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Salir o no salir de un grupo de whatsapp

Abandonar determinados grupos de whatsapp en los que te han incluido contra tu propia voluntad produce una sensación extraña: hace que te sientas culpable con gente a la que apenas conoces

La vida sin Whatsapp

El otro día tomé una de las decisiones más arriesgadas que se pueden tomar en la vida: abandoné un grupo de whatsapp. Lo hice un martes de madrugada para pasar desapercibido pero en el grupo quedó el rastro que me delata: "Iker Armentia salió". Pensaba que esta osadía me crearía muchos problemas, pero estoy relativamente bien: me acogí a un programa de protección de testigos, ahora vivo en Tucson, Arizona, y me llamo Mike Roberts.

Puedo asumir las consecuencias de mis decisiones, sé lo que me pasará si dejo de ir al curro por las mañanas o provoco un magnicidio, pero abandonar un grupo de whatsapp me suscita una gran inquietud. ¿Se lo tomarán mal? ¿Dejarán de saludarme y no me hablarán nunca más en la vida? ¿Me convertiré en un paria social? ¿Me descuartizarán y mandarán mis pedazos por correo a los medios de comunicación?

Abandonar determinados grupos de whatsapp en los que te han incluido contra tu propia voluntad produce una sensación extraña: hace que te sientas culpable con gente a la que apenas conoces. Mi ama se ha enfadado o un colega ha pillado un berrinche, bueno, ya se les pasará o ya lo arreglaré, pero ¿y esa gente desconocida con la que apenas hablo qué pensará de mí? ¡Dejadme volver al grupo, por favor! ¡En realidad no fui yo! ¡Fue mi hija mayor que me cogió el móvil!

Pensaba en todo esto últimamente cuando el domingo leí un estupendo artículo escrito por Enrique Pallarés en El Correo sobre el falso consenso y la espiral del silencio. En ese grupo de whatsapp del que había desertado, se hablaba en ocasiones en unos términos con los que no estaba nada de acuerdo, pero no me atrevía a llevar la contraria al resto. "¿Para qué?", pensaba. Escribe Pallarés sobre este tipo de comportamientos: "La discrepancia entre las conductas públicas y las privadas: defender o no contradecir una determinada actitud o idea, con la que uno no está de acuerdo privadamente, por creer que los demás apoyan esa actitud u opinión".  

De forma más o menos intuitiva me autocensuraba. Lo hacía para evitar engorros y no le daba demasiada importancia, pero en ese microcosmos de un escuálido grupo de whatsapp se reproducía una conducta social preocupante. "El miedo a disentir y ser marginado", en palabras de Pallarés. Somos seres sociales y no queremos ser apartados de nuestros círculos profesionales, ideológicos, vecinales, personales, etc. Por defecto, uno no desea ser la oveja negra aunque termine siéndolo y no se arrepienta de ello, o sí. (Ah, aquí no cuenta el postureo que desplegamos en Twitter y que nos hace mucho más atractivos y maravillosamente intrépidos y temerarios de lo que somos en realidad).

El jueves hablé de esto en la presentación de un libro sobre ‘El Oasis Vasco’, ese espejismo de una Euskadi estable, idílica, libre de corrupción y gratificante que tenemos grabada los vascos en nuestro imaginario popular. Y de cómo esa ficción –en mi opinión– se sostiene en parte por la autocensura social que ejercemos cada día para no aparecer como aguafiestas en el país de las maravillas.

Y con esos silencios, temores, indiferencia, se van reforzando poco a poco las ideas con las que no estamos de acuerdo. Hay decenas de ejemplos pero me viene a la cabeza Vitoria, la ciudad en la que vivo (ya he vuelto de Tucson). Hace 30 años era mucho más atrevida e insolente. Ahora el vitorianismo conservador se ha filtrado por todas partes y quien disienta sobre lo que se suponen son los valores ‘auténticos’ que sostienen el alma-vitoriana-de-toda-la-vida de la ciudad corre el riesgo de ser acusado de traidor antivitoriano. Pero supongo que esto ocurre en casi todas las ciudades pequeñas: son grupos de whatsapp un poco más grandes.

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