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Ya no quedan políticos como los de ahora

Pertenezco a una generación que no había nacido cuando Franco agonizaba enrollado en una alfombra y que se sorbía los mocos la tarde que Tejero entró a comer paella en el Congreso de los Diputados. A nosotros nos contaron la Transición cuando no existían las teles privadas y las versiones no oficiales –que tampoco las contarían las privadas– había que irlas a buscar al fondo de las librerías en un país donde se lee poco y se publica regular.

Una generación que sospecha que nos soltaron una verdad a medias que como todas las verdades a medias corre el peligro de ser casi una mentira. Las alabanzas a Suárez –merecidas muchas pero hipócritas casi todas– no hacen más que alimentar esa sensación de recelo frente al festival de autoconvencimiento viejuno que nos está tocando vivir estos días. Las páginas más gloriosas de nuestra Historia. Una época pura en la que los políticos eran caballeros al servicio del interés público. Cuando fuimos los mejores y que suene Jarcha.

Dicen que ahora hay menos sentido de Estado. Y es verdad. La Transición desbordaba sentido de Estado para evitar un baño de sangre, pero fue ese mismo sentido de Estado el que provocó, entre otras miserias, que todavía hoy sea imposible recuperar todos los cuerpos enterrados en las cunetas y que no sepamos qué ocurrió el 23-F porque, como cuenta Gregorio Morán, el rey les dijo a Suárez, González, Fraga, Carrillo y Rodríguez Sahagún que "sería muy poco aconsejable una abierta y dura reacción de las fuerzas políticas contra los que cometieron los actos de subversión".

Un poquito menos de sentido de Estado nunca viene mal para que haya políticos que no miren a otro lado con las muertes en Ceuta o estén dispuestos a airear las cloacas del sistema, ya sea por convicción o simple interés electoralista. El sentido de Estado mola si eres Andreotti o similar.

Dicen que ahora hay demasiados chorizos en los partidos. Y no les falta razón, pero no creo que haya más corruptos que en aquellos tiempos de fortunas amasadas al socaire del clientelismo franquista y los favores de una justicia –también franquista– que legitimaba la impunidad. Y eso sin olvidar a las oligarquías financieras e industriales que pasaron a la democracia sin cruzar el arco de seguridad y con todo el mundo haciéndose el despistado. En cuestión de honradez no estamos para tirar cohetes pero estamos mejor que entonces.

Dicen que ahora hay más oportunismo político que nunca, pero siempre habrá oportunismo en la política aunque será complicado alcanzar el récord de oportunismo de echarse a la bartola durante el franquismo –salvo honrosas excepciones– y afiliarse a la oposición justo cuando ya no estaba el ministro de Gobernación de turno mandándote a la cárcel. Por supuesto, es una actitud comprensible y lícita aunque los currículum de esos opositores al franquismo sobrevenidos estén más engordados que el perfil de Linkedin de un Community Manager.

En este punto, conviene recordar que Franco murió en la cama. Y que los que perdieron su vida luchando contra el fascismo fueron olvidados durante demasiado tiempo.

Dicen que ya no hay consenso. Pero en la Transición tampoco hubo demasiado. En los primeros compases del proceso, el franquismo dirigió “de la ley a la ley” el desmantelamiento de la dictadura y lo hizo sin necesidad de grandes acuerdos. Luego, sí, llegó el gran pacto consensuado de la Constitución pero sin el consenso de la mayoría política en Euskadi, por poner un ejemplo. Y a partir del 79 los partidos comenzaron a repartirse bofetadas y hasta hoy, que es lo que se espera de una democracia: bofetadas y abrazos, discrepancias y alianzas, pero no unanimidad a la búlgara. Para eso ya está Corea del Norte.

En fin, dicen tantas cosas.

Los Rolling Stones ya no son como antes pero los políticos de la Transición nunca fueron los Rolling Stones. Yo, si tengo que elegir, me quedo con los políticos de ahora.

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