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Los reyes son los reyes

Cojan un niño al azar y cuenten las veces que sonríe al día; cojan a un adulto al azar y hagan lo mismo

Las navidades con niños son diferentes, más alegres y mágicas. Supongo que la vida también, aunque tener hijos es como tener algo siempre al fuego, que escribía Jabois

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De la llegada de los Reyes Magos #10

El otro día cuando volvíamos a casa mi hija pequeña de 6 años me confesó lo que quería ser de mayor:

-Yo quiero ser jubilada.

-¿Jubilada? ¿Pues? -contesté extrañado.

-Los jubilados no trabajan. Yo quiero ser jubilada -argumentaba mi hija.

-No te preocupes. Ya eres jubilada. Aprovecha ahora que te quedan muchos años de jubilada en la escuela antes de empezar a trabajar -respondí para zanjar el tema.

Mi hija, con apenas 6 años, ha descubierto una de esas grandes verdades de la vida que se aprende con la madurez: trabajar es un asco. Si el trabajo no fuera imprescindible para sobrevivir en estos tiempos modernos, hacerlo sería una afición minoritaria como coleccionar sellos o dedicarse a los bonsáis. El trabajo en su versión de los últimos dos siglos no dignifica. Lo que permite es que tengamos una vida digna (y cada vez menos tras la Gran Recesión) gracias al dinero que nos dan a cambio de entregar nuestro tiempo. El tiempo que en parte le quitamos a nuestros hijos.

Mi hija, sin tener que leerse un ensayo sobre la abolición del trabajo, lo ha entendido. Y, en el fondo, creo que ha intuido que la vida de los adultos es peor. Es fácil comprobarlo, pienso, si eres una niña de 6 años. Cojan un niño al azar y cuenten las veces que sonríe al día; cojan a un adulto al azar y hagan lo mismo. En mi ciudad la gente sonríe muy poco. Los únicos que no paran de hacerlo son los niños.

Por eso, como se suele decir, las navidades con niños son diferentes, más alegres y mágicas. Supongo que la vida también, aunque tener hijos es como tener algo siempre al fuego, que escribía Jabois. Es esa sensación permanente de se me ha olvidado algo y no sé qué es. Una preocupación 24/7 para intentar que les toque una vida justa y feliz, dentro de lo injusta y desgraciada que tiende a ser la vida por lo general.

Está ahora de moda decir que los niños están sobreprotegidos y mimados, que los padres les damos más de lo que deberían, que las familias somos blandas y falta disciplina, que hay demasiados sentimientos, que no puedes ser amigo de tus hijos. etcétera. Es un lugar común y algo de verdad habrá en este diagnóstico, pero ¿quién no quiere proteger a sus hijos de las mezquindades de la vida mientras todavía son unos mocardos?

Mi hija pequeña todavía me pregunta en las pelis quién es el bueno y el malo porque no sabe que en la vida la bondad y maldad absolutas son la excepción, y todo es más confuso y retorcido. Mis hijas todavía no saben que perder un amigo es algo que te acompaña toda la vida. O que, a partir de cierto momento, piensas en la enfermedad y la muerte más de lo que quisieras. Mis hijas todavía no saben que hay fascistas que quieren desprotegerlas de la violencia de los hombres. Que el mundo está lleno de cínicos que van de graciosos y han nacido para amargarte la vida.

Un tipo al que conocí una noche de cervezas, me contó hace años que cuando su hija apenas había dejado de ser un bebé le reveló que los Reyes Magos eran los padres, y que lo hizo como una especie de ritual para la vida. Como si esas fantasías de seres mágicos que entran por la noche y dejan regalos a los niños no formaran parte de la vida. Como si creer en los reyes hiciera de los niños seres adultos débiles y afectados. Como si hubiera que descubrirles desde temprana edad que la vida puede ser muy jodida para que estén mejor preparados para la vida.

Una de las pocas cosas de las que uno se siente seguro cuando tiene hijos es que la mejor forma de prepararlos para la vida es intentar darles una infancia feliz y tranquila, que se sientan queridos y pasen tiempo con sus familias, que jueguen hasta aburrirse y se maravillen con el descubrimiento de mundos nuevos, que no los atosiguen a tareas extraescolares para no sé qué futuro que está por llegar, que no les impongan las frustraciones de sus padres, que no se les incentive a competir sino a compartir, que se aleje de su alcance los problemas que estresan a sus padres. Y que les cuenten que los reyes son los reyes. Porque la vida adulta puede esperar. Y que espere cuanto más, mejor.

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