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La epidemia de la 'titulitis'

Una persona que hace la comida a niños en un colegio, que levanta una casa o construye una tubería de saneamiento es mucho más importante que los abogados, economistas o especialistas en márketing dedicados a la industria del humo

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Campus de la URJC EFE

Pertenezco a una generación a la que nos lobotomizaron el cerebro con la idea de que el estudiante válido era el que iba a la universidad. Como otros muchos adolescentes, me lo creí. La experiencia que da la vida ha demostrado que es falso.

Esta clasificación prelaboral a la que éramos sometidos -y que asumíamos con naturalidad- no era una cuestión de capacidades. En el fondo existía un fuerte poso de clasismo. Si nuestros padres querían que fuéramos a la universidad porque ellos no habían podido hacerlo, nosotros les devolvimos el esfuerzo convirtiéndonos en unos caprichosos elitistas que miraban por encima del hombro a quienes no habían entrado en una facultad.

Recuerdo que -ya licenciados y en los primeros años en el mundo del trabajo- existía una indignación muy extendida por el hecho de que hubiera colegas de nuestra edad que curraran en la industria con sueldos más altos que nuestras nóminas universitarias. Para entonces yo ya me había desengañado de la ideología de la 'titulitis' universitaria y no comprendía este desdén con trabajadores que, si tenían mejores condiciones laborales que nosotros, era en parte porque nosotros -formados, cultos e inteligentes como nos creíamos- éramos capaces de comer toda la mierda del mundo sin rechistar a los jefes. En las fábricas hacían huelgas.

Esta sociedad de castas de formación académica no tiene sentido. Una persona que hace la comida a niños en un colegio, que levanta una casa o construye una tubería de saneamiento es mucho más importante que los abogados, economistas o especialistas en marketing dedicados a la industria del humo. Y periodistas licenciados ni les cuento: mi titulación universitaria -y sospecho que algunas más- no tiene demasiado mérito. Periodismo se podía aprobar fumando porros y jugando al mus en la cafetería. Hay muchos más bullshit jobs de gente formada en universidades que de los que han pasado por cualquier centro de Formación Profesional o de los que se han formado con la propia experiencia de su trabajo diario. 

Esta ideología de la 'titulitis' ha sido hegemónica en la clase política. Los más viejos del lugar recordarán que al ministro Corcuera se le criticó más por ser electricista que por intentar entrar en las casas de la gente con una patada en la puerta.

Y los políticos de ahora no son una excepción.

Los políticos han engordado currículums hasta el punto de que la ciencia ha descubierto una falla espacio-temporal que te lleva directamente de Aravaca a Harvard. Y no contentos con ello les han regalado títulos de forma ilegal, les han dejado fusilar la Wikipedia y lo que está por ver. Esa publicidad política sobre la cultura del esfuerzo y la meritocracia es una patraña. En España unos se esfuerzan mientras otros viven de lujo gracias a ese esfuerzo. En eso que se llaman profesiones liberales vale tanto la calidad de tu trabajo como la calidad de tu capacidad para moverte en los despachos. Y en la política esto es todavía más evidente porque todos los días gente mediocre certifica que es mediocre, en directo en la tele y de forma voluntaria.

Si algo bueno puede salir de todo este follón de los másteres y doctorados es que ojalá esa epidemia de la 'titulitis' se desmorone.

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