Galerías es Galerías Preciados, a las que se zampó El Corte Inglés hace muchos años, el mismo año que se nos casó la infanta con Marichalar y luego llegaría Froilán y se nos iría de mani a Colón.

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La prueba del algodón de la lucha contra la corrupción: los denunciantes están desprotegidos y sufren represalias

Manoel Martínez, Marta Macho y Roberto Sánchez, denuciantes de las irregularidades en la OPE de Osakidetza

A las dos semanas de empezar a trabajar en Osakidetza, Manoel ya sabía cómo funcionaban las cosas. "¿No querrás estudiar para sacar tu plaza?", le decían algunos compañeros. "Si no tienes padrino, no te bautizas", le avisaban. Estaba todo bien conchabado. Se filtraban los exámenes de las OPEs y los adjudicatarios de las plazas estaban elegidos de antemano. Era una práctica extendida desde hace años en las especialidades médicas, no sólo en la suya de anestesistas. Manoel, un vigués que acababa de establecerse en Euskadi, se juntó con Roberto y Marta. Los tres decidieron hacer saltar la banca por los aires. Fueron a un notario y registraron los nombres de los agraciados. La profecía se cumplió y saltó el escándalo. Las irregularidades están siendo ya investigadas por un juzgado, hay varios imputados y esta misma semana ha dimitido el consejero de Salud del Gobierno Vasco, Jon Darpón

A estos tres médicos no se lo pusieron fácil. No les perdonaron que hubieran denunciado públicamente los amaños. En la investigación inicial de Osakidetza, a Roberto le preguntaron qué motivaciones había tenido para denunciar lo que estaba ocurriendo. Querían saber quién más estaba detrás de ese movimiento. Más tarde, Osakidetza acusó a los denunciantes de cometer una "tentativa de actuación fraudulenta" porque habían intentado recabar pruebas del fraude en los exámenes. El Servicio Vasco de Salud lo llevó a la Fiscalía que, finalmente, no actuó contra los denunciantes y puso en marcha una investigación sobre el fondo del asunto.

"Le oí a uno con carné del PNV decir que nos tenían muy vigilados", explica uno de los denunciantes. Además del acoso público por su denuncia, han sufrido "represalias" laborales. Están en la lista negra. Roberto suele decir que da por amortizada su carrera como médico en Osakidetza. Manoel ha pedido que se active el protocolo por situaciones de conflicto en el trabajo. Tomaron una decisión con todas las consecuencias y las consecuencias han llegado.

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La penecracia vasca

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El lehendakari y los tres diputados generales, fotografiados antes de reunirse en Ajuria Enea

El lehendakari es hombre. Los que ostentan las alcaldías de las capitales del País Vasco son hombres. Los mandatarios principales de las tres diputaciones vascas también son hombres. En 40 años de democracia ninguna mujer ha sido alcaldesa de Vitoria, Bilbao o San Sebastián. En 40 años de democracia ninguna mujer ha sido diputada general de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa. En Ajuria Enea siempre ha mandado un hombre en democracia.

Un artículo de El Correo lo recordaba este jueves. Vivimos en la penecracia vasca.

Y lo más probable es que tengamos penecracia para rato. Salvo en Vitoria, donde las encuestas auguran que las candidatas mujeres de PP y EH Bildu tienen posibilidades de alcanzar la alcaldía, en el resto de las principales instituciones vascas sobre las que se votará el próximo 26 de mayo van a seguir gobernando hombres. El PNV lleva una ventaja clara en las encuestas y el PNV sólo ha presentado hombres como cabezas de lista a las capitales y diputaciones vascas.

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Dime algo, chica: ¿eres feliz en este mundo moderno?

Fotograma de la película 'Green Book'.

En estos tiempos líquidos en los que la realidad parece tan inaprensible y la ideología para explicar lo que nos pasa ha sido desplazada por la no ideología –esa ideología del sistema que es la peor de las ideologías–, quizás la ficción sea una de las pocas amarras que nos queden para acercarnos a lo que es verdad. Lo explicaba, creo, Rodrigo Cortés: ¿por qué JFK de Oliver Stone es una obra maestra? La conspiración que relata es más rocambolesca y disparatada de lo que en realidad fue. Y, sin embargo, es incuestionable que el magnicidio de Kennedy no fue la idea de un lobo solitario. La película no pasa la prueba del fact-checking y sin embargo hay en ella mucha verdad. Por eso funciona tan bien JFK.

En la reciente Green Book hay una historia real, pero ¿cuánto hay de verdad sobre el segregacionismo que se vivió en Estados Unidos en los años sesenta? La película habla del viaje al sur de un músico negro de clase alta que contrata a un italoamericano para que haga de conductor durante una gira de conciertos para blancos ricachones. La película es conciliadora, dicen los críticos: la amistad vence a los prejuicios raciales. Yo me aventuraría a decir que es complaciente. En Green Book el racismo es un problema personal más que un conflicto político, y los buenos sentimientos –y no la conciencia colectiva y la lucha fraternal– parecen ser la solución. El resultado es una película edulcorada e inofensiva que gusta a todo el mundo –también a mí– porque reconforta en vez de incomodar.

A Roma de Cuarón le pasa algo parecido. Cuarón homenajea a Cleo, la criada que tuvo su familia cuando era niño en el México de los años setenta. Abnegada y sumisa, Cleo está entregada a la familia: sin vida propia, durmiendo dentro de la casa, y chantajeada emocionalmente por el cariño de sus empleadores. "Inmediatamente después de profesar su amor por ella y hablar con ella como 'iguales', le piden abruptamente hacer trabajo doméstico o que les sirva algo", escribe Zizek. Como argumenta Anthony Lane en The New Yorker, Cuarón evita explicar las motivaciones que llevan a esa actitud subordinada y leal de Cleo, y prefiere soslayar la ira popular de la época que aparece sólo como parte del paisaje. Aunque en la película se vislumbran las contradicciones de clase, Cuarón es, en cierta medida, buenista y complaciente. Roma es una carta de amor a la criada de su familia pero escrita más desde la culpa –y de cómo redimirla– que desde la justicia.   

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Las salas de cine para niños: una derrota más en la guerra de la atención

No es una sala de cine al uso. En uno de los costados hay un gran tobogán entubado que desciende desde la última fila de butacas hasta los pies de la pantalla. Las crías salen disparadas hacia allá en cuanto entras en la sala. Tú te sientas a distraerte con el móvil mientras de reojo vigilas que no se abran la cabeza o se la abran a alguien (si hay que elegir, prefiero lo segundo). Algunas de las butacas tradicionales han sido sustituidas por una especie de pufs para que veas la peli como si estuvieras en una reunión de trabajo de Google. La cadena de cines aclara que “para preservar el ambiente familiar, no se permite el acceso a los adultos sin la compañía de un menor”. Es una forma de decir que los curas no pueden pasar. Toda prevención es poca. 

El mecanismo de esta sala de cine consiste en que la chavalería tiene dos momentos para desatar su ira contra el mundo en el supertobogán: antes de empezar la película -bueno, vale, bien-, y… ¡en plena proyección de la película! Está Ralph rompiendo internet y de repente se rompe la propia película. Se para todo como si Santiago Abascal acabara de tomar la Moncloa a caballo y fueran a poner marchas militares.

Un aviso en la pantalla explica que llega el segundo ratico para que la muchachada se lance a destrozarse las rodillas en el tobogán antes de reanudar la película. Va para allá la avalancha y tú te quedas con cierto gesto aturdido preguntándote qué narices ha pasado  para que corten la película si en la sala los niños estaban disfrutándola sin subvertir la Constitución. Qué necesidad.

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